No ha habido hasta hoy en la historia reciente de este país un caso criminal que aglutine tantos perfiles que aún lo constituyan, a día de hoy, como una matanza tan inenarrable como única y fundacional. Representa sin duda la imagen de una España que siempre se ha intentado borrar del imaginario colectivo pero que siempre ha estado ahí, y está aún. El resto lo hicieron las televisiones privadas, emergentes en la época, que pugnaron por las audiencias al precio que fuese, incluso de la verdad misma y de la ética profesional. Luis Roso (Moraleja, Cáceres, 1988) ha investigado a fondo en Puerto Hurraco, el espectáculo del horror (Ediciones B) un caso singular que merecía una revisión en profundidad como la que ha llevado a cabo este extremeño de nacimiento que aún sabe qué significa hablar de aquella matanza inenarrable. Él la ha contado, con los puntos sobre las íes y el resultado es un trabajo serio, documentado y bien fundamentado.
¿Cuándo tuvo conciencia de que la verdadera historia sobre el crimen de Puerto Hurraco no había sido contada aún como debía este hecho que conmocionó y marcó a todo un país?
Fue después de que desde la editorial me encargaran escribir un libro sobre este crimen. Yo al principio me negué, justamente porque pensé que estaba ya todo escrito al respecto, que no había nada que yo pudiera aportar, y que era un caso demasiado doloroso en mi tierra. Sin embargo, a los pocos días de hojear noticias, me di cuenta de que sobre el caso había una capa de desinformación y sensacionalismo que había impedido al público conocer el caso tal cual ocurrió, con sus matices. Ahí me percaté de que había algo que yo podía aportar, y acepté el reto de escribir el libro.
“A los pocos días de hojear noticias, me di cuenta de que sobre el caso había una capa de desinformación y sensacionalismo que había impedido al público conocer el caso tal cual ocurrió, con sus matices”
¿Por qué rápidamente se convirtió en emblema, icono, símbolo, bandera… de la España negra?
Porque tenía todos los ingredientes para serlo: ocurrió en un lugar rural y remoto, por un conflicto entre familias que venía de muy atrás, por el propio nombre del pueblo, “Puerto Hurraco”, que remitía a algo oscuro y tenebroso, y por los propios nombres y el aspecto de los asesinos, los “Izquierdo”, con las connotaciones negativas de la palabra, siendo ellos y sus hermanas personajes que parecían sacados de una novela tremendista o una obra de teatro lorquiana. Los medios sensacionalistas tomaron esos detalles y elaboraron una especie de relato morboso, a base de medias verdades y exageraciones, que es lo que yo he querido denunciar en el libro.
¿Qué tiene la atroz matanza de Puerto Hurraco que no tengan otros crímenes semejantes?
Lo primero, el número de muertos: nueve personas asesinadas a tiros. Luego, los detalles que remitían a la España negra: la venganza entre familias, la imagen y el nombre de los asesinos, el entorno rural, etc. Y además, que coincidió con el nacimiento de las televisiones privadas, Telecinco, Antena 3, Canal Plus... Yo digo que este crimen fue el crimen fundacional de la televisión en España, ya que las cadenas pugnaban por las audiencias, usando los métodos que fueran, sin reparar en barreras éticas, como se demostraría dos años después, con el crimen de Alcácer, del que también hablo en el libro, porque ambos crímenes marcaron una época en los medios y la sociedad de este país.

¿Cuál es el dato desconocido de aquellos hechos que más le ha sorprendido en su investigación y que se ha mantenido oculto durante más de 35 años?
No estaba oculto, sino que era una verdad oculta a la vista de todos: que las hermanas Izquierdo, Luciana y Ángela, pese a ser consideradas por todos las instigadoras del crimen, fueron exoneradas por la Justicia. Es decir, que quienes afirmaron o insinuaron en los medios que ellas habían planeado el crimen, tras el año 1992 en que se dictaminó que eran inocentes, estaban engañando al público a sabiendas. Estaban incurriendo en una mala praxis profesional, sabedores de que al público no le importaba, y que nadie iba a recriminarles esa mentira. Pero la Justicia dijo que eran inocentes, y eso era innegable.
También desvela no pocas mentiras que se contaron sobre estos crímenes de aquella España de hace más de tres décadas. ¿Por qué los medios llevaron a cabo en este sentido un papel principal, entre otras entidades de relieve?
Porque buscaban hacer dinero vendiendo periódicos, revistas o con audiencias de televisión, ni más ni menos. En aquellos años en España aún no se había producido el cambio de conciencia social que se produjo tras el crimen de Alcácer y que hizo que se crearan barreras éticas en torno al sensacionalismo en los crímenes. Con Puerto Hurraco hubo tanto sensacionalismo como con Alcácer, pero jamás asociado estrechamente con la telebasura. Pero el trato no fue muy distinto.
“Las hermanas Izquierdo, Luciana y Ángela, pese a ser consideradas por todos las instigadoras del crimen, fueron exoneradas por la Justicia. Es decir, que quienes afirmaron o insinuaron en los medios que ellas habían planeado el crimen, tras el año 1992 en que se dictaminó que eran inocentes, estaban engañando al público a sabiendas”
¿Hasta qué punto su condición de extremeño de nacimiento ha tenido alguna relación con la decisión de desterrar muchos de los mitos negros en torno a aquellos hechos que marcaron a todo un país?
Ha sido determinante, ya que yo como extremeño no podía abordar este caso desde el sensacionalismo que tanto daño hizo a mis paisanos en aquella época. Se trataba de ajustar cuentas con quienes se lucraron con el morbo, creando un relato en torno al mito de la España negra a partir del crimen.
Su libro atraviesa transversalmente varios géneros: novela, periodismo, investigación, ensayo… ¿De qué manera se complementan todos ellos para el resultado final? ¿Ha buscado intencionadamente este punto de vista para abordar esta truculenta historia real?
El libro, originariamente, iba a ser una obra de ficción o autoficción basada en hechos reales, así lo apalabré con la editorial. Pero al poco de investigar, me di cuenta de que había que hacer otra cosa: había que contar el caso y también contar cómo se contó, ya que nadie lo había investigado a fondo en treinta y cinco años, y eso no se podía hacer desde la ficción. Por eso el libro es un libro periodístico o de ensayo, yo aporto la prosa de un novelista, pero no hay nada de ficción aquí.
Y a modo de conclusión, ¿por qué cuando sucedieron aquellos hechos se impuso inamoviblemente un determinado relato que ya nadie se ha dedicado a desterrar hasta que ha llegado su obra?
Porque quienes se han acercado al caso en estos treinta y cinco años lo han hecho de un modo superficial, y no les culpo, porque lógicamente nadie va a pasarse meses y meses investigando solo para un artículo de periódico o un podcast de media hora... Lo extraño es que nadie haya dicho: aquí hay que ahondar más, hay que investigar en archivos y hemerotecas y contar esto de manera más prolija, ya que la relevancia del caso lo merece. Supongo que nadie lo ha hecho porque, como yo en su momento, todos pensaban que sobre Puerto Hurraco no había nada que investigar, que todo estaba más que claro. No era así en absoluto.

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