En poco tiempo se cumplirán 90 años del inicio de la guerra civil española, un conflicto que aún se mantiene con mucho presente en este país casi un siglo después, porque aquella hidra que encendió la espita aún colea con fuerza y nuevos bríos en la sociedad actual, aunque el periodista Miguel Ángel Santamarina niega la mayor cuando se equiparan ambas épocas. “Son muy diferentes, aunque nos quieran hacer creer lo contrario”. Después de La guerra que cambió el mundo, con el que inició su serie Efemérides de la Historia, prosigue ahora con La guerra que cambió España (Ediciones B), crónica de la guerra civil española contada, mes a mes, año a año. En ella se siente el pulso y la intensidad de un conflicto que no se agota jamás.
No se puede abordar del mismo modo las efemérides de “la guerra que cambió el mundo” de “la guerra que cambió España”. ¿Qué grandes diferencias ha encontrado en la elaboración de estos dos trabajos?
El método de trabajo ha sido el mismo: localizar la efeméride, el hecho histórico, y buscar pequeños relatos que la complementen. En ambos libros he intentado escribir desde la imparcialidad, sin adjetivos, dejando a la lectora y al lector que tomen sus propias conclusiones. La diferencia fundamental es que en el caso de la Segunda Guerra Mundial es más sencillo abrir el arco, aquí he estado más pendiente de no posicionarme. Han pasado noventa años y seguimos hablando de la Guerra Civil desde la trinchera. He tenido mucha autocensura y, sobre todo, he reescrito unas cuantas veces los capítulos que trataban temas más sensibles, como Paracuellos o las Treces Rosas, y también los que hablaban sobre personajes como La Pasionaria o José Antonio Primo de Rivera.
Abre y cierra su libro sobre la guerra civil española con citas de Manuel Chaves Nogales. ¿Por qué?
Porque, como comentaba antes, mi gran objetivo ha sido encontrar la equidistancia; encontrar un tono narrativo que me dejara en tierra de nadie. Y Manuel Chaves Nogales ha sido un faro para mí porque él lo logró de forma brillante en A sangre y fuego. No es que haya muchos que lo hayan conseguido replicar, es que creo que no lo han intentado. El territorio por el que transitó Chaves Nogales es incómodo. Pocos han entendido tan bien esa guerra y a los españoles como él. Y eso lo hizo hace noventa años.
Es evidente por la profusa bibliografía detallada al final del libro que la labor de documentación ha sido fundamental en su trabajo. ¿Siempre tuvo claro qué hechos incluiría y cuáles quedarían fuera?
Había una lista inicial, pero siempre surgen cosas maravillosas: como la historia del presidente comunista del Real Madrid o personajazos como Juan Modesto —que estuvo a punto de retarse con Hemingway a una partida a la ruleta rusa—. Esa primera labor de documentación que puede parecer aburrida, a mí me resulta apasionante porque siempre encuentras relatos que te sorprenden.
¿Qué criterios históricos básicos ha puesto en práctica para llevar a cabo estas “efemérides de la Guerra Civil”?
Lo que he intentado es dejarme guiar por el rigor. Cuando algo no lo veía claro, lo he descartado. Hay mucha bibliografía, archivos y documentos; y además están los dos BOE, el republicano y el nacional. Eso te permite hacer mucho cribado. Como amante de la literatura, no me he podido resistir a incluir historias más cercanas a la ficción que a la realidad, pero que me han resultado maravillosas. En esos casos, he avisado al lector con un “supuestamente”.
El ritmo estilístico que otorga a su libro y la sucesión cronológica de los hechos hacen que se lea como si de una novela se tratara. ¿Ha buscado conscientemente este efecto para atrapar al lector?
No soy defensor de enclaustrar a los libros en géneros rígidos. Creo que en mis efemérides hay más literatura y crónica periodística que historia, por eso tiene ese concepto novelesco. Cuando haces divulgación —en realidad, siempre que escribes—, debes cuidar mucho el ritmo y conseguir la claridad. Estos factores afianzan ese concepto de novela. Me encanta cuando me lo dicen los lectores, porque es algo que he buscado a propósito.
“Han pasado noventa años y seguimos hablando de la Guerra Civil desde la trinchera”
El peligro de la equidistancia siempre está ahí presente cuando se trata de abordar un tema tan peliagudo como es el de la guerra civil española. ¿Cómo evitarlo?
No evito la equidistancia, la busco. Y lo hago porque para mí no es un término negativo. Estos días, con el veinticinco aniversario de Soldados de Salamina, leí en Twitter a unos usuarios recriminándole esa equidistancia. Esos comentarios me reafirmaron tres conceptos: esa novela es magnífica, Javier Cercas logra esa equidistancia de una forma extraordinaria y estar en tierra de nadie seguirá siendo el motor de mis libros de historia.
¿Por qué verdaderamente nunca se agota el interés de los lectores por el conflicto bélico patrio por excelencia pese a que las quejas aparentes denostan “otra maldita historia de la guerra civil”?
Es curioso que en el siglo anterior hubo tres guerras civiles, las carlistas, con 200.000 muertos, y de ellas ni se habla ni se escribe. La Guerra Civil aglutina muchos conceptos: el auge del fascismo en Europa, la lucha anarcosindicalista, el independentismo, la revolución comunista… Y luego su epílogo, la dictadura de Franco, duró cuarenta años. Ha habido una serie de relatos que han opacado con ideología, de un lado y de otro, el episodio histórico y anulado la microhistoria. Ese proceso de deshumanización que ha reducido todo a un combate entre buenos y malos ha escondido muchas cosas. Me parece genial que haya películas como La cena; son ideas narrativas que ya habían triunfado hace décadas —La vaquilla— y que ahora vuelven. El siguiente paso, el definitivo, que seamos capaces de escribir un libro sobre el coronel Ungría, un personaje fascinante, el jefe del espionaje de Franco, que articuló el final de la Guerra Civil.
Usted es periodista y divulgador cultural, pero no historiador. ¿Ha sentido en algún momento algún tipo de menosprecio por su obra de divulgación de la historia?
No. Al contrario. Amigos historiadores me han resaltado el valor de la divulgación. Igual que yo admiro sus obras en sus estilo más académico. Si sabes en qué liga juegas y dices claramente lo que estás haciendo, no vas a tener ningún problema. Lo que no puedo hacer es vender que este es un libro completo y pormenorizado de la Guerra Civil. Yo he escrito un libro divulgativo —me atrevo a decir que ameno— sobre la Guerra Civil, que le va a gustar a quien no tiene un conocimiento del conflicto y que puede sorprender a quien ya haya leído sobre él, porque hay historias que no son tan conocidas.
El ambiente social y político de hace 90 años en España no tiene nada que ver con el actual, ¿o sí?
Son muy diferentes, aunque nos quieran hacer creer lo contrario. Tenemos la constitución más longeva de nuestra historia. Nuestra democracia está asentada y ha sabido resolver problemas mayúsculos con entereza. La Segunda República no tuvo esa fortaleza. Por mucho que nos preocupen los populismos y la fuerza de la ultraderecha, no estamos en la década de los treinta. Hoy los influencers políticos se insultan en los platós de televisión y se lanzan micrófonos en las calles, pero es que hace noventa años esas diferencias se resolvían a tiros. Lo ideal sería que el pensamiento crítico guiará nuestra sociedad, pero para eso todavía nos falta recorrido.
