La escritora y terapeuta catalana Cris Santa-Olalla nos ofrece, en exclusiva, un adelanto de su nueva novela, ‘El despertar de Sofía’, una historia de sanación personal que ha logrado captar la atención de muchas lectoras, convirtiéndose en un relato en clave de diario de impacto editorial. A continuación, presentamos parte del primer capítulo.
Sofía llegó al mundo un amanecer frío de enero en Barcelona, tras un parto interminable que puso a prueba la resistencia de su madre y de ella misma. El quirófano, iluminado por una luz blanca que parecía implacable, se impregnaba de un olor metálico y penetrante, mezcla de desinfectantes y miedo. Allí, entre paredes asépticas y voces que iban y venían con urgencia, se libraba una batalla silenciosa: la de dos vidas que pugnaban por permanecer en este lado de la existencia. Durante tres días que parecieron eternos, madre e hija caminaron al borde del abismo, entre la vida y la muerte, como si el universo las estuviera probando antes de dejarlas quedarse. Cada contracción era una marea que subía con violencia, arrastrando el aliento de la madre, mientras la pequeña, aún en el refugio del vientre, parecía resistirse a dejar su primer hogar.
Los médicos consultaban entre sí en murmullos, la matrona insistía en la fuerza de la madre, y el reloj en la pared marcaba horas que se alargaban como siglos. Afuera, el cielo de invierno permanecía encapotado, como si también se negara a mostrar la claridad de un nuevo día. Finalmente, tras aquel viaje doloroso y casi insoportable, fue necesaria una cesárea. Y de esa intervención, entre sangre y bisturís, surgió una vida frágil que apenas logró llorar. El primer aliento de Sofía fue tenue, un suspiro breve que más parecía una pregunta que una afirmación. Era como si su llegada al mundo se diera bajo condición, como si la vida misma hubiera puesto un sello de prueba sobre ella desde el inicio.
Su primer llanto apenas se escuchó, un sonido débil que parecía más un suspiro que una declaración de vida. Nada más nacer, la tragedia volvió a golpear. Su madre, debilitada por el esfuerzo, contrajo un virus en el hospital, y aquel virus, como una sombra cruel, también alcanzó a la pequeña Sofía. En pocas horas, el cuerpecito de la niña comenzó a debilitarse. Los médicos la hicieron llevar a una sala aislada, rodeada de aparatos, lejos del calor que tanto necesitaba.
“Sofía llegó al mundo un amanecer frío de enero en Barcelona, tras un parto interminable que puso a prueba la resistencia de su madre y de ella misma”
A la pequeña Sofía, en lugar de cobijarla en el calor de aquel cuerpo que tanto la había esperado, la llevaron lejos, depositándola en una cuna metálica de paredes frías. Allí, bajo la luz artificial y el olor penetrante de desinfectante, el silencio era tan pesado que parecía ahogar cualquier atisbo de consuelo. No había arrullos, ni caricias, ni ese contacto piel con piel que le habría enseñado al recién nacido que el mundo podía ser un lugar amable.
El padre, exhausto pero firme, aguardaba noticias en un pasillo helado, con el corazón en un puño. Fue entonces cuando escuchó las palabras que ningún padre debería oír: “Lo sentimos… no hay nada que hacer. La niña se muere”. El mundo se le derrumbó en ese instante. Sintió que el suelo se abría bajo sus pies, que todo lo que había soñado se desmoronaba sin remedio. La imagen de su hija, a la que apenas había visto unos segundos, ya se teñía de despedida.
Pero contra todo pronóstico, Sofía resistió. Su cuerpecito luchaba, aferrándose a la vida con una tenacidad incomprensible para su fragilidad. Cada respiración era un desafío, cada latido una declaración silenciosa de que aún no estaba dispuesta a marcharse. El tiempo se convirtió en un enemigo y en un aliado: los días eran eternos, pero cada uno superado era una victoria. Así comenzó su historia, marcada desde el primer instante por la lucha y por la soledad de haber conocido demasiado pronto la cercanía de la muerte.
Durante días que se hicieron eternos, Sofía permaneció aislada, frágil como un hilo de aire, observada por enfermeras que entraban y salían sin apenas mirarla a los ojos. Su llanto se apagaba rápido, como si comprendiera que no habría respuesta. La mirada, grande y fija, se perdía en un vacío que era demasiado vasto para un ser tan pequeño, como si ya intuyera que había llegado a un mundo en el que debía aprender a sostenerse sola. Fue allí, entre paredes blancas y murmullos lejanos, donde conoció por primera vez la soledad, no como ausencia momentánea, sino como una marca profunda, una herida invisible que quedaría grabada en lo más íntimo de su alma desde el principio de su vida.
Cuando por fin pudo regresar a casa, la madre miraba a su hija con una mezcla de alivio, ternura y desconcierto. Había esperado tanto ese momento que, al tenerla frente a frente, no sabía si reír, llorar o pedir perdón por aquella ausencia involuntaria. Se sentaba en la mecedora con Sofía en brazos y pasaba los dedos por su cabello oscuro, repitiendo: “Ya estás aquí, ya no te suelto”. Sin embargo, por más amor que intentara darle, la niña conservaba una calma inquietante. Apenas lloraba, y cuando lo hacía, el sonido de su llanto era breve, apagado, como si hubiera aprendido demasiado pronto que la llamada no siempre encontraba respuesta.
La familia entera se maravillaba con su serenidad, pensando que era una bendición tener un bebé que no exigía demasiado. “Es tranquila, como un ángel”, decían los abuelos, sonriendo orgullosos. Pero su madre, en lo profundo, percibía algo distinto: esa quietud no era paz, sino resignación. A veces, al mirarla fijamente, tenía la sensación de que esos ojos pequeños escondían un secreto, como si la niña guardara ya un conocimiento que no correspondía a su edad. Era una mirada seria, profunda, casi adulta, que la estremecía.
Con el paso de los días, la madre comprendió que el vínculo roto en los primeros instantes no se recuperaría con facilidad. Intentaba llenar el vacío con caricias, canciones y arrullos nocturnos, pero Sofía seguía observando todo con una distancia callada, como si nunca terminara de entregarse del todo. Ese comienzo difícil había dejado su huella invisible: la primera semilla de un carácter independiente y, al mismo tiempo, de un anhelo profundo de contacto que acompañaría a la niña toda su vida.
