Quienes frecuentáis las comiquerías sabréis que Astiberri acaba de sacar una nueva novela gráfica de Luis Bustos: Meseta. Habréis sorprendido al ominoso minotauro de su cubierta acechándoos desde la mesa de novedades: una figura con algo de toro de Osborne (centinela mudo de las autovías) y algo de minoico señor del laberinto, como corresponde a un cómic que habla de España, vieja piel de morlaco, y de su circunstancia sociopolítica, que tiene mucho de dédalo o más bien de ratonera. Meseta es un thriller de política ficción, género en el que parece haberse enrocado Luis Bustos. Su anterior novela gráfica como autor completo en el catálogo de Astiberri es Puertadeluz, una tragedia suburbana vagamente futurista que se desarrolla entre los escombros de la burbuja inmobiliaria: un paisaje a lo Mad Max reinventado por Paco el Pocero. Y tengamos en cuenta que su obra más extensa, tanto en tiempo como en volumen de páginas, son los cinco tomos de ¡García! guionizados por Santiago García: una reelaboración del mito de Roberto Alcázar y Pedrín en el Madrid de hoy en día, donde un sosias del “intrépido aventurero español” vuelve a la vida arrastrando consigo a todos los espectros del franquismo. Tanto fabular sobre los males de nuestro país imprime carácter, así que Meseta se sitúa en la misma línea, ofreciéndonos el descarnado retrato de una España contemporánea ligeramente distorsionada por algunos (no muchos) elementos de distopía.
Meseta es un road comic. Tres improbables compañeros de viaje se juntan en un taxi clandestino que recorre el trayecto de Madrid a Barcelona con el país paralizado por una crisis política. Desafiando el toque de queda, el coche surca a todo gas la meseta central, el negro corazón de España donde se emboscan sus abominaciones políticas más arraigadas. Y si no me creéis, mirad el mapa electoral. “Castilla es ancha y plana, como el pecho de un varón”, que decía Ortega y Gasset, y las radiales que la surcan son tan buen escenario de ficciones de carretera como una Ruta 66 cualquiera a su paso por Oklahoma. En realidad, la estructura de Meseta es una réplica cañí del Abierto hasta el amanecer de Robert Rodriguez y Quentin Tarantino: la primera parte es una road movie con todos sus tópicos, una huida hacia adelante preñada de tensión, mientras que la segunda parte transcurre en un club de carretera donde los protagonistas quedan atrapados y deben enfrentarse a horrores sobrenaturales de naturaleza insospechada. Si en Abierto hasta el amanecer el garito en cuestión se llamaba “La Teta Enroscada”, aquí se llama “Divina Cvstodia”, como corresponde a un país donde las fronteras entre el burdel y el convento siempre han sido un tanto difusas (así lo demostró Almodóvar con la genialidad de sus años mozos en Entre tinieblas). En cuanto a los monstruos, hay una particularidad en los invocados por la tinta de Bustos, y es que se trata de monstruos de derechas.
A quienes anidamos en la izquierda muchas veces nos cuesta entender los motivos que tiene una persona aparentemente funcional para ser de derechas. Tendemos a ver la adhesión a los discursos conservadores como una insensibilidad a las desigualdades sociales y a las injusticias sistémicas heredadas de nuestro pasado más rancio. Desde nuestro sesgo, consideramos a los votantes de los partidos de derecha y ultraderecha como masas egoístas que buscan hacer prevalecer sus propios beneficios en detrimento del bien común, o como esbirros del cacique que buscan mantener sus privilegios a toda costa. Si nos dejamos llevar por esta forma de pensar, acabaremos identificando a la derecha con el mal absoluto; y así ocurre en Meseta, donde el mal es de derechas: una amenaza de tintes lovecraftianos que cobra forma física nutriéndose de los mitos y despojos del franquismo. Aquí el mal es machista, taurino, xenófobo y clasista, y está firmemente anclado en el pensamiento religioso (del cristianismo al satanismo no hay más que un paso). Desde esta subjetividad, el mensaje de Meseta no es conciliador ni pretende serlo. Lo que busca, de manera visceral, es alertarnos de las inquietantes corrientes subterráneas que palpitan en nuestro panorama social y político. Lo dijo Ethan Hawke hace unos días: “El arte no salva el mundo. Pero sí puede señalar al monstruo.”
Meseta es una rapsodia de violencia a la española con ingredientes de terror que bien podría ser llevada a la pantalla por un Álex de la Iglesia. Desde el punto de vista gráfico, supone un salto cualitativo en el dibujo de Luis Bustos, que firma en este tomo sus mejores páginas. Conforme al tono oscuro de la historia, las páginas están dibujadas sobre fondo negro, del que surgen figuras y paisajes como fogonazos de luz. Algunas de las viñetas y composiciones más notables pertenecen al tramo en que uno de los protagonistas ve alterada su percepción de la realidad bajo los efectos de un narcótico, excusa perfecta para que el autor se atreva con recursos visuales de lo más osado. Y destacan también los guiños al imaginario goyesco, que tan bien supo calar la turbia esencia de lo español hace más de doscientos años; hacia el final del cómic hay una página magnífica que actualiza la imagen de El coloso.
¿Distopía? ¿Relato fantástico? Quizá no tanto. Según escribo estas líneas, los partidos de derecha y ultraderecha negocian para repartirse las consejerías de Castilla y León tras las últimas elecciones autonómicas, en las que los ciudadanos de la meseta norte (meseta de largas carreteras, puticlubes solitarios y anchos horizontes) se acercaron a las urnas para invocar a esos mismos poderes del abismo contra los que nos previene, inútilmente, Luis Bustos.
