Federico Gallego Ripoll, nacido en Manzanares en 1953, pertenece a esa estirpe de creadores que han hecho de la palabra una forma de respiración. Poeta, narrador, ensayista e ilustrador, su trayectoria —que comenzó con un primer poema publicado a los doce años— se ha ido consolidando como una de las voces más depuradas y singulares de la literatura española contemporánea. Más de veinte libros de poesía y premios como el Jaén, el San Juan de la Cruz o el Castilla-La Mancha de Poesía avalan una obra que nunca ha dejado de crecer hacia dentro, hacia la hondura de lo humano.
Su vida literaria, además, se entrelaza con la vida cultural de nuestro país: en los años noventa fue cofundador del Aula de Poesía de Barcelona, espacio de encuentro y de impulso para nuevas generaciones de escritores. Aunque si algo distingue a Gallego Ripoll es la fidelidad a una estética que busca la claridad sin renunciar al misterio, la emoción sin caer en la afectación, la imagen precisa que ilumina lo cotidiano. Su escritura, como él mismo ha sugerido en más de una ocasión, se parece al trabajo de los monjes medievales: una labor minuciosa, paciente, casi ritual, donde cada palabra es una pieza de un mosaico mayor.
“Nada crece más rápido que el miedo: / ni el fuego, ni la ira, ni la ola, ni el frío / del lado oculto de la luna”
En su obra, la memoria es un territorio vivo, un espacio donde el tiempo se vuelve materia y donde la infancia —especialmente la vivida junto a su padre en Manzanares— se convierte en un manantial de sentido. La poesía de Gallego Ripoll no rehúye la fragilidad humana; al contrario, la abraza con una lucidez que conmueve y que, a veces, desarma.
Los latidos contados (2026): un prisma íntimo
El libro más reciente de Gallego Ripoll, Los latidos contados, publicado por Mahalta Ediciones, es quizá la culminación de esa búsqueda interior. Concebido en secreto durante siete años, el poemario —200 páginas que funcionan como siete libros en uno— se presenta como una estructura prismática: un haz de luz que, al atravesar la transparencia, se descompone en siete colores, siete zonas de sentido, siete respiraciones.
El título juega con una doble acepción que define el espíritu del libro: contar los latidos como quien escucha el tic‑tac biológico del corazón, consciente de que el tiempo se agota; y contar los latidos como quien narra, ordena y da forma a la experiencia vivida. En ese cruce entre biología y narración, entre ritmo y memoria, se sitúa la esencia del poemario.
“No cambia la razón que me sostiene, / aunque yo cambie”
La obra es un espacio de introspección donde la vida y la muerte dialogan sin estridencias, donde la memoria se convierte en un territorio de revelación y donde la palabra se desnuda para alcanzar una verdad que no es abstracta, sino profundamente humana. Gallego Ripoll escribe desde la serenidad de quien ha aprendido a mirar el mundo con gratitud y con una lucidez que no renuncia a la esperanza.
“El verbo se hizo dios y tuvo miedo; / y juntos descubrimos, / en el fondo del miedo, / la esperanza”.
La forma como respiración
Si el contenido de Los latidos contados es de una hondura notable, la forma no lo es menos: se despliega como una arquitectura verbal minuciosa, donde cada frase parece cincelada con la paciencia de un orfebre y cada ritmo responde a una respiración interior perfectamente medida. La obra no solo dice, sino que se dice con una cadencia que acompasa el pensamiento, con una sintaxis que avanza y retrocede como una marea lúcida y con una elección de imágenes que convierte la lectura en un tránsito sensorial. En ese equilibrio entre fondo y superficie, la forma adquiere un protagonismo sereno, casi musical, que sostiene y amplifica la hondura del contenido. El verso de Gallego Ripoll se caracteriza por una claridad exquisita, un ritmo que acompasa la lectura como lo hace la vida misma, un léxico rico sin ostentación y una sintaxis que facilita la comprensión sin sacrificar la belleza. Sus imágenes, lejos de encerrarse en la torre de marfil, se abren a la calle, al jardín, a la noche con luna: a la vida que transcurre y que, al ser mirada con atención, revela su misterio.
“Me he ido desnudando / de signos y fonemas”
Ese desnudamiento es, en realidad, una depuración: la búsqueda de la palabra justa, del latido exacto, de la emoción que se sostiene sin artificio. La expresión poética se encarna tanto en el fondo como en la forma; es una manera de estar en el mundo, de escucharlo y de devolverlo transformado en la luz de las palabras.
Federico Gallego Ripoll es un autor que sigue contando y que continúa siendo una voz imprescindible: un poeta que ha sabido convertir la memoria en un territorio de revelación, la vida cotidiana en un espacio de trascendencia y el miedo en una puerta hacia la esperanza. Los latidos contados es más que un libro, es una invitación a detenerse, a escuchar, a recordar, a respirar. Su lectura nos adentra en un prisma íntimo que, al abrirse, ilumina; y en esa luz, el lector descubre no solo la obra, sino también una forma de ser, de sentir y de recordar. Porque en estos versos —tan depurados, tan hondos, tan fieles a la verdad de lo vivido— late una certeza que nos concierne: que la poesía, cuando es auténtica, acompaña y transforma.

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