Para comprender la importancia del 2 de mayo de 1808 es necesaria una perspectiva que trasciende la mera efeméride heroica para adentrarse en las profundidades de una crisis estructural que cambió el rumbo de la historia europea. Lo ocurrido en Madrid no fue un evento aislado, sino la violenta culminación de un proceso de descomposición de la monarquía borbónica y la audaz apuesta de Napoleón Bonaparte por integrar la Península Ibérica en su sistema imperial. Para comprender este hito, es necesario desgranar la compleja cronología de los hechos y las tensiones sociopolíticas que convirtieron a un pueblo, teóricamente aliado de Francia, en su resistencia más feroz y letal.
Ocupación Encubierta
La génesis del levantamiento se encuentra en la firma del Tratado de Fontainebleau en octubre de 1807. Este acuerdo, nacido de la ambición de Manuel Godoy y la astucia de Napoleón, permitía el paso de las tropas francesas por suelo español con el objetivo de invadir Portugal, aliado de Gran Bretaña. Sin embargo, el Emperador francés pronto reveló sus verdaderas intenciones: aprovechar la inestabilidad de la corona española para ocupar puntos estratégicos del país. Mientras los destacamentos franceses entraban en ciudades como Burgos, Salamanca y Barcelona, la población española observaba con una mezcla de desconcierto y hostilidad cómo sus "invitados" se comportaban como conquistadores.
La crisis interna de la familia real, cristalizada en el Motín de Aranjuez de marzo de 1808, supuso el golpe de gracia para el prestigio de la institución monárquica. La caída de Godoy y la abdicación forzada de Carlos IV en favor de su hijo Fernando VII crearon un vacío de poder que Napoleón supo explotar con maestría. Al atraer a ambos monarcas a Bayona para actuar como supuesto mediador, el francés dejó a Madrid bajo el mando del general Joachim Murat, un hombre cuya arrogancia y desprecio por el pueblo español actuarían como el catalizador definitivo de la revuelta.
Estallido en Palacio
La cronología exacta del levantamiento comienza en las primeras horas de la mañana del lunes 2 de mayo de 1808. La atmósfera en Madrid era eléctrica. La presencia de miles de soldados imperiales patrullando las calles y las noticias sobre el cautiverio de los reyes en Francia habían llevado la tensión al límite. El detonante final fue la salida de los últimos miembros de la familia real del Palacio de Oriente. Cuando los madrileños presenciaron cómo se preparaban los carruajes para llevarse al infante Francisco de Paula, el sentimiento de humillación nacional se transformó en acción directa.
Al grito de "¡Traición!" y "¡Que nos lo llevan!", una multitud comenzó a rodear el palacio, enfrentándose a las patrullas francesas con lo poco que tenían a mano. Murat, fiel a su estilo expeditivo, ordenó traer una pieza de artillería que disparó contra la muchedumbre. La metralla segó las primeras vidas del día, pero en lugar de dispersar a la gente, el sonido de los cañonazos funcionó como un toque de rebato que movilizó a toda la ciudad. Los madrileños, desde los barrios populares de Maravillas y Lavapiés hasta las zonas más céntricas, se lanzaron a una lucha desigual contra el ejército más poderoso del mundo.
Navajas contra Bayonetas
Lo que siguió fue una exhibición de heroísmo popular desorganizado pero inquebrantable. La lucha callejera del 2 de mayo se caracterizó por la participación de hombres y mujeres de todas las clases sociales que utilizaron navajas, macetas lanzadas desde los balcones, piedras y armas de caza contra la caballería de élite francesa. En la Puerta del Sol y la calle de Alcalá, los mamelucos de la Guardia Imperial y los lanceros polacos cargaron contra los civiles, protagonizando escenas de una violencia extrema que quedarían inmortalizadas por la mano de Francisco de Goya.
Mientras el pueblo derramaba su sangre, la aristocracia y el alto mando militar español permanecían, en su gran mayoría, paralizados. Las órdenes de la Junta de Gobierno eran claras: evitar cualquier enfrentamiento con las tropas imperiales. Esta pasividad institucional no solo dejó desamparados a los ciudadanos, sino que subrayó la desconexión total entre las élites gobernantes y el sentir de la nación. Sin embargo, en medio de este silencio oficial, un pequeño núcleo de militares decidió que el honor pesaba más que la disciplina.
Daoíz y Velarde
El episodio más significativo del levantamiento tuvo lugar en el Parque de Artillería de Monteleón. Los capitanes de artillería Luis Daoíz y Pedro Velarde, conscientes de la masacre que se estaba perpetrando en las calles, decidieron desobedecer las órdenes de neutralidad. Con el apoyo del teniente Ruiz y de civiles valientes como Manuela Malasaña y Clara del Rey, organizaron la defensa del recinto.
Daoíz y Velarde repartieron armas a la población civil y situaron cañones en la entrada del parque para frenar el avance de las columnas francesas encabezadas por el general Lefranc. Durante horas, Monteleón fue el corazón de la resistencia española, un bastión donde el ejército y el pueblo lucharon codo con codo. La caída del parque, tras un asalto sangriento que acabó con la vida de sus defensores, simbolizó el nacimiento de un nuevo concepto de resistencia: la nación en armas. Daoíz y Velarde se convirtieron en mártires instantáneos, elevando el 2 de mayo de una revuelta callejera a una guerra de liberación.
Los fusilamientos del 3 de Mayo
Hacia el final de la tarde del 2 de mayo, la superioridad numérica y técnica de los franceses logró sofocar los focos de resistencia activa en el centro de Madrid. Murat, decidido a dar una lección ejemplar que evitara futuros levantamientos, firmó un decreto de muerte inmediata para cualquier español que hubiera sido capturado con armas o participado en los disturbios. La definición de "arma" fue tan laxa que incluso costureras con tijeras fueron detenidas.
La noche del 2 al 3 de mayo de 1808 es una de las más oscuras de la historia madrileña. Las ejecuciones sumarias se sucedieron en diversos puntos de la periferia: el Prado, la montaña del Príncipe Pío y las tapias del Retiro. Los fusilamientos del 3 de mayo no fueron combates, sino asesinatos sistemáticos diseñados para instaurar el terror. Sin embargo, el análisis histórico demuestra que Murat cometió un error de cálculo geopolítico fundamental. En lugar de someter a la nación, la sangre de los fusilados actuó como el lubricante de una insurgencia generalizada que pronto se extendió por toda la península.
De Móstoles a la guerrilla
La noticia de la masacre de Madrid corrió como la pólvora gracias a los correos postales y los relatos de quienes lograron huir de la capital. El mismo 2 de mayo por la tarde, el secretario del Almirantazgo, Juan Pérez Villamil, redactó el famoso bando que firmarían los alcaldes de Móstoles, Andrés Torrejón y Simón Hernández. Este documento, que llamaba a los españoles a acudir en socorro de la capital y declarar la guerra a Napoleón, fue el acta de nacimiento de la Guerra de la Independencia.
El levantamiento del 2 de mayo cambió la naturaleza de las guerras napoleónicas. Por primera vez, el Emperador no se enfrentaba a una monarquía o a un ejército regular que aceptaría la derrota tras una batalla campal, sino a una población civil que practicaba una guerra de desgaste constante. Aquí nace el término guerrilla, una forma de lucha que desgarró la logística francesa y obligó a Napoleón a mantener en España a cientos de miles de soldados que le habrían sido vitales en las campañas de Rusia y Centroeuropa.
El 2 de mayo de 1808 debe ser visto como el primer gran acto de soberanía popular en la España contemporánea. Ante la ausencia y claudicación de la corona y las instituciones del Antiguo Régimen, fue el pueblo llano quien asumió la defensa del territorio y la identidad nacional. Este evento no solo inició una guerra sangrienta que duraría hasta 1814, sino que también sembró las semillas de la modernidad política, desembocando en la convocatoria de las Cortes de Cádiz y la redacción de la primera Constitución española en 1812.
El sacrificio de Madrid demostró al mundo que la voluntad de una nación es superior a la potencia de los cañones. A pesar de la brutal represión de Murat y del posterior exilio de los reyes, el 2 de mayo quedó grabado en la memoria colectiva como el día en que los ciudadanos españoles decidieron que su futuro no sería dictado por un emperador extranjero, sino por su propio valor y determinación. La fecha permanece hoy como el recordatorio de que, en los momentos más oscuros de la historia, la verdadera fuerza de un país reside en la dignidad y el coraje de su gente.