La autoficción literaria es un subgénero plenamente vigente que aún no ha alcanzado la cima, tampoco la sima. Y ahí andan enfrascados no pocos novelistas, intentando desnudarse pero no tanto, jugando por los vericuetos insondables que les permiten las fronteras permeables de la novela para intentar ir un poco más allá, hacia unos límites que aún no se otean, pero que evidentemente tienen sus riesgos. Manuel Vilas (Barbastro, 1962) salió airoso de este envite con su maravillosa Ordesa, un referente nacional ya en eso que se ha dado en llamar autoficción. Después de dejar constancia de la relación con sus padres y lo que ellos significaron en su vida presente en esta novela publicada en 2018, ahora se adentra en un reto no menor: registrar los más mínimos seísmos que ha provocado la ruptura de su segundo matrimonio, ocurrida en mayo del pasado 2025, hace menos de un año. Casi 400 páginas para dejar constancia a modo de acta notarial de un derrumbe emocional en toda regla.
El propio Vilas pactó con su ya ex pareja que no darían a conocer a ningún conocido la noticia de la separación, que sería este libro el que anunciaría el hecho emocionalmente traumático. De hecho, ha pasado menos de un año desde que todo se desencadenó, un martes 20 de mayo de 2025, “por teléfono, de madrugada”. A partir de ese instante, el narrador de Islandia no ha parado de hacerse preguntas, de buscar el porqué, de indagar en los errores cometidos, en las señales de alerta que no supo o no quiso interpretar a tiempo, en todos esos detalles cotidianos que iban avanzando el derrumbe final de la vida en pareja. En definitiva, este libro es un espejo en el que cualquier español medio puede mirarse y hacerse un traje a medida sin riesgo a equivocar el patrón.
‘Islandia’ es un espejo en el que cualquier español medio puede mirarse y hacerse un traje a medida sin riesgo a equivocar el patrón
El objetivo de Vilas parace meridianamente claro con Islandia: desnudarse por completo y sin el más mínimo rubor, incluso en casi riguroso directo dada la cercanía en el tiempo de los hechos narrados, por todas las causas y consecuencias de este proceso de ruptura y desamor unilateral, completamente forzoso tras recibir una llamada de teléfono que le anuncia de forma inapelable: “ya no estoy enamorada de ti”. A partir de ahí, el abismo, la caída en la desazón y la literatura como asidero y diván de psicoanalista alternativo. Para un novelista, no hay nada como el folio en blanco para saldar deudas consigo mismo y con sus gentes más cercanas, a pecho descubierto, sin falsa modestia ni asomo siquiera de pudor alguno. No existe la contención en el protagonista de esta novela, totalmente destrozado por el mazazo amoroso recibido, un protagonista principal que narra en primera persona y que en ningún momento oculta su correlación directa con el propio autor.
Vilas da vueltas y más vueltas sobre Ada y él, y sobre esos once años vividos juntos, sobre el sexo apasionado, la vida cotidiana, esos ronquidos que no se soportan de esa persona que también te vuelve loco de amor a un tiempo… El novelista aragonés tiene el don de la sentimentalidad sin caer en el sentimentalismo vacuo y ruborizante. De ahí que el lector siempre note su lectura íntima y cercana, algo que la autoficción siempre cuenta como baza a su favor, porque cuando abrimos las ventanas de casa siempre entra aire fresco por ellas, pero eso sí, también miradas indiscretas deseosas de conocer intimidades ajenas. Cotillas somos prácticamente todos, disfrutamos desentrañando los interiores ajenos, es algo que llevamos en el adn. Pero solo unos pocos tienen la capacidad de hacer literatura de ello, para disfrute de sus lectores. Disfrutemos a Vilas y su dolorosa ruptura.
