Como nuevo

25 de Septiembre de 2026
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Como nuevo (1)

Como recordareis (claro que no), “Sexus” constituyó la última de mis adquisiciones Millernianas por pura casualidad, sujeto al destino o como queráis llamarlo. Ahora, de nuevo en el desguace de la biblio Pública, me esperaba, entre ladrillos infumables de primer orden, este “Trópico de Capricornio” que añado a la colección “huérfanos libros del siglo XX.” “¿Qué antiguo?”, afirmaréis algunas. “¿Quién es ese Henry Miller?” Desde luego, queridas, nada que se le parezca a los últimos premios Planeta o a los más destacados “comunicadores” o a los igualmente portentosos “influencers”. Los tiempos cambian, y yo me quedo donde me apetece en cada momento, que para mi es “nuevo”, en el momento de descubrirlo.

Si tuvieseis el valor de leer las primeras páginas de esta obra, que nunca leí ni sé si me va a gustar en absoluto; pero esos primeros párrafos, esa descripción de la vida en el New York del joven y ya ensangrentado siglo XX, os darían, tal vez, una idea de lo que está sucediendo ahora mismo. Porque es exactamente la misma historia: grandes pisando, literalmente, a medianos y pequeños, envidia, mentira y traición a todos los niveles, y, al mismo tiempo, lo que se os escapa, amarradas como estáis a las pantallitas: la vida tal y como fue, es y será, quizir: nada de lo que os cuentan, o con lo que soñáis, o lo que imagináis puede llegar a ser, a través de las pantallitas.

Si todos los periodistas y políticos y autoridades en no sé qué cerrasen la boca por una semana y solo se escuchasen las conversaciones del bar (¿de qué iban a hablar algunos?), de los vecinos, el tráfico, los ladridos, las recomendaciones de palomas y vencejos y el aleteo de los murciélagos, el aplauso de las hojas de los árboles azotadas por la primera brisa otoñal y todo lo que te ha pasado hoy en el trabajo, el supermercado, el bar, la carretera, todo eso sin las infames, insanas interferencias de algunos periodistas, con sus soniquetes impostados, narrando una y otra vez lo que políticos y autoridades han dejado caer sin la mínima vergüenza. “¡Cuánta indignación! ¡Cuánta gravedad! ¡Esto no puede seguir así!” Yo os digo que detrás de todo eso no hay más que interés, puro interés personal por LLEVAR LA RAZÓN.

En eso se diferencia un Henry Miller, te guste o no, te embauque o no con sus místicos vericuetos verbales: es ÉL, no pretende nada más que ofrecerse, contar, mostrar, porque es escritor. Y si miráis esas primeras páginas y descubrís los nocturnos ambientes laborales del Nueva York del joven siglo XX, quizás, también, seáis capaces de distinguir a la panda de farsantes que cada día intentan lavaros el cerebro con las versiones más radicales de lo que ya queréis oír de entrada. Son muy listos, muy vivos, y os dan justo lo que estáis esperando. Tal vez, no miro a nadie, saben que os faltan cojones para practicar la sedición por un minuto, en secreto, y pensar con la cabeza o el corazón, y no con el ego que se está comiendo la cultura, las profesiones, la convivencia marcada por el “y tú más”. El ego es el enemigo: tu propio enemigo, el nuestro.

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