Un pueblo traicionado

27 de Diciembre de 2025
Actualizado a las 10:09h
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En este mundo moribundo de los libros, fantaseo con que los jóvenes de los institutos, las estudiantes de las Facultades leyeran Un pueblo traicionado de Paul Preston.

En este mundo moribundo de los libros, fantaseo con que los jóvenes de los institutos, las estudiantes de las Facultades leyeran Un pueblo traicionado de Paul Preston. Recorrer la historia de la corrupción en la España de último siglo y medio, comprobando que no hay prácticamente ni un sólo nombre conocido limpio, sea por voluntad de vil enriquecimiento sea por dejación interesada, quizá nos diera una perspectiva más exacta de la realidad actual.

Por supuesto este horror de la democracia del 77 es el periodo menos podrido de nuestra Historia. Y, por cierto, hablar de 1875 para atrás, fecha que uso arbitrariamente, no tiene ningún sentido porque no es la Historia de España sino del Reino de España, que no es más que la finca de un propietario esclavista y sus colaboradores donde el súbdito no tiene ningún papel público, y sólo es víctima no ya de la corrupción sino de la explotación más cruel, abyecta y criminal, qué coño España ni patria ni engañifas de ese tenor.

He tardado meses en leer este libro largo pero no por su tamaño sino por la indignación permanente que me ha hecho cerrar de golpe sus páginas cien veces. Pensar que lo que sufrimos ahora es corrupción es correcto, cualitativamente; cuantitativamente es ridículo: al menos no tenemos Ministerios cuyos presupuestos vayan a parar íntegros a los bolsillos de sus representantes.

No es cuestión de hacer una ringla de latrocinios, para eso está el libro, sin embargo que nombres como Alfonso XIII, Miguel Primo de Rivera, Alejandro Lerroux, Juan March (el personaje más determinante de la primera mitad del siglo XX español), Ernesto Giménez Caballero, Nicolás y Francisco Franco, Francesc Cambó, Gil Robles, Carmen Polo, José Antonio Girón de Velasco, José María Sanchiz, Cristóbal Martínez Bordiú, el rey Juan Carlos I, Jordi Pujol, Juan Guerra, Mariano Rubio, Jesús Gil, Javier de la Rosa, Mario Conde, Luis Roldán, Rodrigo Rato, Montoro y buena parte de los Gobiernos de Aznar, Francisco Correa o, lo cito el último por ser el peor y más abyecto de todos además de un criminal, Severiano Martínez Anido, que éstos y muchísimos otros personajillos deban permanecer en la Historia de la peor Infamia española es algo que, si no fuera así, explicaría mucho del fracaso de nuestra intelectualidad y de nuestra personalidad como país, sea eso lo que fuere, porque representan el más cínico concepto de la corrupción como estructura del ejercicio político.

Nuestra Historia queda retratada en esta obra fundamental (como todas las de Preston), somos poco más que la confrontación entre los ladrones de guante blanco, color mierda de elefante marino sobre roca calentada, y los pobres tontos que en realidad han-hemos construido una sociedad con ciertas garantías y un poco de igualdad aspirando a esas patochadas de la Justicia, la dignidad humana, tonteras que para éstos se reducen a cómo te violo y cuánto te cobro por ello.

No entiendo impartir clases de Historia si no es haciendo constantemente reflexionar sobre la realidad de hoy. A España la han hundido una vez y otra una Monarquía profundamente corrupta (siento cierta empatía Con Felipe VI y su familia, porque su herencia histórica es un regalo envenenado), una clase política compuesta casi en su totalidad por arribistas y la mediocridad más psicopática, y las fuerzas telúricas de la tradición y la Iglesia católica manipulando, manejando muchas veces creencias que ni ellos mismos entienden. Claro que ha habido y hay gente decente, mucha, casi siempre víctimas de éstos en todos los sentidos del concepto.

El siglo XX no se explica sin el Informe Picasso y las implicaciones de Alfonso XIII, los ministros y la cúpula militar en los desastres de Marruecos, una de las causas de la dictadura de Primo de Rivera; esas guerras están en la base de nuestra corrupción mayor y peor, armas y víveres para los enemigos, presupuestos para repartir ora directos ora en paguitas... en fin. La Segunda República intentó recuperar la investigación, la llamada Guerra Civil, no olvidemos que en realidad es un golpe de Estado, una agresión contra un Estado legítimo por parte de unos criminales que usaron la guerra como medio de exterminio de una parte de la población, ese genocidio fue una excusa para no pagar por los delitos de Marruecos y poder mantenerse robando en los cargos militares, para evitar la reforma agraria y que los terratenientes pudieran seguir explotando a una población en condiciones de vida de la Edad Media, y que la Iglesia (que la hizo yihad, digo cruzada) no perdiera el control educativo y político sobre una población analfabeta y sin consciencia ni siquiera de la época en que vivía.

Mientras España no asuma esta realidad histórica y deje atrás la manipulación de la larga dictadura de los Franco (sin Nicolás qué habría sido de Paco y del estrambótico Ramón, a Pilar tampoco le fue mal), investigando cuanto tenga que investigarse (más que investigado ya) sobre checas, Paracuellos y otra vicisitudes anarcosindicalistas, pero con el reconocimiento de la naturaleza de un  régimen criminal y dictatorial y sus consecuencias como hecho objetivo y doloroso para todos, mientras no aceptemos nuestro pasado de robos, extorsiones y asesinatos crueles, nada hay que hacer, porque quien duda otorga.

La Historia de España, afirmo, es la Historia de sus ladrones egregios. Mientras discutimos de bandos, algunos inventan una tercera España en una aristotélica regresión al infinito que nos llevaría a proponer como cuarta España a quienes no se enteraron de nada y pelearon por quien los obligó, o una quinta de extranjeros de paso que pagaron el pato, o una sexta... mientras inventamos entes más allá de lo necesario, volvemos a repetir peligrosamente esquemas del pasado, y en vez de conjurarnos por la modernización, la educación, la ciencia... volvemos al “Que inventen ellos” y a ser prisioneros de las tradiciones (enemigas de la Cultura), la religiones más o menos populares, de un “Quítate ladrón... para robar yo” en el que lo robado no importa, sino la batalla de la acusación, la justificación y la construcción de un enemigo que, curiosamente, hace lo mismo.

En la democracia reciente se ha robado, se roba mucho. Pero conseguimos construir las estructuras de un Estado de Derecho que ofrecen la base necesaria para vivir con una cierta libertad; el discurso que las denosta, no la crítica, totalmente necesaria, sino acusar sin pruebas que acaben en un Tribunal de usar esas herramientas como en un régimen autoritario, es sumamente peligroso. La destrucción de la consciencia ciudadana, la desaparición del idioma político de la ciudadanía sustituido por partidismos no siempre limpios, nos arrastra a la violencia en defensa de... ¿de qué? He aquí la sorpresa: de nada, es la violencia por la violencia que sólo genera poder totalitario y beneficios pingües a los mismos de siempre, impertérritos en la explotación inmoral del trabajo de los demás aunque sea explotando, torturando o matando, les da igual. Lo que tuvo de bueno la Transición se ha descompuesto tumefacto en las manos de asesinos sempiternos envueltos en su Imperiofilia más lacerante, cutre, cateta y desinformada.

Como Felipe II en su parrilla lorenzana del Escorial, Franco también financió a alquimistas como Savarpoldi Hammaralt para conseguir oro en los laboratorios de la Universidad de Salamanca, nuestra Historia de necios no ha parado jamás, por mucho que algunos truequen gilipollez por “Grandeur” montando a caballo como señoritos de dehesa. Éste es nuestro nivel, otra vez. Hay que leer a Paul Preston quien, desde la Pérfida Albión, ha descrito y comprendido mejor la calaña del ultrarreacionarismo español que nosotros mismos.

En este mundo moribundo de los libros, fantaseo con que los jóvenes de los institutos, las estudiantes de las Facultades leyeran Un pueblo traicionado de Paul Preston.
 

 

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