Los grandes acuerdos diplomáticos suelen ser el resultado de años de negociaciones técnicas, equipos numerosos y complejas burocracias estatales. El acuerdo nuclear con Irán negociado durante la presidencia de Barack Obama (el Joint Comprehensive Plan of Action) tuvo 159 páginas y requirió casi dos años de conversaciones entre expertos nucleares, diplomáticos y delegaciones internacionales. La segunda presidencia de Donald Trump ha decidido apostar por un modelo radicalmente distinto. En lugar de un ejército de especialistas, la Casa Blanca ha confiado la gestión de algunos de los conflictos más peligrosos del planeta a un equipo diminuto encabezado por dos hombres de religión judía: el enviado especial Steve Witkoff y Jared Kushner, yerno del presidente y arquitecto diplomático de su primer mandato.
El experimento es tan audaz como polémico. Mientras la guerra con Irán escala y las negociaciones en Ucrania y Gaza siguen estancadas, Trump insiste en que sus emisarios son exactamente los hombres adecuados para la tarea. “Creo que están haciendo un gran trabajo”, afirmó el presidente en una reciente conversación con periodistas. En su visión, la diplomacia moderna se parece más a cerrar un gran proyecto inmobiliario que a las complejas coreografías del Departamento de Estado. No en vano, tanto Witkoff como Kushner son empresarios del sector inmobiliario.
Diplomacia empresarial
La lógica de la Casa Blanca es simple: los conflictos internacionales son negociaciones de alto riesgo, y las negociaciones funcionan mejor con equipos pequeños, flexibles y con acceso directo al líder político. Es la misma lógica que Trump aplicó durante décadas en el sector inmobiliario. En lugar de confiar en grandes estructuras burocráticas, los grandes acuerdos, desde rascacielos hasta complejos turísticos, comenzaban con un pequeño grupo de decisores que definían la arquitectura del trato.
Ese mismo enfoque se ha trasladado ahora a la geopolítica. Witkoff y Kushner gestionan simultáneamente negociaciones con Irán, Israel, Hamás, Rusia y Ucrania, a veces en el mismo día. Funcionarios de la administración describen el método como una especie de “negociación centralizada”: los dos emisarios se reúnen con las partes, identifican los obstáculos y luego movilizan desde la CIA hasta el Pentágono para resolver los detalles técnicos. El propio Trump resume el enfoque con una frase reveladora: la clave es encontrar el “gran acuerdo”.
La clave principal: Acuerdos de Abraham
Uno de los pilares de esta estrategia sigue siendo la ampliación de los Abraham Accords, la iniciativa diplomática impulsada por Kushner durante el primer mandato de Trump que normalizó las relaciones entre Israel y varios países árabes. Los acuerdos ya incluyeron a Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Sudán y Marruecos. Pero el objetivo estratégico siempre fue más ambicioso: reconfigurar el equilibrio de poder en Oriente Medio mediante una red de alianzas árabe-israelíes. El objetivo fundamental no es otro que el sometimiento absoluto de esos países árabes a Israel. Pero, para ello, Irán era un obstáculo insalvable.
La actual guerra pretende acelerar ese proceso de imponer la supremacía de Israel. Trump sostiene que el debilitamiento de Teherán elimina uno de los principales factores que frenaban a varios países árabes a la hora de acercarse a Israel. “Mucha gente se unirá ahora”, dijo recientemente el presidente, sugiriendo que el miedo regional a Irán era el principal obstáculo para expandir el acuerdo.
La diplomacia como los fichajes de Lendoiro
El método de trabajo de Witkoff y Kushner ilustra la intensidad de este enfoque. Durante una jornada reciente de negociaciones en Ginebra, ambos emisarios se reunieron en pocas horas con delegaciones de Ucrania, Rusia y Irán, en un intento de avanzar simultáneamente en dos de los conflictos más peligrosos del sistema internacional.
Las conversaciones comenzaron por la mañana con representantes iraníes para discutir el programa nuclear, continuaron con delegaciones ucranianas durante la tarde y terminaron con reuniones nocturnas con emisarios rusos. Un maratón que recuerda mucho a lo que sucedía en los años 90 con Augusto César Lendoiro, que era capaz de negociar un fichaje hasta altas horas de la madrugada.
Ese ritmo refleja la convicción de la Casa Blanca de que las negociaciones internacionales comparten dinámicas similares a las transacciones comerciales: presión, oportunidad y momentos inesperados de ruptura.
Riesgo de sobreextensión
Pero no todos comparten ese optimismo. Para muchos diplomáticos veteranos, la estrategia representa un experimento arriesgado. El antiguo negociador estadounidense Aaron David Miller, que participó en múltiples procesos de paz en Oriente Medio, advierte de un problema evidente: la complejidad histórica y psicológica de los conflictos internacionales.
Los acuerdos de paz no dependen solo de números o concesiones materiales. También requieren una comprensión profunda de identidades nacionales, memorias históricas y dinámicas culturales. En conflictos como los de Gaza o Ucrania, esas variables pueden ser tan decisivas como cualquier cálculo estratégico.
Sin embargo, Witkoff y Kushner poseen una ventaja singular: su relación directa con Trump. En el sistema político estadounidense, el acceso al presidente puede ser más importante que cualquier conocimiento técnico. Los líderes extranjeros saben que ambos emisarios forman parte del círculo íntimo de Trump y que, por tanto, pueden comprometer realmente a la Casa Blanca. Ese acceso les permite superar uno de los obstáculos clásicos de la diplomacia estadounidense: la lentitud burocrática.
Nueva teoría del poder diplomático
La estrategia de Trump refleja algo más profundo que una preferencia personal. Representa una teoría alternativa sobre cómo funciona la diplomacia en el siglo XXI. Según esta visión, el sistema internacional actual es demasiado volátil para los procesos diplomáticos tradicionales. Las guerras cambian rápidamente, las alianzas fluctúan y los acontecimientos inesperados pueden alterar el equilibrio político en cuestión de días. En ese entorno, argumenta la Casa Blanca, la rapidez y la centralización pueden ser más valiosas que la experiencia técnica.
Hasta ahora, los resultados son ambiguos. Las negociaciones con Irán no han logrado frenar su programa nuclear. El conflicto en Ucrania sigue sin alto el fuego. Pero la administración Trump insiste en que los grandes acuerdos internacionales suelen surgir de momentos inesperados, cuando un evento altera el cálculo estratégico de los actores.