“Quizá la verdadera crisis no esté en la familia, sino en aquellos modelos familiares que ya no responden a las necesidades de las nuevas generaciones”. Con ese poderoso mensaje nuestra entrevistada nos dice mucho del contenido de su nueva novela, pero también del fondo de muchas de las situaciones actuales que, a veces, no comprendemos del todo. Mª Teresa Valero Romero, conocida profesionalmente como Tere Valero y por su firma Intérprete de las Estrellas, es astróloga y asesora profesional de astrogenealogía y constelaciones sistémicas, especialista en biodecodificación astrológica y máster en Movimiento de Esferas Internas, pero también es una sólida novelista, hecho que confirma en su más reciente obra titulada Clara.
Mª Teresa Valero Romero nos cuenta la historia de una mujer que había vivido su realidad como un patrón cultural heredado, hasta que un día comenzó a hacerse preguntas sobre la verdad de su existencia. Sin duda es una historia que habla de muchas mujeres, pero también de hombres que, de una manera u otra, repiten fórmulas de comportamiento aprendidas. “Porque querer a la familia no debería significar desaparecer dentro de ella”, asegura la autora española.
Clara, ¿una novela sobre los mandatos familiares?
Sí, los mandatos familiares son uno de los hilos conductores de la novela, pero Clara va mucho más allá. Es una historia sobre las lealtades invisibles que asumimos, muchas veces sin ser conscientes de ellas, y sobre cómo las expectativas familiares pueden llegar a condicionar nuestra manera de vivir.
A veces cumplimos determinados papeles por amor, por responsabilidad, por costumbre o simplemente por miedo a decepcionar a quienes queremos. Y, sin darnos cuenta, podemos terminar viviendo una vida que no hemos elegido del todo.
Clara habla precisamente de ese momento en el que una persona empieza a cuestionarse lo que siempre había considerado normal. Es una novela sobre los mandatos familiares, sí, pero, sobre todo, sobre el derecho a ser uno mismo, a tomar nuestras propias decisiones y a vivir de acuerdo con lo que realmente sentimos, sin que eso signifique dejar de amar a nuestra familia.
Porque a veces lo más difícil es atrevernos a ser quienes realmente somos por miedo a que nuestra propia familia deje de aceptarnos y acabemos sintiéndonos rechazados o incluso excluidos por ser diferentes. Y nadie debería tener que elegir entre sentirse parte de su familia y ser fiel a sí mismo. Como escribí en la contraportada de Clara: «Porque querer a la familia no debería significar desaparecer dentro de ella».
“Es una historia sobre las lealtades invisibles que asumimos, muchas veces sin ser conscientes de ellas, y sobre cómo las expectativas familiares pueden llegar a condicionar nuestra manera de vivir”
¿Cómo imaginaste a Clara? ¿Cómo surgió el personaje?
Clara fue naciendo poco a poco, a partir de emociones, observaciones y reflexiones sobre la vida y las relaciones familiares. Quería dar voz a tantas mujeres que han dedicado gran parte de su existencia a cuidar de los demás, dejando muchas veces sus propias necesidades en un segundo plano. Durante generaciones, a muchas mujeres se las educó para cuidar, sostener a la familia y anteponer las necesidades de los demás a las suyas. A los hombres, por su parte, se les asignaron otros papeles y responsabilidades. Eran modelos que se transmitían de padres a hijos, como si cada generación tuviera que continuar la historia de la anterior. Y lo más profundo es que muchas veces esos comportamientos ni siquiera se cuestionaban, porque formaban parte de lo que se consideraba normal dentro de la familia. No siempre era falta de valentía para cambiar, sino que habían crecido creyendo que aquella era la única manera de vivir, de amar y de pertenecer.
De esa reflexión fue surgiendo Clara, una mujer que ha aprendido a cumplir con lo que se espera de ella, pero que, poco a poco, comienza a descubrir que detrás de todas esas responsabilidades también existe una persona con sentimientos, necesidades y sueños propios.
Clara fue tomando forma mientras escribía, con sus silencios, sus contradicciones, sus miedos y esa fuerza interior que a veces desconocemos hasta que las circunstancias nos obligan a descubrirla. Creo que es un personaje en el que muchas personas pueden reconocerse, especialmente aquellas que alguna vez se han preguntado: «¿Estoy viviendo la vida que realmente quiero o estoy repitiendo la vida que aprendí que debía vivir?».
Clara, una mujer que vive solo para atender la vida de su familia, dejando a un lado sus necesidades como persona. ¿Este personaje representa el patrón de una mujer de un tiempo pasado o ese patrón se sigue repitiendo?
Creo que ese patrón sigue repitiéndose, aunque hoy tenga un rostro diferente. Hemos avanzado mucho, pero todavía hay mujeres que sienten que deben poder con todo: cuidar de sus hijos, de sus padres, de su pareja, atender sus responsabilidades y procurar que a nadie le falte nada. Y muchas veces, cuando por fin encuentran un momento para ellas mismas, ni siquiera saben qué necesitan, porque llevan demasiado tiempo sin preguntárselo.Y cuando por fin se atreven a dar el primer paso para hacer algo por ellas mismas, aparece el sentimiento de culpa. Como si dedicar un poco de tiempo a sus propias necesidades fuera un acto de egoísmo, como si pensar en sí mismas significara desatender o fallar a las personas que quieren. Y quizás lo más doloroso sea descubrir que, después de tantos años viviendo para los demás, hasta permitirse ser felices puede llegar a hacerlas sentir culpables. No siempre es porque alguien se lo imponga. A veces es porque así les enseñaron a entender el amor, a creer que amar significaba estar siempre disponibles para los demás, anteponer sus necesidades a las propias y encontrar su lugar dentro de la familia a través de ese cuidado.
Pero tampoco debemos olvidar a los hombres. A muchos también se les enseñó que debían ser fuertes, que no podían llorar, mostrar sus sentimientos ni reconocer que necesitaban ayuda. Son mandatos diferentes, pero que pueden llevarnos a una misma situación: vivir intentando ser lo que los demás esperan de nosotros, en lugar de permitirnos ser quienes realmente somos y queremos ser. Por eso, aunque Clara sea una mujer, creo que su historia puede llegar tanto a mujeres como a hombres. Porque, en el fondo, todos necesitamos sentirnos queridos y aceptados, pero también necesitamos sentir que nuestra vida nos pertenece.
Cuidar de quienes amamos puede ser uno de los actos más hermosos de la vida, pero ese amor también debería dejarnos un espacio para nosotros mismos. Y hay algo que me gustaría que el lector se preguntara al conocer a Clara: «¿Cuántas veces hemos estado tan pendientes de que los demás sean felices que nos hemos olvidado de nuestra propia felicidad?».
Porque nadie debería mirar atrás y sentir que ha estado presente en la vida de todos, menos en la suya.

Llega el momento en que Clara comienza a hacerse preguntas sobre la vida que lleva. ¿Qué ocurre entonces?
Ocurre algo que considero fundamental: Clara empieza a escucharse y a sentirse a sí misma. Hasta ese momento ha vivido aceptando muchas situaciones como normales, sin detenerse demasiado a pensar si realmente era feliz o si estaba viviendo de acuerdo con sus propios deseos. Pero cuando comienza a hacerse preguntas, algo cambia en su interior. Y creo que eso nos ocurre a todos. Cuando empezamos a tomar conciencia de una situación que nos incomoda, podemos intentar ignorarla, justificarla o mirar hacia otro lado, pero difícilmente volvemos a verla de la misma manera.
En Clara comienza entonces un proceso de descubrimiento personal que no está exento de dudas, miedos y contradicciones. Porque tomar conciencia no significa que todo cambie de un día para otro. A veces, lo más difícil no es descubrir lo que queremos, sino atrevernos a reconocerlo.
Clara empieza a darse cuenta de cuánto tiempo ha vivido según las necesidades y expectativas de los demás, dejando las suyas en un segundo plano. Comienza a reconocer desequilibrios y situaciones que antes aceptaba sin cuestionarlas, y a comprender que también tiene derecho a decidir cómo quiere vivir. Entender que su vida también le pertenece, aunque todavía no sepa cómo cambiarla, la descoloca, pero también abre una puerta en su interior. Y cuando una persona comienza a mirarse y a reconocer lo que siente, ya no resulta tan fácil seguir viviendo como si nada hubiera cambiado.
¿Esta novela representa un giro en tu bibliografía?
En cierto modo, sí, aunque no lo considero una ruptura con lo que he escrito anteriormente, sino una evolución natural de mi camino como escritora. En mis libros Sanando el Linaje Familiar abordo la Astrogenealogía desde una perspectiva más técnica, ofreciendo herramientas para comprender los patrones familiares, las lealtades heredadas y la influencia que nuestra historia familiar puede tener en nosotros.
Con la narrativa encontré otra manera de acercarme a esos mismos temas. Ya había explorado ese camino con El Jardín de las Vidas Vividas, pero con Clara he querido profundizar especialmente en el mundo emocional de un personaje, en sus contradicciones, sus silencios y su transformación interior. Es una novela que he escrito desde una sensibilidad muy cercana, intentando que el lector no se limite a observar lo que le sucede a Clara, sino que pueda acompañarla emocionalmente, sentir sus dudas, comprender sus miedos y vivir junto a ella ese proceso de descubrimiento personal.
Creo que en todas mis obras existe un mismo hilo conductor: el ser humano, su historia y la posibilidad de comprenderse mejor. Porque mientras en mis libros de Astrogenealogía invito al lector a comprender su historia familiar, con mis novelas quiero que pueda sentirla, emocionarse y, quizás, descubrir entre sus páginas algo de su propia historia.
Porque a veces, al leer la vida de un personaje, terminamos encontrándonos con nosotros mismos.
En tu obra cuentas con las ilustraciones de Sílvia Badiella Valero, tu hija. ¿Cómo se da esa relación creativa?
Para mí es una satisfacción enorme poder compartir esta parte de mi trabajo con mi hija, especialmente porque admiro profundamente su sensibilidad artística. Nuestra relación creativa se basa en algo muy sencillo: la confianza y la libertad. Cuando termino una obra, le facilito la sinopsis y le explico la esencia de la historia, pero nunca le digo qué tiene que dibujar ni cómo debe interpretar lo que he escrito. Ella tiene absoluta libertad para crear, y eso es precisamente lo que más valoro, porque consigue captar el significado profundo de la novela y transformarlo en una imagen que transmite mucho más de lo que las palabras podrían explicar por sí solas.
Además, para mí existe un componente emocional muy especial. El padre de Sílvia, que falleció cuando ella era muy pequeña, también era ilustrador. Lo más sorprendente es que mi hija no sabía que su padre se había dedicado a la ilustración y, sin embargo, con los años encontró su propio camino en ese mismo mundo artístico. Descubrir que, sin saberlo, estaba dando continuidad a una parte del legado de su padre me emociona profundamente. Es como si el arte hubiera encontrado una manera de seguir vivo en nuestra familia, a través de otra generación, pero con una sensibilidad, un talento y una identidad completamente propios.
Desde mi mirada de la Astrogenealogía, esta coincidencia tiene un significado muy especial, porque nos recuerda que no todo lo que heredamos de nuestros antepasados son heridas, miedos o patrones que debemos transformar. También heredamos talentos, sensibilidades y capacidades que pueden florecer en las siguientes generaciones, incluso sin ser conscientes de dónde proceden. Y quizás eso sea lo más hermoso de nuestra colaboración: que, de alguna manera, en cada portada también se encuentra un pequeño fragmento de nuestra historia familiar. Yo cuento las historias a través de las palabras y ella consigue darles vida a través de las imágenes. Son dos lenguajes diferentes que terminan encontrándose en un mismo libro.
Aparte de escritora, eres una reconocida astróloga, llamada «Intérprete de las Estrellas». ¿La astrología influye en tu creación literaria? ¿Te consideras una escritora astróloga o cada dirección va por separado?
Para mí, la astrología y la escritura no son dos caminos separados, sino dos maneras diferentes de acercarme a las historias humanas, a nuestras emociones y a los vínculos que nos unen a quienes nos precedieron.
Mi camino literario comenzó con el primer volumen de Sanando el Linaje Familiar, donde abordo la Astrogenealogía desde una perspectiva más técnica y de autoconocimiento, ofreciendo herramientas para explorar los patrones y las lealtades que heredamos de nuestra familia. Sin embargo, sentí la necesidad de transmitir esa misma mirada de una manera diferente, más cercana a las vivencias y emociones de las personas. Así nació mi primera novela, El Jardín de las Vidas Vividas. Posteriormente llegó el segundo volumen de Sanando el Linaje Familiar y, ahora, Clara.
Quería que el lector pudiera reconocer, a través de los personajes y sus experiencias, esos comportamientos que se repiten de generación en generación, las lealtades invisibles, los mandatos heredados y las decisiones que muchas veces tomamos sin saber qué hay detrás de ellas.
En mis novelas no necesito hablar directamente de astrología para transmitir esa mirada. Los personajes viven situaciones que cualquiera podría reconocer en su propia familia, porque hay emociones, silencios y conflictos que forman parte de muchas historias familiares. Por eso no siento que tenga que elegir entre ser astróloga o escritora. Mis conocimientos de Astrogenealogía nutren mi manera de mirar las historias familiares, mientras que la literatura me permite darles vida a través de los personajes y sus emociones. Son dos formas de expresar una misma sensibilidad, dos caminos que terminan encontrándose en las historias que llevamos dentro. Porque a veces hay silencios familiares que necesitan encontrar una voz, y la literatura puede ser una manera de dársela.
Trabajas la memoria familiar con especial atención. ¿La familia está en crisis a nivel global?
Creo que, más que hablar de una crisis familiar, deberíamos hablar de una profunda transformación de la familia y de nuestra manera de relacionarnos. Durante generaciones hemos vivido bajo estructuras familiares muy definidas, donde cada miembro tenía un papel asignado y existían unas normas, unas obligaciones y unas lealtades que pocas veces se cuestionaban. Sin embargo, cada vez hay más personas que empiezan a preguntarse si esos modelos heredados responden realmente a sus necesidades y a su manera de entender la vida.
Desde mi mirada astrológica, Plutón en Acuario simboliza precisamente esa transformación profunda de las estructuras colectivas, de las creencias y de los modelos establecidos. Y la familia, como primer sistema al que pertenecemos, también forma parte de esa reflexión. Creo que necesitamos construir relaciones familiares donde exista más libertad, donde cada persona pueda desarrollar su propia identidad sin sentirse juzgada, etiquetada o condicionada por lo que los demás esperan de ella. Porque las etiquetas familiares pueden llegar a pesar mucho. A veces, desde pequeños, nos identifican como el responsable, el rebelde, el fuerte o el débil, y podemos terminar comportándonos de acuerdo con ese papel durante toda nuestra vida, sin cuestionarlo.
Y hay algo que para mí es fundamental: no se trata de juzgar a nuestros padres, a nuestros abuelos ni a quienes nos precedieron. Ellos también formaban parte de una historia, de una educación, de unas creencias y de unas circunstancias que condicionaron su manera de vivir y de amar. Muchas veces hicieron lo que pudieron con lo que tenían y con lo que habían aprendido.
Comprender su historia no significa justificar todo lo que ocurrió, sino reconocer que nosotros tenemos la oportunidad de hacerlo de otra manera.
Podemos honrar nuestras raíces sin tener que repetir aquello que nos hizo daño. Porque sanar el linaje no consiste en señalar a quienes vinieron antes, sino en tomar conciencia de lo que recibimos y decidir qué queremos seguir transmitiendo. Y eso es precisamente lo que intento transmitir a través de Clara: que podemos reconocer nuestras raíces, respetar a quienes nos precedieron y, al mismo tiempo, atrevernos a construir una vida diferente. Quizá la verdadera crisis no esté en la familia, sino en aquellos modelos familiares que ya no responden a las necesidades de las nuevas generaciones.
No estamos dejando de valorar a la familia. Estamos aprendiendo que podemos pertenecer a ella sin dejar de pertenecernos a nosotros mismos.
Exploras el legado emocional de los ancestros. ¿Tienes alguna opinión del legado emocional que colectivamente dejaremos desde este presente a la humanidad futura?
Creo que esta es una pregunta que todos deberíamos hacernos, porque muchas veces miramos hacia nuestros antepasados intentando comprender lo que hemos heredado, pero olvidamos algo fundamental: nosotros también seremos los ancestros de las generaciones futuras.
Vivimos en una sociedad marcada por las prisas, las exigencias, los miedos y una incertidumbre constante. Y, aunque no siempre seamos conscientes de ello, nuestra manera de vivir, de relacionarnos, de amar y de afrontar las dificultades también dejará una huella emocional en quienes vengan después.
Pero también creo que estamos viviendo un momento importante de toma de conciencia. Cada vez hay más personas que se atreven a cuestionar los patrones heredados, a expresar sus emociones y a reconocer que no todo lo que recibimos de nuestros antepasados tenemos que seguir transmitiéndolo.
Creo que estamos viviendo un momento en el que deberíamos preguntarnos qué significa realmente evolucionar como sociedad. Porque avanzar no consiste únicamente en desarrollar nuevas tecnologías, conseguir más cosas o acumular riquezas, sino también en aprender a relacionarnos de una manera más humana, con mayor comprensión, empatía y solidaridad.
Me gustaría pensar que estamos a tiempo de recuperar valores esenciales: el respeto por las diferencias, la libertad de pensamiento y la capacidad de tender la mano a quien lo necesita. Que aprendamos a escucharnos más, a juzgarnos menos y a comprender que el bienestar de unos no debería construirse a costa del sufrimiento de otros.
Porque quizás la verdadera riqueza que podemos dejar a las generaciones futuras no esté en lo que poseemos, sino en la manera en que aprendamos a cuidarnos unos a otros.
Me gustaría que pudiéramos transmitirles un legado de sensibilidad y de libertad, donde ninguna persona tuviera que esconder lo que siente o renunciar a sus sueños por miedo a no ser aceptada.
Porque el legado emocional no está formado solamente por las heridas que transmitimos, sino también por aquellas que decidimos dejar de repetir.
Porque, de la misma manera que nosotros hemos heredado y repetido patrones de nuestros padres, abuelos y antepasados, muchas veces sin ser conscientes de ello, también podemos estar transmitiendo los nuestros a quienes vienen detrás. Y lo más sorprendente es que, en ocasiones, terminamos repitiendo precisamente aquello que un día nos prometimos que nunca haríamos. Por eso es tan importante tomar conciencia, para que las generaciones futuras no tengan que seguir viviendo historias que nosotros podemos empezar a transformar.
Y creo que ahí tenemos una gran responsabilidad, tanto individual como colectiva. No podemos cambiar la historia de nuestros antepasados, pero sí podemos tomar conciencia de nuestra propia historia y decidir qué queremos transmitir a quienes vendrán después.
Quizás una de las herencias más hermosas que podríamos dejar sería que nuestros hijos, nuestros nietos y las generaciones futuras no tuvieran que dedicar tantos años de su vida a sanar heridas que nosotros podríamos empezar a transformar hoy.
Que recibieran de nosotros no solamente recuerdos, tradiciones y conocimientos, sino también una manera más consciente de amar, de respetar y de convivir.
Porque, al final, sanar el linaje no consiste únicamente en comprender de dónde venimos, sino también en tomar conciencia de lo que estamos dejando a quienes vendrán después.
Y quizás esa sea nuestra mayor responsabilidad y, al mismo tiempo, nuestra mayor oportunidad: que las generaciones futuras no solo recuerden lo que conseguimos, sino también el amor, la comprensión y la humanidad que fuimos capaces de transmitirles.
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