El verano también tiene clases sociales

La estación que imaginamos como el gran paréntesis del año se ha convertido también en un espejo de las desigualdades. Descansar ya no depende únicamente del calendario. Depende, cada vez más, de la cuenta corriente

26 de Julio de 2026
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El verano también tiene clases sociales

Hay una fotografía del verano español que apenas aparece en las campañas de turismo. No sale en los anuncios de playas infinitas ni en las imágenes de terrazas frente al mar. Tampoco suele ocupar espacio en las conversaciones de septiembre, cuando todos fingimos haber descansado más de lo que realmente descansamos.

Es la fotografía de quien continúa levantándose a las seis de la mañana para ir a trabajar porque julio y agosto son temporada alta. La de quien enciende el aire acondicionado con cierta culpa porque sabe que la factura llegará mucho después de que desaparezca el calor. La de quienes pasan las vacaciones en casa porque no existe otra posibilidad, aunque procuren llamar vacaciones a esos días para que los hijos no perciban la diferencia.

A las ocho de la mañana, cuando media España baja a la playa con una sombrilla bajo el brazo, otra media levanta la persiana de un bar, cambia las sábanas de un hotel, repone estanterías o conduce un autobús lleno de turistas. También ese es el paisaje del verano.

El verano siempre fue una promesa de descanso y empieza a parecerse demasiado a un indicador de renta. España vive un momento económico lleno de contrastes, el turismo volverá a marcar registros históricos este verano. Las previsiones oficiales apuntan a la llegada de 43 millones de turistas internacionales entre junio y septiembre, un 6 % más que el año pasado, con un gasto cercano a 64.000 millones de euros, también récord y un 10 % superior al de 2025.

Sin embargo, ese éxito colectivo convive con una realidad mucho menos luminosa. Una cuarta parte de los españoles no tiene previsto salir de vacaciones este verano y, entre quienes renuncian a viajar, la razón principal vuelve a ser la misma de siempre, que simplemente no pueden permitírselo.

Hay una ironía difícil de ignorar en ese contraste. España recibe millones de turistas atraídos por un país que muchos españoles contemplan desde la distancia. Hay familias que viven en ciudades convertidas en destinos internacionales y, sin embargo, pasan todo el verano trabajando para sostener una industria turística cuyos beneficios apenas alcanzan a mejorar su propia capacidad para descansar.

El país que mejor vende las vacaciones es también un país donde descansar empieza a convertirse en un privilegio y las diferencias no se observan únicamente en el destino elegido, también aparecen en el tiempo disponible. Hay quien logra desconectar durante varias semanas, otros apenas consiguen reunir unos días sueltos. Viajar sin mirar demasiado el precio sigue siendo una posibilidad para algunos; para otros, el verano termina después de comparar alojamientos, hacer números y descubrir que incluso las opciones más modestas quedan fuera de alcance. Y hay quienes regresan preocupados no porque se acaben las vacaciones, sino porque empieza septiembre.

Las redes sociales terminan de completar esa ficción estival.Todo parece suceder frente a una cala de agua transparente o en un hotel con piscina infinita. La psicología lleva tiempo advirtiendo de que esa exhibición permanente genera frustración en quienes comparan su vida cotidiana con una sucesión de momentos cuidadosamente seleccionados. Pero la desigualdad no se limita a la comparación.

También determina la forma en que soportamos el calor. Hay barrios donde dormir en agosto significa hacerlo con el aire acondicionado encendido toda la noche. Hay otros donde la decisión consiste en elegir entre el descanso y el recibo de la luz. Hay viviendas preparadas para resistir temperaturas extremas y otras construidas cuando nadie imaginaba que las olas de calor iban a convertirse en una constante del verano europeo. La emergencia climática tampoco reparte sus consecuencias de manera uniforme.

Sucede algo parecido con el tiempo. Solemos pensar que el ocio depende únicamente de la voluntad. pero la realidad es bastante menos romántica. Descansar exige dinero, pero también estabilidad laboral, horarios previsibles y la tranquilidad de saber que el trabajo seguirá esperando a la vuelta. Para millones de trabajadores temporales, autónomos o empleados del sector servicios, el verano representa precisamente el periodo de mayor carga laboral.

La estación del descanso coincide para muchos con la estación del agotamiento. Quizá esa sea una de las formas más discretas de la desigualdad contemporánea. Unos compran tiempo libre y otros venden el suyo.

Existe además una dimensión que rara vez ocupa espacio en el debate público. Las vacaciones cumplen una función social. No son únicamente un premio después de un año de trabajo. También son el tiempo en que muchas familias vuelven a encontrarse sin horarios, los hijos construyen recuerdos que conservarán durante años y la rutina deja, por fin, de marcar cada conversación.

Cuando una familia renuncia sistemáticamente a ese tiempo compartido porque no puede asumir su coste, la pérdida no aparece en ninguna estadística económica. Sin embargo, existe.

Por eso el verano también habla de igualdad. Habla de salarios, de vivienda y de una tranquilidad que cada vez resulta más difícil comprar. Habla de un país que bate récords turísticos mientras muchas familias siguen haciendo cuentas antes de aceptar una invitación para pasar un fin de semana fuera. Habla, en definitiva, de un crecimiento económico que no siempre llega a traducirse en una mayor capacidad para descansar.

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