Publicada en los años previos a la Revolución de 1917, esta obra de referencia de la literatura rusa del pasado siglo veinte tiene tras de sí el mito de lo prohibido y lo inclasificable. El burdel, de Kuprín, ambientada en un prostíbulo de la Rusia zarista, trasciende con mucho el retrato de la prostitución que se puede esperar a priori de cualquier otra obra al uso para convertirse claramente en una crítica profunda a una sociedad marcada por la desigualdad, la hipocresía y la deshumanización.
Su llegada a las librerías provocó una fuerte controversia debido a la crudeza con la que representaba un tema considerado escandaloso para la época. Desde el punto de vista literario, Kuprín se sitúa entre el realismo y el naturalismo, y en todo momento de la narración se evita el sentimentalismo al presentar con toda minuciosidad la rutina del burdel, y también a sus trabajadoras, los clientes y quienes se benefician de ese sistema perverso de explotación de las mujeres.
Pero pese a todo ello, Kuprín no se limita en absoluto a reducir a las prostitutas a simples víctimas o estereotipos de un sistema pervertido ya que las dota de una complejidad psicológica que pone sobre el tapete sus aspiraciones, sufrimientos y contradicciones. Es precisamente esa mirada humanista la que distingue la novela de otras obras contemporáneas que ha llegado a abordar este mismo asunto.
Trasciende con mucho el retrato de la prostitución para convertirse claramente en una crítica profunda a una sociedad marcada por la deshumanización
Por tanto, estamos ante una atroz denuncia sin tapujos de la doble moral de la sociedad que retrata. Al tiempo que supuestamente la sociedad condena públicamente la prostitución, depende de ella y la mantiene mediante instituciones, autoridades y clientes, que participan sin rubor y activamente en su mantenimiento y existencia. Es por ello que el verdadero objeto de crítica no son las mujeres del burdel, sino el entramado social que las sitúa como simple mercancía al uso mientras se les niega la posibilidad de una vida digna.
El autor ruso hace uso de una prosa descriptiva, sobria y precisa, sin intentar florituras superfluas que desvíen el foco del objeto de análisis. Pero no por ello se desprende de la recreación de unas escenas con una fuerza visual impactante, necesarias para comprender en toda su crudeza el ambiente opresivo del prostíbulo sin recurrir al sensacionalismo. Lo que para algunos críticos es esto un punto débil, ya que el ritmo narrativo puede volverse lento y la acumulación de episodios produce una estructura desigual, el efecto final es el adecuado al tema abordado. Tanto es así que al autor le reprocharon por esta obra un exceso de naturalismo, mientras otros valoraron precisamente su capacidad para documentar una realidad silenciada.
Asimismo, la explotación del cuerpo femenino, la pobreza, la violencia estructural y la indiferencia de una sociedad que normaliza la injusticia están también muy presentes en una obra maestra indiscutible del pasado siglo veinte.

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