Acumulando energía orgónicaLos detractores de los sintetizadores alegan que los instrumentos electrónicos no pueden emocionarnos igual que un instrumento acústico, en el que el elemento humano (pulso, pulsación, respiración) toma parte en la génesis del sonido. Sin embargo, estos puristas tecnófobos no podrían presentar ninguna objeción ante el peculiar sintetizador que aparece en la escena cumbre de Rock and Rule (Clive Smith, 1983), atípica producción canadiense de dibujos animados que podríamos clasificar como una space opera futurista y rocanrolera. Dicho instrumento, como el de Barbarella, es un híbrido entre piano eléctrico y máquina de tortura en cuyo circuito generador del sonido se ha integrado, muy contra su voluntad, un cuerpo humano. Para comprender en contexto la función y funcionamiento de este cacharro no está de más echar una ojeada al argumento de la película.La acción de Rock and Rule transcurre en un mundo posapocalíptico. El villano de turno es el malvado Mok Swagger (nada menos que Iggy Pop y Lou Reed le prestaron sus voces), una estrella intergaláctica del rock and roll que, ya avejentada, siente acercarse el ocaso de su carrera; Mok es una caricatura bastante malintencionada de Mick Jagger, que se sintió ofendido y denunció al equipo de Rock and Rule (obsérvese, a todo esto, que en 1982 ya se consideraba a Mick Jagger una vieja gloria). Las ambiciones de Mok no se limitan a relanzar su carrera y perpetuar su fama, sino que lo pretende hacer invocando mediante su música a un monstruo de otra dimensión al que utilizará para dominar el universo. Pero hay un contratiempo: para entonar el conjuro que abre la puerta dimensional, un ceremonial satánico en toda regla, hace falta una voz femenina con un timbre muy específico. Mok busca y rebusca, y finalmente encuentra a su vocalista en un concurso de bandas locales: se trata de la bella Angel (su voz es Debbie Harry). Por supuesto, Angel se niega a colaborar con Mok en sus planes de dominación mundial; pero el siniestro divo no necesita la aquiescencia de la cantante: como si de una versión lisérgica del martirio de Santa Eulalia se tratase, Angel es encadenada y conectada, a guisa de crucifixión, a un ciclópeo órgano electrónico, mediante el cual Mok puede controlar su voz a voluntad usando el interfaz de un teclado de piano. Este artilugio sería el sueño de muchos productores musicales, cansados de lidiar con los caprichos de las cantantes.
Angel acechada por el monstruo: fotograma de Rock and Rule (1983)En tanto fantasía de bondage sadomusical, hay una carga erótica innegable en la imagen de Angel amarrada al sintetizador: una Andrómeda posmoderna esperando la llegada del monstruo que viene a devorarla, no desde los abismos del mar, como en el mito clásico, sino desde otra dimensión. No hace falta rascar mucho para encontrar aquí un subtexto rico en matices: ese monstruo, proteico y lovecraftiano, al que Angel invoca con su canción es, en cierto modo, una materialización de nuestra perversa relación con la tecnología que nos rodea, abraza y esclaviza; un medio tecnológico al que, hoy más que nunca, estamos permanentemente enchufados, como si de un pulmón de acero se tratara, y con el que tenemos, en gran medida, una relación libidinal. Quizá los delirios fantacientíficos de Rock and Rule pretendieran dar la voz de alarma: algún día ya no tocaremos instrumentos, sino que los instrumentos nos tocarán a nosotros. Estáis avisados.Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita
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