Una madre que guarda a sus hijos dentro de su máquina para triturar. Eso es la maternidad: la mandíbula de un cocodrilo«“Quiero que me muerdas”, le susurra Annelise. “Quiero que me muerdas muy fuerte”. Su voz suena lenta, como una iguana pelando el sol. Fernanda se magulla el cuello de su hermana y escucha sus deseos: “Muérdeme, cocodrilo”, y en su boca el cuerpo gemelo se rotura. “Muérdeme, caimán”. Salta del colmillo una flor de carne. Salta una flor de huesos a los hocicos infinitesimales. Los órganos en piel polucionan por la noche. Las sábanas sudan». Si bien esta escena, que da cuenta de la relación de dos personajes de Mandíbula, no es absolutamente explícita, puede revolver en el lector sentimientos disímiles: angustia ante la mordida y, por qué no, un deseo palpitante de dejarse engullir.No obstante, entre las obsesiones de Mónica Ojeda está la cuestión de contar temas más insoportables sin ningún edulcorante. “Yo quiero creer que la literatura no es únicamente el trabajo estético con la belleza. Yo creo que lo que hace que un texto sea literatura va más allá de esa capa epidérmica y tiene que ver con la turbación que recibo en mi cuerpo, que me turba en la carne, y no creo que necesariamente tenga que ver lo bello de la palabra”.
El reto más desafiante
Puede que parezca poco ortodoxo, pero el reto más desafiante para ella es superar lo que los escritores saben hacer: sugerir. Es cierto que en la sugerencia el despliegue de la imaginación es mucho más fuerte, pero últimamente, y cada día con más intensidad, se pregunta a sí misma cuán explícita puede llegar a ser cuando escribe y que el resultado se considere un acierto. “Ahora quiero soltar: no que ese soltar sea azaroso, sino que se mantenga la potencia literaria. Eso estaría bordeando lo pornográfico, porque se supone que es lo excesivamente explícito, mientras que el erotismo también sugiere”.Hasta ahora, insiste, únicamente ha trabajado en el contraste de una escritura “increíblemente bella y poética” para decir algo “increíblemente violento y agresivo”; pero quiere ir más allá: demostrar que la literatura también puede hacerse llamando a las cosas por su nombre; y que la capacidad de perturbar tampoco requiere incorporar elementos terroríficos, sino que radica en la disonancia que origina “lo extraño irrumpiendo en lo cotidiano”, abriendo en la mente, en el cuerpo, una grieta mínima o dolorosa.Una madre que guarda a sus hijos dentro de su máquina para triturar. Eso es la maternidad: la mandíbula de un cocodrilo. Una imagen que Mónica Ojeda toma de Lacan, y usa como uno de los epígrafes de esta obra que escarba, principalmente, en las relaciones materno filiales. ¿Quién no experimentaría el horror frente a una madre protegiendo a sus crías con su arma más letal? Sin duda, es perturbadora la intención de “poner a salvo” entremezclada con el poder de la destrucción, un contraste presente en el terreno de las relaciones interpersonales: “El amor, tal y como lo vivimos, es un poco caníbal”.Así, ahonda en la idea de que la familia, como estructura institucional, es donde recibimos las primeras violencias, a pesar de que es el lugar de protección por antonomasia. “No son violencias voluntarias, sino culturales que tus padres reproducen en ti, sin darse cuenta y aunque no quieran, terminan violentándote, así como tú, a lo largo de tu vida, sin querer, vas a violentar a otros porque reproduces las violencias que encarnas”.Esta obsesión por temas oscuros o difíciles, no es nada nuevo en ella, ni en demás mujeres que escriben. Por ello, aparta toda posibilidad de encasillamiento. Sí, es verdad que en Mandíbula le interesaba, entre tanto, cómo la mujer que no encaja dentro de los marcos normativos de la feminidad es considerada monstruo, y a la vez que inspira temor y horror es vinculada con algo bello y seductor, pero más adelante quién sabe qué otras fibras querrá remover. “A pesar de que estamos intentando calzar o no en en ese marco, todos los días fracasamos en ello, todos los días no sale un tentáculo de la espalda”.Sin embargo, como dice Mario Campaña en Bajo la línea de flotación, continuará mirando donde más cuesta mirar. Como cuando los ojos se abren debajo del agua y después de un rato empiezan a arder. “Estamos en momentos donde evades el sufrimiento. Yo también lo hago, pero intento, cuando escribo, no evadir el dolor, y creo que en la vida diaria sí lo hago, por supervivencia; pero escribir y evadir el dolor, me parece la forma más cruel de escribir”.Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita
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