La segunda novela del violonchelista Guillermo Turina Serrano, Manuscrito concéntrico, se presenta como un artefacto literario tan caprichoso como fascinante, una suerte de caja china donde cada historia contiene otra idéntica, aunque con vida propia, y todas giran alrededor de un eje emocional que no siempre se deja ver a simple vista. Turina, que cambia el arco por la pluma y la partitura de Faco por el folio en blanco para insertar el texto narrativo con una soltura que ya quisieran algunos escritores de oficio, construye un relato que exige del lector algo más que buena voluntad: pide atención, paciencia y cierta disposición a perderse para luego encontrarse, como quien se adentra en un bosque sin mapa confiando en que, tarde o temprano, aparecerá un claro.
Un juego de espejos narrativos
La novela despliega dos historias (que en el fondo es una) que se entrelazan sin previo aviso, sin cortes ni transiciones, como si el narrador omnisciente —omnipotente, incluso— se divirtiera moviendo los hilos de sus personajes con la misma libertad con la que un titiritero decide cuándo su marioneta debe llorar, reír o desaparecer entre bambalinas. Florence MacGuffin, protagonista absoluta, es el centro de este torbellino narrativo. Joven, inquieta y heredera de una familia de editores, encuentra entre las pertenencias de su abuela una novela anónima e inédita que actúa como detonante de un viaje hacia los misterios familiares que ella y su tía Laura deberán recomponer como quien arma un puzle al que le faltan piezas… o al que le sobran.
En este universo, los personajes se multiplican y se confunden: la tía, la abuela, el abuelo, los padres desaparecidos, el perro llamado Gato —sí, Gato— y un amigo (imaginario, pero eso lo sabremos después) llamado Leo que, por momentos, parece más real que los demás. Todos ellos comparten escenario en ambas historias, lo que convierte la lectura en un ejercicio de funambulismo literario: un paso en falso y uno ya no sabe en qué novela está.
Entre la angustia y la ironía
Más allá de la trama —que la tiene, aunque a veces se esconda—, lo que realmente sostiene Manuscrito concéntrico es el retrato emocional de sus personajes. Turina se recrea en sus angustias, frustraciones, deseos y ansiedades, en esa maraña de sensaciones que conforman la vida interior de una familia marcada por silencios, ausencias y secretos. “Sollozar en mitad del camino de un bosque, lejos de todo y cerca de nada, era un canto la soledad. El colmo de la pena. Sin nadie a quien abrazar para el consuelo, ni nadie a quien inculpara para el desahogo”, podemos leer en algún momento. El narrador, que todo lo sabe y todo lo comenta, no duda en colarse en los pensamientos más íntimos de sus criaturas, incluso en sus propias reflexiones, como si quisiera recordarnos que aquí el que manda es él.
Y, sin embargo, entre tanta densidad psicológica, el autor introduce detalles hiperrealistas y expresiones coloquiales que funcionan como pequeñas flores silvestres en medio del bosque: inesperadas, frescas, necesarias. Hay capítulos —el 9 y el 10, por ejemplo— que podrían leerse de manera independiente, como piezas autónomas al estilo del célebre Informe sobre ciegos dentro de Sobre héroes y tumbas, de Sabato. Otros pasajes, como los dedicados al acto de fumar y dejar de fumar, rozan el ensayo humorístico.
Una novela inclasificable
Intentar encasillar Manuscrito concéntrico en un género es tan inútil como intentar que el perro Gato maúlle. Tiene algo de novela negra, algo de psicológica, algo de antropológica, algo de onírica y mucho de experimento narrativo. Turina demuestra una imaginación lujuriante y una valentía notable al construir una obra que no busca complacer, sino desafiar.
El resultado es una novela compleja, sí, pero también estimulante, que recompensa al lector perseverante con un final donde, por fin, los hilos se tensan y las piezas encajan. No es un libro para leer con prisa ni para quienes exigen claridad inmediata, pero sí para quienes disfrutan del viaje tanto como del destino.