Las buenas artes de la literatura para responder a las grandes preguntas que la historia reciente de este país nos ha ido dejando en un reguero interminable de interrogantes sin respuestas. Aquellos primeros años de este país tras la muerte del dictador eran una olla a presión en todos los sentidos. Aquí, Eloy Gayan se mete en la piel de un niño de 12 años en El manifiesto Madelman para retratar unos años inolvidables con dos canales de televisión sin otras opciones, juguetes para el recuerdo, mucha violencia, no menos ilusiones aletargadas durante décadas y unas ganas inmensas de respirar libertad.
¿Cómo es la Transición desde la mirada de un niño de 12 años?
Cuando se contempla el entorno, ya sea bajo la mirada de un niño o de un adulto, la visión que pueda obtenerse está condicionada por la realidad que les toque vivir. En este caso, ya que hablamos de la Transición española, la percepción de un niño en esa época no sería, de ningún modo, similar a la que tendría ese mismo niño en la actualidad. La agitación de aquel entonces quedaba reflejada en las fotografías de las primeras páginas de los diarios: muertos en atentados y en todo tipo de enfrentamientos violentos; y esas fotografías compartían espacio con Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Pulgarcito y tantos otros tebeos colgados de una cuerda en los quioscos. De forma inevitable, las miradas de los niños entrelazaban el humor de la ficción con la crueldad de las calles.
¿El manifiesto Madelman tiene algo de tu vivencia o es investigación?
La parte política de la novela es fruto de la documentación de la época, y se combina con las vivencias de ese niño de doce años que, en algunos momentos son reflejo de mi niñez. Yo tenía esa misma edad en el periodo en el que transcurre la obra: enero de 1976, julio de 1977. La intensidad de la época y la circunstancia de que solo hubiera un canal de televisión, obligaban a interrupciones en la programación infantil para informar de las tragedias que inundaban las calles de España, casi a diario. Algunos de los contenidos de El manifiesto Madelman son resultado de aquellas noticias que impactaron en mi mente, y aún permanecen intactas décadas después. Para reflejarlas no he tenido necesidad de acudir a fuentes escritas.
¿Tenías necesidad de escribir esta novela?
Una necesidad irrefrenable, provocada por la crispación social y política en la que está inmersa España en la actualidad. Me cuesta trabajo entender que no sea posible un diálogo y un entendimiento que nos permitan construir un futuro en paz. En una situación mucho más compleja que la actual, los políticos de la Transición, sobre todo Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, impartieron una lección magistral sobre la forma de hacer política. No me canso de repetirlo en cada entrevista: fueron capaces de renunciar a principios incrustados en sus propias ideologías, totalmente dispares, y no dudaron en luchar por alcanzar la democracia y la libertad. Imaginemos, por un momento, a nuestros políticos actuales, con la nula capacidad de diálogo que muestran, gestionar la Transición. Impensable.
“La intensidad de la época y la circunstancia de que solo hubiera un canal de televisión, obligaban a interrupciones en la programación infantil para informar de las tragedias que inundaban las calles de España”
¿La literatura puede ayudar a comprender la historia?
Por supuesto. Y si hablamos de novelas con mayor intensidad, porque es una forma de combatir la falta de interés que puedan provocar los ensayos históricos en algunos lectores. El manifiesto Madelman es una novela que no pretende abrumar con datos que acabarían en el olvido. Todo lo contrario, mi intención ha sido reflejar y novelar aquellos momentos que dieron colorido a la vida de los españoles, que los lectores, una vez alcanzado el final, descubran o recuerden que hubo dirigentes que supieron consensuar, que existió un pueblo ejemplar: el pueblo español, que supo afrontar con entereza y serenidad los embates de organizaciones terroristas y de grupos extremistas que solo pretendían desestabilizar a la sociedad en sus ansias de recobrar luchas fratricidas.
¿Las cuentas de la historia hay que saldarlas o terminan pasando factura?
Somos nosotros, los que vivimos el presente, los que debemos gestionar esas cuentas, y debemos hacerlo con sentido común. La historia es cíclica, sobre todo en esas guerras recurrentes innatas al ser humano. La historia es un espejo magnífico que deberíamos contemplar cuando tengamos dudas de cómo se debe actuar. El reflejo de la destrucción y de las miserias humanas debería convertirse en una foto fija, única forma de no cometer, de nuevo, los errores trágicos del pasado.
¿Qué te gustaría que quedara de esta novela en un lector joven?
La idea de que el entendimiento y el consenso son posibles, que no son exclusivos de la ficción, de esos finales emocionantes de películas y de libros en los que todo se resuelve de forma satisfactoria. La Transición española resultó una época muy compleja, y los jóvenes actuales deberían conocer cómo se forjó, hace décadas, la libertad de la que disfrutan. Una etapa de la historia de España que, en muchos casos, y como ya he dicho en alguna ocasión, forma parte de esas páginas finales de los libros de Historia, de esas páginas que de forma atropellada y por falta de tiempo no se explican con la profundidad necesaria. Menos prehistoria y más historia reciente.
¿Qué lee Eloy Gayán?
Tal vez la respuesta que voy a dar pueda resultar impertinente: leo lo que me apetece, las obras que me suscitan interés tras una visita a las librerías y leer con detenimiento las sinopsis, sin dejarme guiar por modas o intereses de las editoriales más influyentes. Existen en este país pequeñas editoriales independientes que ofrecen literatura muy interesante más allá de un marketing demoledor.
