El votante como hincha

La polarización convierte la discusión pública en una disputa emocional donde el adversario ya no es un rival democrático, sino un enemigo al que se rehúye incluso en la vida privada

07 de Febrero de 2026
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El votante como hincha

La democracia necesita ciudadanos; el espectáculo político prefiere seguidores. En España, como en buena parte de Occidente, el debate ha mutado hacia una lógica de pertenencia que recuerda más a una grada que a un parlamento. No se trata tanto de convencer como de reafirmarse.

El votante contemporáneo ya no siempre se aproxima a la política desde el cálculo racional, sino desde la identidad. La elección electoral se parece cada vez más a una declaración de pertenencia: no tanto “qué me conviene” como “quién soy”. Esa transformación no es una intuición literaria ni un lamento generacional; está documentada por sociólogos y politólogos que llevan años describiendo el desplazamiento desde el voto programático hacia el voto emocional.

En España, ese giro se percibe incluso en la vida cotidiana. Un informe reciente señalaba que un 14% de los ciudadanos ha roto relaciones con amigos o familiares por discusiones políticas, y que las tensiones ideológicas irrumpen hasta en celebraciones navideñas.

No es una anécdota: es el síntoma de una mutación cultural.

La identidad antes que la razón

La llamada polarización afectiva, el rechazo emocional hacia quienes piensan distinto, se está consolidando, especialmente en los extremos ideológicos, donde los votantes tienden a rodearse de personas afines.

Cuando el electorado deja de convivir con la discrepancia, la política deja de ser conversación y se convierte en trinchera. El pluralismo pasa de ser una riqueza a una molestia. No hay nada particularmente nuevo en la pasión política. Lo novedoso es su carácter excluyente. La discrepancia ha dejado de ser una diferencia legítima para convertirse, en demasiadas ocasiones, en una sospecha moral.

La democracia convertida en campeonato

La política democrática presupone adversarios; el fanatismo solo admite enemigos. En los últimos años, además, el lenguaje ha acompañado esta deriva. Analistas han advertido de una polarización asimétrica con mayor agresividad verbal procedente del espacio conservador, donde el insulto se emplea como herramienta de deslegitimación del rival.

No es un detalle retórico. Es estrategia. Cuando el discurso se degrada, el marco mental también lo hace. El votante aprende rápido: si el líder no discute ideas sino identidades, él hará lo mismo.

La política-espectáculo vive de esa lógica. Simplifica la realidad en bandos, convierte cada debate en un plebiscito moral y premia la fidelidad por encima del criterio. El votante-hincha no pide matices; exige coherencia tribal. Y esa coherencia suele medirse en términos negativos: no importa tanto lo que proponga tu partido como lo que impida el otro.

Redes sociales: la grada infinita

Los expertos señalan que las redes sociales y los medios son percibidos como grandes responsables de este clima de confrontación.

No porque inventen el conflicto —la política siempre lo tuvo— sino porque lo amplifican y lo monetizan. El algoritmo no premia la duda ni la complejidad: recompensa el enfado. En ese ecosistema, el ciudadano informado corre el riesgo de convertirse en consumidor de agravios.

Conviene no caer en el fatalismo. Incluso en este contexto, el 68% asegura haber mantenido conversaciones políticas respetuosas, y las redes españolas siguen siendo más heterogéneas que las estadounidenses. Es decir: la democracia resiste, aunque más tensionada. Pero resistir no equivale a estar sana.

El problema no es la pasión. Una democracia sin pasión sería una democracia indiferente. El problema aparece cuando la pasión sustituye al pensamiento. El hincha no evalúa; defiende. No escucha; responde. No duda; reafirma.

Y la política, cuando se instala en esa dinámica, pierde su función más elemental: persuadir para gobernar sociedades diversas.

Quizá el desafío de nuestro tiempo no sea tanto reducir el conflicto, algo imposible, como devolverle reglas compartidas. Recordar que votar no es elegir camiseta, sino decidir un rumbo colectivo.

Porque cuando la democracia se vive como un derby permanente, el riesgo no es solo que gane uno u otro.
El riesgo es que perdamos todos la capacidad de hablar sin gritar.

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