Vox engorda gracias a la guerra híbrida de Marruecos contra España

La extrema derecha se está beneficiando del ataque híbrido de Marruecos contra Ceuta, dado que el uso de la presión migratoria como arma hace que el relato de la gran invasión cale en una ciudadanía indignada

31 de Agosto de 2026
Actualizado a las 12:09h
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Desde el año 1975, con la Marcha Verde, el Reino de Marruecos ha perfeccionado una estrategia de guerra híbrida destinada a alterar el statu quo con España, combinando la asfixia económica sobre los enclaves españoles en el norte de África, la apertura arbitraria del grifo migratorio y las pretensiones unidireccionales sobre las aguas territoriales canarias.

Sin embargo, en Madrid, esta presión exterior ha tenido un efecto secundario imprevisible para sus ideólogos en el Palacio Real de Rabat. Lejos de acobardar el debate público o forzar un consenso patriótico monolítico, la asimetría del pulso hispano-marroquí ha terminado operando como el más eficiente catalizador electoral para Vox. Cada episodio de tensión en el espigón de Tarajal o cada despliegue de la diplomacia del chantaje migratorio ha inyectado una dosis de legitimación narrativa a la formación liderada por Santiago Abascal, transformando un desafío defensivo en su principal autopista de crecimiento ideológico.

La Doctrina de la Frontera Gris aplicada por el Palacio Real marroquí parte de una premisa analítica incuestionable: la superioridad militar convencional de la OTAN y de España es irrelevante si el conflicto se mantiene por debajo del umbral de la agresión armada. Mediante el empleo táctico de oleadas migratorias compuestas por miles de ciudadanos empujados hacia Ceuta y Melilla, el régimen alauita ha demostrado su capacidad para paralizar la política interior española y tensionar la arquitectura de acogida de la Unión Europea a voluntad.

Esta utilización de seres humanos como proyectiles geopolíticos no busca la conquista territorial inmediata, sino la degradación progresiva de la soberanía española en el norte de África y la extracción a Pedro Sánchez de concesiones estratégicas en el dossier del Sáhara Occidental. La ruptura unilateral de la aduana comercial de Melilla o el estrangulamiento económico del comercio atípico han respondido a este mismo libreto de desgaste silencioso, concebido para hacer insostenible a largo plazo la vida económica de las plazas de soberanía española.

Para la diplomacia convencional en Madrid, enfrentada a la necesidad de mantener la cooperación antiterrorista y el control de flujos con un vecino incómodo pero indispensable, cada embestida de Rabat plantea un dilema casi irresoluble. Es precisamente en la rendija de esa parálisis institucional donde la narrativa de la derecha radical encuentra su terreno más fértil.

En la teoría política clásica, la percepción de una amenaza exterior inminente tiende a reforzar al poder ejecutivo en curso. En la España contemporánea, la respuesta percibida como tibia o condescendiente de los sucesivos gobiernos centrales ante los desdanes diplomáticos de Marruecos ha provocado el efecto inverso: una desconexión entre la diplomacia de Estado y la sensación de desprotección en amplios sectores de la ciudadanía.

Vox ha sabido codificar el lenguaje de la seguridad fronteriza en términos estrictamente existenciales. Allí donde el análisis oficial habla de diplomacia cooperativa, la formación opone la terminología de la traición y el repliegue. La incursión masiva del 30 de julio en Ceuta marcó un punto de inflexión decisivo en esta dinámica. La retransmisión en directo de miles de jóvenes cruzando los espigones ante la pasividad de las fuerzas de seguridad marroquíes no solo desnudó las costuras del equilibrio bilateral, sino que ofreció a la derecha radical el marco perfecto para su discurso de refundación soberanista.

El partido de Abascal no ha tenido que inventar el descontento; simplemente ha acudido al escenario del conflicto para nombrar aquello que la diplomacia del gobierno prefería matizar bajo eufemismos de buena vecindad. El reclamo de la construcción de muros de alta tecnología, la militarización permanente de las fronteras norteafricanas y la denuncia del lobismo marroquí en Bruselas y Madrid se han convertido en divisas electorales de altísimo rendimiento, transformando cada maniobra de Rabat en un espaldarazo a sus tesis centrales.

La consecuencia más profunda de esta interacción entre la audacia marroquí y el ascenso de Vox radica en la erosión definitiva del histórico consenso en materia de política exterior en España. Tradicionalmente, las relaciones con Marruecos se manejaban bajo un manto de prudencia de Estado, donde la alternancia entre el centroizquierda y el centroderecha apenas alteraba las líneas maestras del entendimiento con la dinastía alauita.

Hoy, la guerra híbrida ha dinamitado ese eje de flotación. Al forzar la alineación del gobierno de España con las tesis de Rabat sobre el Sáhara Occidental en un intento por blindar la paz fronteriza, el Ejecutivo central no solo no cerró la brecha de la inestabilidad, sino que ofreció a la oposición una bandera de soberanía debilitada. Vox ha capitalizado este giro estratégico presentando la política exterior española como un ejercicio de capitulación ante la presión de una potencia extranjera.

La contradicción es absoluta: al intentar exprimir la debilidad de Madrid para consolidar sus objetivos regionales, Mohamed VI ha alimentado a la fuerza política española más abiertamente hostil a cualquier concesión con el magreb. La estrategia de empujar la frontera hasta el límite ha terminado provocando el endurecimiento del discurso de seguridad dentro de las instituciones españolas y en el seno de la propia Unión Europea, donde el debate sobre la protección de las fronteras exteriores ha virado decisivamente hacia las posiciones defensivas que abandona la derecha radical.

A medida que el Reino de Marruecos continúa ampliando su influencia militar con el respaldo de socios estratégicos internacionales como Estados Unidos e Israel y mantiene sus aspiraciones sobre las zonas marítimas atlánticas, la fricción en el Estrecho seguirá siendo una constante en la agenda internacional de la península ibérica. La guerra híbrida no es un episodio pasajero; es una estructura de relación a largo plazo.

El ascenso de Vox actúa como una variable que Rabat no puede ignorar indefinidamente. El uso recurrente del chantaje migratorio como herramienta de presión política ha generado una reacción en cadena en la opinión pública española que dificulta cada vez más la diplomacia de pactos silenciosos. La pinza geopolítica sobre la frontera sur se ha cerrado sobre la política interior española, demostrando que en el siglo XXI los movimientos audaces en la periferia estratégica pueden terminar reescribiendo el mapa del poder en el corazón de las democracias europeas.

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