Dionisio Pérez Venegas, Huerto cerrado

17 de Octubre de 2026
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Dionisio Pérez Venegas, Huerto cerrado

Dionisio Pérez Venegas es un poeta a fuego lento, como la comida de hogar. Y es que además de lector, le tengo amistad, sé que cocina de la misma forma, todo picadito y sin prisas, siempre hay algo que comer, beber y contar. Su obra poética no es riada tumultuosa pero eso le ha permitido ir construyendo una mirada al mundo, porque el Arte es una forma de mirar; después es una forma de canalizar la mirada para evocar, nada inventa, nada ingenia, es con-mover al público, al espectador (quien espera) para que pueda emocionarse igual, no contigo, artista, sino con lo evocado. No hay Arte sin forma, dicho de otra manera, la falta de formas nos conduce a un arte falso en el que el artista sustituye a la obra y al público, es un sólo yo egocéntrico autoidolatrado de lo más íntimo de un sí mismo que, para colmo, no podemos conocer.

La gran mentira de la poesía contemporánea se habla a sí misma en segunda persona: “Llegaste a la ciudad sin nada”, ea, un eneasílabo inconsciente, “miraste la luz”, da igual que no sea un compás rítmico adecuado, “y las flores caían sobre tu vientre como las almendras en la boda de Yolanda”, toma ya qué bonito, qué ingenioso... Abundan la prosa prosaica y el verso de excedido lirismo, y el lector bien avezado, la aficionada feliz, primero invierte en otro piso más para alquilar por más de lo que paga de hipoteca, segundo, primum vivere, se deja adobar por la poesía, tan bonita, tan culta, tan guay...

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No me muevo en esos mundos, ni Dionisio Pérez Venegas tampoco, su poemario Por vegas y cañadas (impreso en Salobreña en la Colección Syl-laba Cuadernos de Poesía de la editorial Alhulia en 2026) es un diálogo con la Naturaleza y el curso del tiempo, oh tópico, algunos tendrán otra cosa de qué hablar pero yo no sé cuáles son. “Naturaleza, Edén para el cántico vivo” dice en un verso bimembre, hermoso y justamente medido... la vida es un “Hortus Conclusus” metáfora del paraíso pero también de la pureza y la inocencia, una huerta cerrada en cuyo confinamiento vive el alma observadora las estaciones, la amistad, el viaje, la gratitud y la sorpresa del acontecer, he ahí el canto a la vida, el resonar en otros y no el hacerles sonar como tú quieres.

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Hay en este libro una presencia de sus viajes a Italia muy a la Sorrentino, obra fílmica esteticista pero también heredera del neorrealismo y lo tremendo del Mediterráneo; hay una presencia a la Gabriel Miró del Levante y sus plantas y su panoplia léxica musical y precisa; hay una constancia lectora de Antonio Carvajal y su métrica expresiva, cada acento y concepto colocados con precisión milimétrica de máquina “ex Deo”; hay algo portugués, ceniza y culantro; hay algo de infancia añorada, familia grande y mesas sencillas y repletas; hay una necesidad de escribir en la lentitud del verso construido que hace que los poemas suenen auténticos, sin artilugios teóricos, de modas, de tendencias ni modernismos, es clásico, esto es, actual.

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Uno puede vivir en este libro las estaciones, sentir a través del metro la música de la Naturaleza mirada por nuestra ignorancia definitoria, tamizada por nuestra inteligencia. Lento, año, década, la vida, Dionisio Pérez Venegas se ha hecho con una voz propia y del tiempo surge ya maduro, en sazón como si llevara a sus espaldas mil libros publicados... no son tantos, pero lo hecho le ha cundido más que a muchos que seguimos intentándolo: “Flores de almendro / en campos del olvido / ventanas al mar”.

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