El arte de contar es un mundo aparte, casi un agujero negro insondable. Por eso no todos los novelistas –buenos, regulares o malos– están tocados con la varita mágica de la originalidad, el arte intrínseco y el embrujo de la palabra. Porque saber atrapar al lector, el elixir de la juventud de todo novelista, entre las líneas de un libro que cuenta una historia concreta que se desarrolla y culmina en la imaginación del receptor es el resultado final de un conjunto de condicionantes que culminan en el hechizo de la literatura. Este proceso circular cuasi mágico solo una ínfima parte de los escritores con obras de ficción publicadas consigue culminarlo por completo. Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) fue tocado en su día por este don taumatúrgico, y obra tras obra acrecienta sus dotes de cuentista en el más pleno sentido de la palabra, porque es de todas todas un brujo en el contar por contar. Coloquio de invierno (Tusquets), su última propuesta, es un excelente ejemplo de ello, como también lo fueron en la misma línea narrativa dos obras suyas anteriores, El balcón de invierno y El huerto de Emerson.
En su última novela, el señuelo de enganche es bien simple: siete inquilinos en un hostal rural quedan atrapados junto a la pareja regente del local por culpa del temporal de nieve Filomena en enero de 2021. Sin nada que poder hacer, aislados, todos ellos se rinden sin más al ensalmo de la palabra y se dejan llevar, en un discurrir sinuoso y constante de intercambio de historias personales o ajenas, tan sencillas y habituales como excepcionales y bizarras. Porque, qué duda cabe que cualquier persona puede echar mano de una anécdota que embelese a todo un grupo de amigos durante horas mientras se abre a su vez el debate y el intercambio de opiniones. Ahí está el ensalmo de la comunicación y la palabra, al que Landero rinde un maravilloso homenaje en esta novela.
Cuando el ser humano deja a un lado las tecnologías, cuando presta más atención al poder intrínseco de la imaginación y la palabra sin amplificadores artificiales, es entonces cuando llega el momento donde es más él, inimitable
El propio autor rememora al comienzo de Coloquio de invierno: “Se evocan tiempos antiguos –siglos y siglos–, cuando no había internet, ni radio, ni televisión, y quizá ni periódicos, ni apenas libros en las casas, y eso sin contar que eran muy pocos los que sabían leer, tiempos aquellos en que la gente se entretenía hablando, qué iban a hacer si no”. Aquí está el epicentro que hace eclosionar el desarrollo de esta última novela del autor de obras tan importantes de la literatura española como Juegos de la edad tardía, Caballeros de fortuna o Lluvia fina. Cuando el ser humano deja a un lado las tecnologías que supuestamente le sirven para avanzar, cuando presta más atención al poder intrínseco de la imaginación, la palabra y la comunicación sin amplificadores artificiales, es entonces cuando llega el momento donde es más él, más auténtico, inimitable. Porque no hay inteligencia artificial (IA) que subvierta el poder omnipotente del ser humano cuando la inteligencia humana interviene en el arte de contar.
Solo cuando entendemos y asumimos que no tenemos otro asidero por delante que el uso de la memoria y la palabra es cuando nos entregamos con placer al maravilloso embrujo del contar por contar, del cuentista que todos llevamos dentro. Esa es la magia de Landero, que nos invita a descubrirnos a nosotros mismos, a dejar de lado la vorágine digital de redes sociales vacuas, tóxicas y atosigantes para dejarnos mecer por el mecanismo ancestral de la memoria a través de la palabra.
