Hablar del canadiense Jeff Lemire es hablar de uno de los guionistas de cómic más reputados, prolíficos y camaleónicos de la actual escena norteamericana. Su currículum asusta. Si sois de esas personas que se abruman fácilmente con las avalanchas de datos, os aconsejo que os saltéis este párrafo. En los últimos quince años Lemire ha trabajado extensivamente en el mercado de superhéroes, escribiendo guiones para algunas de las series más populares de Marvel y DC: Batman, Supermán, Flecha Verde, Animal Man, La cosa del pantano, La Liga de la Justicia, La Patrulla X, Ojo de Halcón, Caballero Luna y Hulk entre muchos otros. Bajo el sello de Image Comics ha creado series de ciencia ficción del calibre de Descender o Gideon Falls, y Dark Horse le ha estado publicando sus numerosas historias del universo Black Hammer: una serie que sacudió en la década de 2010 los cimientos del género superheroico igual que treinta años antes lo hizo Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons. Y ojo a Carretera fantasma, la serie en curso que firma junto al dibujante Gabriel Hernández Walta, un cóctel explosivo de road comic y thriller sobrenatural que me tiene mordiéndome las uñas a ras de pellejo esperando el lanzamiento de su tercera entrega. Como podéis imaginar, en tal despliegue de obras publicadas ha colaborado con algunos de los mejores pinceles del cómic americano: Dean Ormston, Dustin Nguyen, Andrea Sorrentino, Bill Sienkiewicz, Scott Snyder o Ray Fawkes, por citar solo unos pocos. Sin embargo, los primeros pasos de Jeff Lemire fueron como autor completo.
Fue como dibujante de sus propias historias como inicialmente ganó notoriedad en Canadá y el mundo entero con su memorable trilogía Essex County (2005-2008), y desde entonces ha seguido prefiriendo ilustrar él mismo sus obras más personales y alejadas del mainstream. El estilo visual de Lemire resulta de apariencia más europea que americana. Utiliza una pincelada suelta, taquigráfica, cuyo uso expresionista del trazo y de la mancha recuerda a un Frederik Peeters, a un Edmond Baudoin o incluso a los Breccia. Entre las obras que firma como autor completo cabe citar títulos tan singulares como Sweet Tooth (una distopía rural protagonizada por un niño ciervo), Nadie (una personalísima relectura del mito wellsiano del hombre invisible), o la que hoy nos ocupa: Arcanos menores, cuyo primer volumen acaba de publicar Boom! Studios en USA y Astiberri en España, en su muy egregia colección Sillón Orejero. Con estos antecedentes, no podemos sino acercarnos a esta serie con muy altas expectativas.
En Arcanos menores, Lemire vuelve a sus raíces y ambienta la historia en el medio rural canadiense, concretamente en Limberlost, un municipio ficticio a la orilla de uno de los Grandes Lagos. Yo apostaría a que se trata del Ontario, y que la región es ese condado de Essex donde el autor pasó sus años de infancia. La protagonista, Theresa St. Pierre, regresa a su Limberlost natal tras pasar años en la ciudad; y no lo hace por gusto, sino para cuidar a su madre, sola y enferma de cáncer. Se trata, por tanto, de un reencuentro forzoso con sus raíces: un incómodo retorno a Ítaca con sabor a fracaso y melancolía. Como parte de sus cuidados, Theresa se verá obligada a atender contra su voluntad el negocio familiar, una humilde tiendecita de astrología. Sin embargo, esta demostrará ser, incluso para la amargada y descreída Theresa, mucho más que un negocio que se aprovecha de la credulidad de sus clientes; el gabinete astrológico de mamá St. Pierre se revelará como un nodo de vínculos emocionales que conectan a los distintos vecinos de Limberlost, a los vivos y a los muertos. El sistema simbólico en que se codifican sus relaciones, sus dramas y sus deseos no es otro que el tarot.
Lo atractivo del tarot es que se trata de un microcosmos: un sistema cerrado y autocontenido. Un pueblo también lo es. Jeff Lemire ha sabido identificar esta correspondencia (quod superius sicut inferius, que decían los grimorios), proyectando el conjunto de los arcanos del tarot, con toda su carga simbólica, sobre el grupo de personajes que componen la comunidad de Limberlost. Theresa, errabunda y conflictiva, es El Loco; su madre, La Suma Sacerdotisa. La joven que escancia agua en el naipe de La Estrella es la camarera del diner de Limberlost, jarra de café en ristre; El Carro es el pick-up del difunto abuelo; La Torre, el hotel de mala muerte donde se consuman los adulterios. También Alejandro Jodorowsky, entusiasta del tarot a la par que guionista de cómic, acostumbra a servirse de los arcanos para desarrollar el argumento y los personajes de sus historias; el uso de esta técnica es especialmente evidente en su Incal. Tanto la obra maestra de Jodorowsky y Moebius como este Arcanos menores de Jeff Lemire están protagonizados por un personaje que encarna la carta sin número, la de El Loco: John Difool (literalmente “The Fool”) y Theresa St. Pierre, respectivamente. En palabras del propio Jodorowsky en su libro La vía del tarot, El Loco “representa la energía original sin límites, la libertad total, la locura, el desorden, el caos, o el impulso creador fundamental […]. La frase clave de El Loco podría ser: ‘Todos los caminos son mi camino’.” Cuando ponemos un arquetipo tan preñado de potencialidades en manos de un buen guionista, nada puede salir mal.
A través de la lectura del tarot, Arcanos menores explora lo onírico; a través de lo onírico, lo sobrenatural. Desde el pueblo donde transcurre la acción se puede acceder a una dimensión paralela, de carácter psíquico; pero no se trata de un portal hacia un mundo exterior, ajeno y desconocido (como ocurre, por ejemplo, en la serie Stranger Things o en It de Stephen King), sino hacia un mundo interior compartido por la comunidad: el paisaje emocional colectivo de los habitantes de Limberlost. Este inteligente viraje hacia lo íntimo en una trama que coquetea con lo sobrenatural y con el realismo mágico define el mood predominante en el cómic: una atmósfera crepuscular, vibrante de misterios, en la que se retrata la vida en un pequeño pueblo canadiense. Algo así como un Twin Peaks sin asesinatos… de momento. Porque esta es solamente la primera entrega de una serie que, desde luego, promete. Y en el choque de los arcanos cualquier cosa puede pasar.
