La idea original de Necrón surgió de las corruptas mientes de Renzo Barbieri, factótum de la editorial milanesa Edifumetto y máximo responsable intelectual (por decir algo) de aquella oleada de cómics erótico-macabros que se distribuían, cual gangrena descontrolada, por toda Italia y parte del extranjero. El argumento desarrolla una escabrosa variación sobre el mito de Frankenstein; la mente científica responsable de la criatura de turno es la cruel Frieda Boher: bióloga de renombre, genio del mal y necrófila recalcitrante. Para satisfacer tanto sus necesidades sexuales como su curiosidad científica, la doctora Boher lleva a cabo un experimento cuyo objetivo es dar vida a un ser fabricado con trozos de cadáveres: voilà Necrón, el monstruo, de quien se servirá como fiel esbirro y esclavo sexual. A partir de tan delirantes premisas, Barbieri encargó los guiones de la serie a su amiga Mirka Martini, periodista y escritora de novela rosa, pidiéndole que sondara sin escrúpulos las profundidades de su magín para extraer de ellas las aberraciones más inenarrables. La señorita Martini aceptó el desafío, aunque para no perder sus empleos respetables tomó la precaución de firmar sus guiones como Ilaria Volpe (“zorra” en italiano; ¿no os acordáis de Volpina, la ninfómana de Amarcord?). Todo esto viene a confirmar mi teoría de que la literatura libertina más burra del siglo XX ha sido escrita por mujeres. Así, los guiones que llegaron a manos del pobre Raviola, que necesitaba desesperadamente meterse en algún proyecto para pagar las facturas, consistían en una apabullante sucesión de salvajadas: asesinatos, torturas, mutilaciones… y sobre todo sexo, mucho sexo. Sexo entre vivos, muertos, animales, máquinas y monstruos de todo pelaje.¿Qué hizo el atribulado dibujante con semejante materia prima? En la mejor tradición italiana, la del divino Aretino, reinterpretó la trama del Necrón de Volpe/Barbieri en clave de farsa. Si en el storyboard había escenas sangrientas, cargó las tintas de la violencia hasta llegar al splatter más extremo. Ante tan despreocupado derroche de vísceras y horror, al igual que nos ocurre con las películas de Robert Rodriguez (pensad en Planet Terror), la sobrecarga de abyección neutraliza nuestro sentido de la repugnancia y no nos queda más remedio que soltar la carcajada. Al fin y al cabo, ¿no es el gore el sucesor más legítimo de la comedia slapstick? ¿No son, en el fondo, las tartas aplastadas en la cara un sucedáneo de caras aplastadas, cabezas reducidas a pulpa?
Para dibujar Necrón, Magnus renunció deliberadamente al realismo (canónico en el cómic de terror desde Tales from the Crypt) y escogió la línea clara, tan cara a la tradición historietística franco-belga. Para el personaje de Frieda, la bióloga necrófila, Raviola se inspiró en las chicas de Gene Bilbrew, el ilustrador afroamericano que trabajó para las publicaciones fetichistas de Irving Klaw. Mirada lasciva, cejas arqueadas (como Lauren Bacall o Zapatero), sonrisa de sádica y escueto modelito de látex y rejilla: Frieda Boher es la caricatura de una dominatrix supervillana. En cuanto a Necrón (la criatura), la referencia de Magnus no es el Frankenstein filosófico de Mary Shelley, sino el Frankenstein tontorrón que interpreta Boris Karloff en el clásico filme de James Whale. Lejos de aterrorizar, el buenazo de Necrón le cae simpático al lector desde el primer momento. Amén de muy bruto y glotón, aficionado a la carne cruda (especialmente la humana), Necrón es un Frankenstein hipersexualizado, dotado de un miembro descomunal (Mel Brooks también bromeó con el tamaño de la herramienta del monstruo en El jovencito Frankenstein). El entrañable monstruo y la perversa doctora, que es el verdadero monstruo, adoptan una relación asimétrica de ama y esclavo con todos los tópicos del sadomasoquismo; y, más allá de los siempre unidireccionales insultos y castigos y de los horrendos crímenes que perpetran juntos, forman una pareja que no dudaríamos en calificar de tierna.Magnus, con su peculiar sentido del humor, decía que Necrón pertenece a un subgénero nuevo: el porno electronecroplástico. Es más: decía que en realidad Necrón no es pornografía, porque es demasiado fuerte. Debía de tener razón, porque la serie, aunque se convirtió en objeto de culto para algunos aficionados al cómic (a España nos llegó por entregas en la revista El Víbora), no tuvo mucho éxito entre los consumidores habituales de porno trash. Y es que Necrón no era lo que esperaban. Es una doble parodia: del porno y del gore. Es una gamberrada salvajemente divertida y sin complejos, años luz más allá de la barrera de lo políticamente correcto. Y aun con ser de trazo grueso hila muy fino.Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita
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