El Cine Lasi, el rincón de Extremadura que vio cantar a los dioses de la copla

Una pequeña localidad cacereña transformó su patio de butacas en la catedral secreta del cante español y refugio de las estrellas más rutilantes de la época

04 de Octubre de 2026
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Antonio Molina Cine Lasi

"Celestino, póngame una copa". Quien pedía ese coñac era, ni más ni menos, que la de Antonio Molina en un descanso de una actuación en el sitio menos pensado. Hay historias que el tiempo amenaza con enterrar bajo el polvo del olvido, pero que habitan en la memoria colectiva con el peso de la leyenda. En la Extremadura profunda de los años sesenta, castigada por el aislamiento, la posguerra persistente y la sangría constante de la emigración, un modesto municipio cacereño logró una proeza insólita. Torrejoncillo, una villa artesana de apenas cinco mil almas rodeada de dehesas y olivares, se convirtió de forma casi milagrosa en el epicentro clandestino de la canción española. Mientras las grandes capitales luchaban por contratar a las máximas figuras del espectáculo, las estrellas más rutilantes del universo folclórico desfilaban cada fin de semana por las tablas del legendario Cine Lasi, convirtiendo a este rincón extremeño en un auténtico templo de la copla.

El milagro no fue fruto de la casualidad, sino del ímpetu visionario de unos vecinos empeñados en traer la luz del arte a un territorio sumido en la penumbra. En una época en que la televisión era un lujo reserve para unos pocos y las carreteras comarcales eran caminos de paciencia, la apertura del Cine Lasi supuso una revolución cultural sin precedentes. No se trataba simplemente de un cine de pueblo donde proyectar películas de sesión continua; el local fue concebido como un gran coliseo popular, un espacio polivalente capaz de acoger espectáculos de variedades que rivalizaban en ambición y despliegue técnico con los escenarios de la Gran Vía madrileña o el Paralelo barcelonés.

El templo de la copla que desafió a las grandes capitales

Durante aquellos años dorados, el rumor corría como la pólvora por toda la comarca de las Vegas del Alagón. Las entradas para ver a los colosos del cante se agotaban a las pocas horas de salir a la venta en la taquilla del Cine Lasi. Por sus tablas pasaron nombres que hoy forman parte del altar sagrado de la música popular española. Antonio Molina con su garganta prodigiosa e inalcanzable, Juanito Valderrama con la hondura poética de sus fandangos, la desgarradora presencia escénica de Marifé de Triana o el eco aflamencado y único de Rafael Farina hicieron temblar las paredes del teatro frente a un público entregado que abarrotaba hasta el último rincón del anfiteatro.

Las actuaciones históricas en Torrejoncillo no eran meras paradas de paso en las giras de los artistas; para los reyes de la tonadilla, cantar en el Cine Lasi se convirtió en una prueba de fuego y en una cuestión de prestigio. La acústica del recinto, sumada al calor sofocante de un público entusiasmado que conocía cada estrofa de memoria, creaba una atmósfera casi mística. Los vecinos recuerdan cómo Antonio Molina encadenaba sus agudos imposibles desafiando las leyes de la física mientras el gallinero contenido contenía la respiración, o cómo Marifé de Triana convertía cada copla dramática en un juicio sumario al corazón humano, arrancando lágrimas sinceras a hombres y mujeres de manos curtidas por el trabajo en el campo.

Para entender el fenómeno socioeconómico del Cine Lasi hay que contemplarlo a través del prisma del análisis político y cultural de la España franquista. La copla no era solo un entretenimiento popular de masas; funcionaba como la válvula de escape emocional de una sociedad asfixiada por la rigidez moral y las penurias cotidianas. En las letras sobre amores prohibidos, ausencias dolorosas, desengaños y tierras lejanas, el pueblo llano encontraba la voz de sus propias tragedias personales. Que un municipio de cinco mil habitantes lograra reunir a las grandes figuras de la canción española semana tras semana representaba una victoria de la cultura popular frente al abandono institucional de la periferia rural.

La llegada de las comitivas folclóricas paralizaba por completo la vida cotidiana de Torrejoncillo. Los coches de línea y los vehículos de las compañías artísticas, engalanados con carteles publicitarios impresos en tipografías deslumbrantes, irrumpían en la plaza transformando la rutina agrícola en una fiesta colectiva. Los camerinos improvisados del Cine Lasi se convertían en hervideros de nervios, batas de cola, lunares, abanicos y aroma a clavel. Los artistas compartían chascarrillos y vasos de vino local con las fuerzas vivas del pueblo y con los propios empresarios, creando un vínculo de cercanía y cariño que provocaría que muchos de estos cantantes regresaran una y otra vez a la localidad a lo largo de sus carreras.

El impacto transformador del Cine Lasi en la memoria colectiva

El fenómeno trascendió con creces los límites del entretenimiento para convertirse en un motor de identidad y orgullo comunitario. En un tiempo donde el destino marcado para la juventud rural parecía ser la emigración hacia los cinturones industriales de Madrid, Barcelona o Europa, poseer un teatro capaz de atraer a las mayores estrellas del país inyectaba un sentimiento de dignidad colectiva difícil de calcular. La importancia cultural del Cine Lasi en Extremadura sirvió para articular un circuito artístico propio en la provincia de Cáceres, demostrando que la alta cultura popular no era patrimonio exclusivo de los grandes núcleos urbanos y que la pasión de un pueblo podía mover montañas presupuestarias.

Con el paso de los decenios, la irrupción de los nuevos hábitos de consumo, la consolidación de la televisión en cada hogar y el declive progresivo de las grandes giras de variedades terminaron por apagar las luces del escenario que un día iluminó la posguerra extremeña. El esplendor del Cine Lasi fue cediendo espacio a la nostalgia, pero las huellas de aquella época dorada quedaron grabadas a fuego en el mapa sentimental de la comarca.

Hoy, al recorrer las calles de Torrejoncillo, el eco lejanísimo de un fandango de Valderrama o el desgarrado lamento de una zambra parecen flotar aún en el aire al atardecer. La epopeya del Cine Lasi permanece en el recuerdo de una generación que vio cómo su pueblo, entre telas de pana y aroma a jazmín, se convirtió durante un puñado de años inolvidables en la capital insuperable de la copla española.

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