Como recuerda de manera directa y sin rodeos la cineasta Isabel Coixet en el sentido prólogo a la edición de este conjunto de relatos, Michela Murgia falleció a causa de un cáncer de riñón el 10 de agosto de 2023. Apenas tenía 51 años, pero legó una carrera literaria destacada y de inolvidable impacto emocional en los lectores. Pero Murgia, nacida en un pequeño pueblo de la isla de Cerdeña, fue mucho más que escritora, novelista, cuentista. Activista política, feminista sin medias tintas, bloguera, dramaturga e incluso política, además de licenciada en Teología. Poco se le resistió a la autora de La acabadora (2009), una primera novela que impactó cuando se publicó en 2009, obteniendo numerosos galardones y el aplauso unánime de público y crítica. Dejó para la posteridad cinco novelas, una decena de ensayos y numerosas colaboraciones periódicas en prensa.
En Tres cuencos. Rituales para un año en crisis (Altamarea), su último libro, hay mucho de obra testamentaria en este conjunto de relatos, a cual más emocionante y visceral, como era ella, capaz de llegar a lo más hondo del sentimiento con una sencillez admirable y desbordante, pero también decidida a abordar temáticas que pueden herir sensibilidades poco dadas a ello, a la sensibilidad. Por todo esto, que la protagonista de un relato se entregue en cuerpo y alma a una figura de cartón como si de un amante inconfesable se tratara o que alguien odie a los niños en general aunque esté engendrando uno en su vientre, o que haya mujeres que enferman y se autolesionan, o que alguien sobrelleve una grave enfermedad como buenamente puede, sin heroísmos ni golpes de pecho, son situaciones que sirven para extender sobre el tapete propuestas nada complacientes, y menos aún de la manera como ella relata sus historias, sin un ápice de moralina o falsa indulgencia.
Estas historias aborda situaciones que sirven para extender sobre el tapete propuestas nada complacientes, y menos aún de la manera como ella las relata, sin un ápice de moralina o falsa indulgencia
“Aquí, Michela Murgia, al contar los diferentes puntos de vista de sus personajes, sus soledades y singularidades, nos empuja a reflexionar sobre la complejidad de las relaciones, a esforzarnos por comprender los desafíos y las luchas de los demás sin juzgar”, explica Coixet en el prólogo. Es en este punto exacto donde la escritora sarda sitúa el cauce común de este puñado de relatos. Porque sus personajes, algunos de los cuales se entrecruzan en varios de sus relatos de forma espontánea y sinuosa, tienen ante sí el reto de plantearnos otra vida posible, ajena a convencionalismos tradicionales, como por ejemplo el de la familia, que ella amplía hacia nuevos horizontes.
También la enfermedad y la inevitable muerte planean sobre estas historias, quizá consciente la autora de que le quedaba poco tiempo y de que no nos legaba un simple libro de relatos, sino posiblemente una obra testamentaria con mensaje y propuestas para una vida mejor, más justa y necesaria.
Además de las crisis personales y existenciales de los personajes de estos relatos, sobrevuela en todos ellos otro secundario de excepción: la propia capital italiana. Porque aquí Roma no es un trampantojo de fondo, es un ente físico con vida propia que a su vez determina en cierto modo las acciones de los personajes en su quehacer diario.
‘Sensación de náusea’, el relato que sirve para dar título genérico a este libro, Tres cuencos. Rituales para un año de crisis, sirve de ejemplo perfecto para valorar la asombrosa capacidad de Murgia para ir más allá en sus planteamientos y presentar al lector un listado de interrogantes que sólo él debe resolver cuando buenamente quiera y pueda. La joven protagonista intenta evitar la náusea que siente ante todo tipo de alimentos con un ritual diario peculiar: llenar tres cuencos de comida (arroz en uno, pollo o pescado en el segundo y verdura en el último) y dejarlos vacíos al finalizar cada jornada. Esos tres cuencos le sirven para poner en su sitio “las jerarquías entre el estómago y el cerebro”. Porque, en definitiva, Murgia lo tiene claro a través de esta joven limitada por la náusea: “Las cosas que no se pueden esconder no son tres, sino cuatro; un estornudo, la belleza, la pobreza y que alguien es una mierda”. Así son los personajes de Murgia, así fue una escritora que dejó el aire más limpio a su paso por este mundo.
