Miley Cyrus desencadenada. Fotograma del vídeo de la canción We Can't Stop (2013).El twerk, sin embargo, devino fenómeno viral por culpa de Miley Cyrus. Desesperada por deshacerse del sambenito de niña Disney que lastraba su carrera musical, esta rapazuela de Nashville (ahijada de Dolly Parton, no os digo más) quiso dar la campanada con el lanzamiento de su disco Bangerz (2013), y lo hizo con un cambio drástico de su imagen y de su actitud: luciendo tatus, fumando hierba y ofreciendo un despliegue de obscenidad sin precedentes. “I can finally be the bad bitch I really am”, declaraba frente a las cámaras. En el videoclip de su single Wrecking Ball veíamos cómo una recién metamorfoseada Miley Cyrus, armada de maza de obra, hacía añicos la crisálida de Hannah Montana. En un delirio de narcisismo, con Bangerz la postadolescente rezumante de Chanel aspiraba a convertirse en el icono sexual supremo de la generación youtube: la Madonna del siglo XXI. Sin embargo, sus intentos generaron en el público más vergüenza ajena que testosterona.Como parte de su plan maestro, la dulce Miley buscó la forma de levantar polvareda mediática explotando reclamos sexuales atípicos y novedosos; era difícil, empero, encontrar recursos poco trillados en el mercado: a la sazón las sexualidades no normativas, fuente inagotable de morbo y ventas, estaban ya copadas en el escaparate global por la talentosa barbadense Rihanna y sus apologías del rollo bollo y del BDSM (I like it like it, c’mon, que decía el estribillo). La bombilla se le encendió a nuestra refugiada de la factoría Disney durante una estancia en Nueva Orleans; allí descubrió de primera mano el twerk y decidió apropiárselo para sus propios fines megalomaníacos. En videoclips, conciertos y todo tipo de apariciones públicas, la cantante se empleó a fondo en usar y abusar de sus dudosas habilidades de twerking (no seré yo quien niegue que Cyrus tiene una voz estupenda y unas dotes de entertainer fuera de lo común, pero la pobre es un saco de huesos y para hacer twerk en condiciones hay que mover carne en abundancia). De esta manera, y como lleva más de un siglo sucediendo en los USA, las comunidades afroamericanas desarrollan formas viscerales y auténticas de cultura popular para que luego algún blanco avispado de la industria musical se las descubra al gran público, llevándose toda la fama y dinero a mantas.Hoy el twerk es cultura de masas. A través de la MTV, oráculo de las tendencias urbanas, el otrora baile endémico de los guetos de Nueva Orleans ha colonizado la libido global a golpes de nalga. Pero, rascando un poco más, ¿de dónde viene realmente el twerk? Como ocurre con tantos otros ritmos, pasos y melismas de la música negra estadounidense, sus verdaderas raíces están en África. En una impactante secuencia del documental Rize (2005), David LaChapelle ilustraba el asombroso parentesco entre ciertas danzas ancestrales del África subsahariana y nuevas formas de baile urbano (clowning y krumping) surgidas en los noventa entre los afroamericanos de la inner city de Los Angeles. Exactamente lo mismo ocurre con el twerk, primo lejano de una amplia familia de danzas africanas cuya tradición aún sigue viva, pese a que el celo de los ulemas las mantiene en muchos países en la semiclandestinidad. El mapouka de Costa de Marfil, el leumbeul de Senegal, el baikoko de Tanzania, el niiko de los bantúes de Somalia: son bailes por y para el culo, canalizadores de una energía primigenia que apela sin ambages a nuestro apetito sexual. Nos recuerdan que toda danza proviene, en el fondo, de los ritos de cortejo. Y he aquí que algo tan santo y tan bello ha sido banalizado en los tiempos que corren, convertido en vacuo trending topic y destinado a vídeos de petardas solipsistas (véase más arriba) y a anuncios de ropa. ¡Claro que sí, guapi!Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita
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