Creo que fue Sócrates quien ofreció contra su condena (pervertir a jóvenes y traer nuevos dioses) ser mantenido por la ciudad en el Pritaneo, lugar de holgorio público, en pago por su honradez de toda una vida. Algo así deberíamos hacer con nuestro amado José María Conget, que acaba de publicar su Adiós (Pre-Textos, 2025) amenazando con que no escribe más novelas.
Conget es un estilo en sí mismo. Y por mucho que se pueda debatir sobre esto, la Literatura no es tal sin la forma, o sea: optar por una narrativa reduccionista, como dice aquélla, y simplificar hasta el esqueleto la prosa, lo contado, no es necesariamente lo contrario de lo formal sino otro tipo de manierismo. Conget, defensor de la ficción antes que de la soberbia teórica, ha conseguido una escritura propia que, para mí, es inimitable y sin embargo ejemplar. Creo haber reseñado casi todos sus últimos libros (merezco ya una poltrona entre los congetianos), sumergirse en su prosa es como entrar en una corriente en movimiento donde la ola, la corriente, el tronco flotante, el bajo de arena, el meandro, la isla o el delta van surgiendo y uno nada y flota como puede y con placer sobre un movimiento constante, un poco a lo Heráclito y su río o Aristóteles y su móvil perpetuo (dedico estas alharacas culturetas al propio Conget, le van a encantar).
Adiós es un libro crudo. Conget narra con un naturalismo descarnado exento de moral, transita del lirismo al realismo y retrata la comedia humana con veracidad y crítica. Las escenas de amor o de sexo (empleo voluntariosamente la disyunción inclusiva) carecen de cualquier romanticismo idealizador, hablan más de traumas, problemas, frustraciones, desconocimientos e impericias de los personajes, constituyendo un catálogo de realidad, que de fábulas imaginativas idealizantes. Por mucho que sea ficción, no podemos evitar la reflexión al leer, esa catársis para la que el Arte existe según el Estagirita, citado arriba; y por mucho que Conget propale, sus novelas no son meros artificios bien construidos, sino que fondo y forma constituyen toda una reflexión sobre lo humano y nada de eso le es ajeno.
Conget es, pues, un literato, no un mero escritor sin más... Su palabra trasciende el momento, es actual, esto es, un clásico, que dijo aquél. Sólo añado, por si alguien se pregunta qué defiendo, que a mí mucha Literatura actual no me interesa casi nada porque no habla de las cosas que me conmueven: sexo, política, amor, violencia, contradicciones, miserias y virtudes, sino que me cuentan sus autoproclamadas virtudes, sus miserias y alardes, son incoherentes, asumen el mal sin análisis, hablan de un amor que es una estupidez autocomplaciente, son ultrarreaccionarias sin saberlo y el sexo es porno “light”... no me interesan estas perversiones íntimas.
Conget desnuda al ser humano, lo muestra en su naturaleza incontenible e insaciable, irracional, y eso es materia para pensar. La disolución del diálogo en el párrafo narrativo, característica de la casa, genera una suerte de narrador omnisciente sin rebajar personalidad los roles de los diferentes actores de la trama; añadan una habilidad musical a su escritura, eso que llaman ritmo, y tenemos libros que sin ser atrabiliarios (qué difícil nos lo ponen algunas vanguardias larvadas) no inciden en la escritura muerta dependiente de misterios y trucos de trama de la novela muerta actual. Tiene la fórmula de la gallina y el huevo, inextricables su forma y su fondo.
Lo narrado es creíble y se mantiene la tensión a pesar de los saltos en el tiempo, los personajes también lo son y se interrelacionan entre ellos con una naturalidad que asusta, porque puede parecer la crónica de una historia real... ni lo sabemos ni lo que queremos saber, porque está bien contado. Si verdaderamente ésta es su última novela, cosa que me permito dudar pues conozco su debilidad por la palabra escrita, no ya el Pritaneo sino el Ministerio de Cultura debería ir a exigirle otra, por el bien de este país. Estupendo Conget.
