La escritora Laura Sebastiá (Castellón, 1978) nos revela algunas claves de su nueva novela “Los hijos del vacío”, un thriller que cuenta la historia de unos adolescentes atrapados en el mundo del narcotráfico. La vida de un treintañero se detiene ante los recuerdos de aquello que ocurrió en su etapa juvenil. Pero esta historia es mucho más, estamos ante un libro que emociona e impacta a partes iguales. Sebastiá nos cuenta detalles de su proceso creativo y del por qué de la idea. Mucho de lo que dice se resume en esta frase impactante: “Y al otro lado de aquel vacío encontré algo que no sabía que estaba buscando: mi voz”.
Durante mucho tiempo estuve intentando descubrir quién era. O, mejor dicho, quién quería ser. Y en algún momento tuve que preguntarme cuándo me había perdido.
Pasé muchos años intentando hacer las cosas bien: ser una buena hija, buena madre, buena pareja. Escuchar, ayudar, estar para los demás. Y mientras estaba tan pendiente de hacerlo bien para los demás, dejé de hacerlo bien para mí. Ahí empezó buena parte de mi vacío. Esa necesidad de agradar venía de muy atrás, de heridas de abandono y humillación que durante años ni siquiera sabía nombrar. Ahí descubrí algo que me cambió la manera de entender la bondad: “ser buena no siempre significa hacer el bien”. Hay una bondad que te hace daño cuando, por cuidar a los demás, dejas de cuidarte a ti. Cuando dices sí queriendo decir no, y cada vez te escuchas menos. Yo había caminado demasiado tiempo ese camino.

Hasta que llegó un huracán emocional que me dejó noqueada
Y después del huracán solo había una forma de salir: hacia adelante, hacia arriba, levantándome, aunque escociera. Ahí empezó mi sanación, cuando empecé a escucharme de verdad y a descubrir qué quería ser cuando dejaba de intentar ser lo que los demás necesitaban de mí. Y al final de aquel túnel había una Laura escribiendo. Primero sin creer en ella. Después escribiendo sin enjuiciarse, sólo atendiendo eso que le hacía sentirse inmensamente feliz.
Supongo que, por eso, cuando por fin empecé a mirar hacia fuera después de tanto tiempo mirando hacia dentro, el vacío se convirtió casi sin querer en uno de los temas que más me inquietaban. Yo venía de conocer el mío, y empecé a preguntarme cuánto dolor puede esconder una persona antes de buscar cualquier cosa que le permita dejar de sentirlo. Así empezó Los hijos del vacío. No nació como una novela sobre drogas. Nació mucho antes, de una forma muy sencilla: mientras yo trabajaba en mi peluquería.
Entre un tinte y un corte
Al principio ni siquiera sabía que todo aquello acabaría convirtiéndose en una novela. La gente piensa que las historias llegan cuando una escritora se sienta delante de un ordenador. La mía llegó muchas veces con las tijeras en la mano, porque soy estilista desde hace muchísimos años y esa silla, resulta, es uno de los confesionarios más honestos que existen. Entre un color y un corte, entre una conversación cualquiera y otra que acababa siendo mucho más profunda, la gente empezó a contarme sus cosas. Yo escuchaba, a veces preguntaba, y ellos contestaban.
A partir de mi primer libro Mi pacto abrí un Instagram acogedor y desde allí mucha gente que necesitaba desahogarse o simplemente encontrar a alguien que la escuchara sin juzgarla me contactó. Me di cuenta de que muchas veces escuchar ya era una forma de ayudar. Quedé con algunas en persona, y hay algo que no he olvidado: ninguna era capaz de mirarme a la cara mientras hablaba de su historia. Miraban hacia un punto indeterminado, como si allí estuviera la persona que había vivido aquello. Tragaban saliva, se quedaban en silencio, volvían a empezar. Hay historias que duelen contar en voz alta e incluso dan vergüenza recordar.
“Retumba en mí la seguridad con la que algunos chavales me decían ‘yo controlo’, ‘a mí no me va a pasar’. Alguno llegó incluso a intentar convencerme de que fumar porros era bueno para la salud, y ahí tuve que morderme la lengua”
Algunas de ellas han vuelto a recaer, otras no; algunas siguen intentando convencerse de que controlan, otras están empezando a salir y otras empiezan a meterse. Y, sinceramente, fueron esas últimas las que más me hicieron pensar.
Retumba en mí la seguridad con la que algunos chavales me decían "yo controlo", "a mí no me va a pasar". Alguno llegó incluso a intentar convencerme de que fumar porros era bueno para la salud — y ahí tuve que morderme la lengua—. En realidad no intentaban convencerme a mí: intentaban convencerse a ellos mismos, y probablemente también a sus madres. Cuando necesitas creer que tienes el control, cualquier argumento sirve para mantener esa mentira en pie.
Después descubrí otra pieza de esa realidad: el dinero. Cuando alguien lo necesita para seguir consumiendo, muchas veces termina vendiendo. Yo me preguntaba cómo podía ser tan fácil encontrar droga, incluso en el patio de un instituto, y la respuesta, tras escuchar tantas historias, dejó de parecerme tan extraña: en mayor o menor medida, estaba ahí. Y si estaba ahí, había que hablar de ello — no desde el miedo ni el juicio, sino contando las historias de detrás. Quizá un padre perdido que llegue a esta novela empiece a mirar a su hijo de otra manera, y entienda que no todo es "cosas de la edad".
Seis personajes, un mosaico
Yo quería dar voz a todo eso, pero con mucho cariño. Mientras investigaba y escuchaba, fui entendiendo que nadie es solamente aquello que ha hecho: detrás hay una historia, un miedo, una herida. De ahí fueron tomando forma los seis personajes de Los hijos del vacío, un mosaico de muchas historias y emociones. Todos tienen algo de mí — algunos, más de lo que me gustaría reconocer. Gonzalo, especialmente: tiene mucho de la niña y de la adolescente que fui, y por eso escribirlo fue distinto, más incómodo, más íntimo. Escribirlo fue también una forma de honrar esa parte de mí.

Mi forma de escribir empieza en folios, tachones y letra ilegible
Mi manera de escribir tampoco es demasiado ordenada. Primero necesito hablar: las novelas las dicto y voy construyendo las escenas en voz alta, como una loca hablando sola por mi casa. Después vienen los folios, muchos folios, escritos a mano — bolígrafos de colores, flechas, tachones y una letra que, cuando voy deprisa, ni yo misma entiendo después. Y después viene lo duro: corregir, y corregir otra vez, y descubrir que aquella frase que me parecía maravillosa a las once de la noche al día siguiente no había por dónde cogerla. Pero conservo esos papeles, porque ahí nació todo: las dudas, los personajes, los destinos de cada uno, antes de que existiera la novela que hoy tiene un lector entre las manos.
Y hay algo que todavía me hace sonreír: a veces un lector me manda una foto de una frase subrayada y me dice que le ha llegado al corazón. Yo la miro y pienso: "¿eso lo he escrito yo?". Cuando escribes desde un lugar tan profundo, hay momentos en que parece que las palabras ya estaban ahí antes de que tú llegaras.
Una novela sobre personas
Cuando terminé Los hijos del vacío entendí que no había escrito una novela sobre adicciones, sino sobre personas. Sobre la necesidad de pertenecer, de sentirse querido, de sentirse visto. Sobre descubrir quién eres cuando llevas demasiado tiempo intentando ser quien los demás necesitan que seas.
Quizá por eso el vacío me resulta tan cercano. Todos lo sentimos alguna vez. El problema no es sentirlo, sino hacer de él nuestro hogar. Yo tuve que aprender a salir del mío: hacia adelante, hacia arriba, levantándome, aunque escociera.
Esta historia nació de muchas conversaciones, de muchos silencios, de personas que no podían mirarme a los ojos, de adolescentes que decían "yo controlo". Y también de una mujer que durante mucho tiempo escuchó demasiado a los demás y se olvidó de escucharse a sí misma. Esa mujer era yo. Y al otro lado de aquel vacío encontré algo que no sabía que estaba buscando: mi voz.
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