La fina línea imperceptible que la literatura del escritor francés Emmanuel Carrère (París, 1957) enhebra entre la realidad y la ficción es tan imperceptible que en todo momento cuando leemos sus apasionantes historias personales estamos plenamente convencidos de que su vida es de novela, de película incluso. Y en verdad así es. En su último trabajo, Koljós (Anagrama), lo vuelve a demostrar con más ímpetu si cabe que en ninguna otra aclamada obra suya, que no son pocas, como Limónov, Una novela rusa o Yoga, entre otros grandes éxitos.
El Premio Princesa de Asturias de las Letras, entre otras distinciones a su trayectoria literaria, redimensiona el sentido que aquellas terroríficas granjas colectivas de la extinta Unión Soviética representaron para el recuerdo de la sociedad en general, ya que aquí remiten a un episodio contado a él por su madre cinco días antes de que esta falleciera. Las hermanas pequeñas de Emmanuel y él desplegaban un arsenal de cojines alrededor de la cama de matrimonio de sus padres bajo pretexto de dormir juntos en caso de enfermedad de alguno de ellos. “Nuestra madre había dado un nombre a ese ritual del dormitorio: hacer koljós. Nos encantaba hacer koljós. No sé hasta cuando lo hicimos, pero diría que hasta mucho después de que dejáramos de creer en Papá Noel”. Con esto queda reinterpretada una palabra maldita que significa tanto en el imaginario familiar de los ancestros del novelista.
“Nuestra madre había dado un nombre a ese ritual del dormitorio: hacer koljós. Nos encantaba hacer koljós”
Carrère ha logrado culminar en Koljós la novela familiar definitiva, que le sirve a su vez para reconciliarse consigo mismo y con sus seres más cercanos después de anteriores encontronazos por otras obras suyas de no ficción. El origen de ella parte del funeral de Estado que recibió su madre, la intelectual Hélène Carrère d’Encausse, primera mujer al frente de la Academia y relevante autoridad en el estudio de la historia rusa.
Por estas páginas, primorosamente escritas como suele acostumbrar con obras ya de referencia como El Reino o De vidas ajenas, entre otras muchas, transitan sus bisabuelos, burgueses ilustrados que, procedentes de la Georgia prerrevolucionaria, deciden exiliarse tras el asalto bolchevique. También aborda el siempre espinoso tema del colaboracionismo durante la ocupación nazi, personificado en su abuelo Georges, al que la pobreza marcó su destino.
En definitiva, Carrère ha dibujado un fresco contemporáneo de la historia reciente de Europa mientras centraba el foco en la trayectoria vital de algunos de sus familiares más cercanos. No es fácil ampliar el foco para contar la historia de Europa en general en el último siglo ni tampoco reducirlo para relatar, novelar con un atractivo admirable, las vicisitudes familiares directamente relacionadas con aquellos hechos históricos que marcaron al mundo entero. Carrère es un escritor único porque nadie como él sabe hacer de eso que hoy se hace llamar autoficción una obra de arte inigualable.
