Crossroads: Erotismo y resiliencia

24 de Febrero de 2026
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Crossroads

Uno de los estudios estadísticos más reveladores de los publicados en el Libro Blanco del Cómic en España (2024) cubre las temáticas predominantes en la historieta durante los últimos treinta años. A mediados de los noventa se publicaban anualmente más de trescientos tebeos eróticos y/o pornográficos en España; en la actualidad la cifra apenas llega a seis. Hace tres o cuatro décadas, para consumir cómic erótico de calidad no había que ir más lejos del quiosco de la esquina, donde las portadas de los magazines para adultos, llenas de tetas al aire, pieles sudorosas, cuero y cadenas, ocupaban orgullosas la parte alta del expositor, fuera del alcance de las manos infantiles que iban a por su Superlópez. El noveno arte es un medio visual muy directo que siempre ha demostrado ser un vehículo privilegiado para la representación erótica, y en aquella época en la que España dejaba atrás décadas de represión, artistas y editores tenían carta blanca para plasmar en viñetas sus fantasías más salvajes. Yo pertenezco a una generación en la que podemos jactarnos de haber recibido nuestra primera educación en el porno de mano de genios como Manara, Magnus o Serpieri, cuyos cómics son obras de arte a todos los niveles, en lugar de a través de los sórdidos vídeos de internet con los que se han iniciado en sus rutinas onanistas las generaciones posteriores.

Ahora, inmersos en el clima de censura y autocensura que nos impone una nueva oleada global de puritanismo, los siniestros algoritmos que regulan las redes sociales suprimen toda imagen donde asome la sombra de un pezón. Hoy censuran La creación del mundo de Courbet, mañana será La Venus del espejo de Velázquez. Sin embargo, aunque para conseguirlo ya no podemos recurrir al quiosco de la esquina (que, además, ha desaparecido para convertirse en un Amazon Locker), todavía se hace cómic erótico. Hoy lo necesitamos más que nunca, no solo como acto de puro hedonismo sino sobre todo como reivindicación de la libre expresión del arte y del cuerpo. Por ello no puedo sino aplaudir la labor llevada a cabo por Sextories, una pequeña editorial catalana que publica cómic porno de calidad con una línea de contenidos tan sana como provocadora. Porque, si bien el cómic guarro de los ochenta y el hentai noventero se caracterizan por un enfoque del erotismo desde una mirada masculina, que objetualizaba a la mujer y no escatimaba en violencia sexual, el proyecto de Sextories, en cambio, ofrece historias con sexo explícito a través de un prisma inclusivo, feminista y LGTBI+. Los tebeos que sacan son body positive, excitantes pero siempre respetuosos, ricos en representaciones diversas de cuerpos y sexualidades. No son material para leer con una sola mano y ocultar bajo el doble fondo de un cajón, sino lecturas ideales para compartir y comentar en pareja, en trieja o en polícula.

Dentro del catálogo de Sextories se encuentra la serie Crossroads de Marcel Massegú, que ya lleva publicados tres tomos (y acaba de salir en digital el cuarto). La historia de Crossroads se ambienta en un entorno de fantasía medieval, con abundantes guiños a la cultura rolera. En esto sigue de cerca la pauta de otras epopeyas eróticas de los últimos años, como el webcómic Alfie de InCase o la deslumbrante serie de Alexis Flower I Roved Out in Search of Truth and Love. Tanto estas como Crossroads sacan el máximo partido de este escenario, ya que la magia permite prácticas sexuales impensables en la vida real, y las criaturas fantásticas que habitan los mundos de espada y brujería pueden estar dotadas de atributos insospechados: ¿a qué libertino de pro no le resulta estimulante imaginarse en una orgía con sirenas, andróginos y monstruos tentaculares? El arte de Massegú construye este universo con solvencia, demostrando en cada página un gran conocimiento tanto de los medios digitales como del lenguaje del cómic. Crossroads, amén de excitante, es visualmente atractivo. Un caramelito para la vista.

Conforme a la filosofía de Sextories, Crossroads es todo un muestrario de diversidades corporales y afectivas. En guerra abierta contra la tiranía de lo normativo, se prodigan en sus páginas todo tipo de cuerpos entremezclados en todo tipo de combinaciones. La distinción binaria de homo y hetero se diluye gozosamente, abriendo el espectro del género en una celebración pansexual de la unión entre cuerpos. Más allá de las escenas de sexo, la historia está vertebrada por reflexiones sobre la autoaceptación: variaciones sobre el tema de que cada quisqui tiene que aceptar su propio cuerpo y su propia manera de vivir la sexualidad y las relaciones. Crossroads se llama Crossroads porque trata sobre un grupo de aventureros solitarios que se encuentran en un cruce de caminos y deciden continuar su viaje juntos. Las backstories de todos y cada uno de ellos ilustran los distintos conflictos interiores que pueden bloquear a una persona en busca de su libertad sexual y relacional. En ese sentido, el discurso de Massegú está provisto de un componente de autoayuda en la línea de los manifiestos poliamorosos del momento; pese a militar en el libertinaje, tiene una importante carga moral. Pero no estamos hablando de la represora moral de la tradición judeocristiana, sino de las dinámicas de respeto y consentimiento que encontramos, por ejemplo, en textos como Ética promiscua de Dossie Easton y Janet W. Hardy: “Queremos crear un mundo en el que haya abundancia de lo que todo el mundo necesita: comunidad, conexión, tacto, sexo y amor; soñamos con un mundo en el que nadie sufra vergüenza por sus deseos, en el que nadie sufra por la carencia de sexo; soñamos con un tiempo y un espacio en el que todo el mundo sea libre para declarar públicamente su amor, por quien sea, amando de la manera que sea.”

El sexo es política. Por eso un cómic de sexo como Crossroads se posiciona en esa izquierda progresista que los amigos de Trump llaman despectivamente woke. Así, está íntegramente escrito en lenguaje inclusivo, lo que disgustará a los/las/les lectores más conservadores (aunque no creo que Arturo Pérez-Reverte esté entre el público objetivo de Sextories). Asimismo, los personajes se comunican entre sí haciendo un constante ejercicio de comunicación no violenta: tienen conflictos, sí, pero se escuchan, se respetan, no se juzgan, empatizan y hablan todo lo hablable para gestionar de forma compartida sus emociones de la manera más sana posible. En Crossroads sorprende más el exhibicionismo emocional que el físico. El comportamiento de sus personajes tiene un componente educativo que nos interpela y nos invita a ser tan respetuosamente libertinos como ellos. No os dejéis engañar por su aspecto frívolo: este es un cómic de tesis, comprometido con un mensaje sexual de carácter político… o un mensaje político de carácter sexual, lo mismo da. A mí tanto compromiso me sobra un poco, ya que bajo mi punto de vista la verdadera fuerza del arte, ya sea el noveno o los ocho anteriores, reside en que brilla mucho más cuando no tiene más función que nuestro disfrute como espectadores. Pero descuidad, que esta sigue siendo la función predominante en el cómic que nos ocupa: tanto en Crossroads como en el resto del catálogo de Sextories hay mucho, mucho que disfrutar.

Crossroads 1-3, de Marcel Massegú. Sextories Cómics, 96 páginas, 16 € cada tomo.
Crossroads 1-3, de Marcel Massegú. Sextories Cómics, 96 páginas, 16 € cada tomo.

 

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