“Los hombres se han construido en buena medida con la referencia de lo que no tienen que ser”Usted, como narradora, impone una distancia desigual entre él y ella en el punto de vista narrativo. Mientras con Ismael adopta la segunda persona para adentrarse en su perfil con un cierto distanciamiento, Jasone cuenta su historia en una primera persona cercana e íntima. ¿Lo hace plenamente consciente con una intención clara o es simplemente porque le resulta hasta cierto punto arriesgado narrar el sentir masculino más íntimo de su protagonista en primera persona?He escogido la segunda persona porque creo que es una manera de hablar del interior del personaje pero con cierta distancia al mismo tiempo. Es una especie de voz de la conciencia del personaje. Cuando nos hablamos a nosotros mismos muchas veces utilizamos la segunda persona: “Pero ¿por qué has hecho esto?”, nos decimos, por ejemplo. Es una manera de escuchar la voz del protagonista pero al mismo tiempo permitirle que se vea un poco desde fuera. También el problema “político” vasco sobrevuela de fondo la trama a través de Libe, la hermana de Ismael y amiga íntima de Jasone. ¿También el patriarcado imponía sus reglas en este complejo asunto en la sociedad vasca?El patriarcado, las relaciones de poder, los mandatos de género… lo atraviesan todo. Son transversales absolutamente. Podemos estar hablando de “la defensa de la patria” o de la manera en que nos enamoramos, podemos hablar de lo más público o de lo más íntimo. Los valores de la sociedad, las expectativas sobre unos y sobre otras, lo que se espera de unos y otras, lo que se les permite.., eso lo atraviesa todo. También el conflicto político, que en esta novela aparece como parte del escenario en que hemos vivido, un escenario que nos ha condicionado mucho. En su intento de aproximación a la mente de los hombres para ver cómo viven su masculinidad en tiempos de feminismo y lucha por la igualdad, ¿qué ha visto?Creo que los hombres se han construido en buena medida con la referencia de lo que no tienen que ser. Sobre todo, no tienen que ser una mujer y todo lo que ello conlleva. Cuando esa referencia se mueve, cuando estamos viviendo un momento cambiante en las relaciones entre unos y otras, en las posiciones, es normal que haya muchos hombres que se sientan algo descolocados. En esta aproximación he visto un hombre que no se siente cómodo dentro de esa armadura que le obligan a llevar, que se ve obligado a cumplir unas expectativas como hombre… Un hombre que necesita hacer una reflexión sobre lo que esos mandatos de género y ese modelo de masculinidad que ha aprendido han supuesto en su vida y en sus decisiones. La generación de hombres que sufrieron y se beneficiaron al mismo tiempo de la imposición de la moral nacionalcatólica franquista –como el padre del protagonista– aún influye en la perspectiva machista y patriarcal de sus hijos. ¿Cuándo y cómo cree que se romperá definitivamente esta cadena demencial y viciada para las aspiraciones feministas de una sociedad realmente igualitaria?Cuando seamos capaces de educar a las personas en igualdad. Y eso requiere, entre otras muchas cosas, tener referentes igualitarios en la familia, en la escuela, en la calle, en los medios de comunicación, en los anuncios… Creo que aprendemos por imitación. Tenemos una gran responsabilidad de cara a las siguientes generaciones. No harán lo que les digamos que tienen que hacer, sino lo que vean que hacemos. Necesitamos referentes, modelos a los que seguir. Cada uno y cada una de nosotras es un referente para alguien. La transmisión de valores de respeto y de igualdad es vital. El caso de La Manada de Pamplona sirve a la pareja protagonista para reflexionar sobre el papel que deben adoptar ellos ante sus hijas adolescentes. ¿Por qué este caso ha sido catártico para la sociedad española en esta ola del Me Too y el Cuéntalo?Por un lado, por lo mediático que ha sido y lo que ha supuesto de visibilidad de un grave problema que no es nuevo, y por otro, porque ha ocurrido en un momento clave, en el que hay muchas mujeres que no están dispuestas a aceptar que tengan que ir con miedo por la calle, o que tengan que vivir con esta amenaza. Creo que durante mucho tiempo hemos vivido casi con naturalidad el hecho de sentir miedo, sin darnos cuenta de que es algo absolutamente anormal y que es un síntoma de enfermedad de la sociedad. Esa enfermedad se llama machismo y se basa en las relaciones de poder, en la cosificación de los cuerpos de las mujeres, en la creencia de que alguien puede ser dueño de otra persona y que puede hacer con ella lo que quiere… Veo ahora a las chicas jóvenes que se rebelan, que tienen instrumentos para detectar y analizar estas situaciones y me alegro mucho de que así sea. Han dicho basta ya.
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