Venezuela, Groenlandia y el botín global: así funciona el “neomonarquismo” de Trump

Trump, Venezuela y Groenlandia no responden al interés nacional. Un nuevo orden global basado en botín, camarillas y poder personal está emergiendo

08 de Enero de 2026
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Trump neomonarquismo
Donald Trump en la Casa Blanca | Foto: The White House / Daniel Torok

Si alguien cree que Trump está reviviendo la política de las grandes potencias del siglo XIX, está mirando el siglo equivocado. Para entender la política exterior de Donald Trump, muchos observadores estadounidenses han desempolvado manuales del siglo XIX. En ellos encuentran un mundo ordenado por esferas de influencia, grandes potencias compitiendo sin demasiados escrúpulos y una noción cruda, pero reconocible, del interés nacional. Sin embargo, esta analogía, tan tentadora como tranquilizadora, puede ser profundamente engañosa.

Un influyente trabajo reciente de Stacie Goddard, del Wellesley College, y Abraham Newman, de la Universidad de Georgetown, propone una lectura más inquietante: el mundo que Trump está ayudando a moldear no se parece tanto al de Bismarck como al de los monarcas absolutos. No a imperios burocráticos en expansión, sino a cortes personalistas donde el poder se ejerce a través de favores, tributos y camarillas. A este orden emergente lo llaman “neomonarquismo”.

La diferencia no es semántica. En el sistema de las rivalidades entre grandes potencias del siglo XIX, incluso los regímenes autoritarios operaban a través de Estados nacionales relativamente coherentes: burocracias profesionales, ejércitos permanentes y diplomacias institucionalizadas. El Estado existía para movilizar recursos en nombre de un interés nacional identificable, aunque este no fuera democrático ni moralmente defendible.

El neomonarquismo, en cambio, sustituye la movilización estatal por la extracción de recursos.

Del interés nacional al botín

Tomemos dos obsesiones recurrentes de Donald Trump: Venezuela y Groenlandia. A primera vista, parecen encajar en una lógica clásica de poder geopolítico: asegurar recursos estratégicos, reforzar la influencia hemisférica y bloquear rivales. Pero, observadas de cerca, estas maniobras resultan innecesarias, costosas y contraproducentes para la seguridad nacional de Estados Unidos.

Estados Unidos ya posee una posición privilegiada en Groenlandia. Tiene bases militares, acceso garantizado y aliados dispuestos a cooperar. En Venezuela, el petróleo es difícil de refinar, la infraestructura está deteriorada y los beneficios económicos para la industria energética estadounidense son, como mínimo, inciertos. Desde una perspectiva de capitalismo tradicional o desde la noción clásica de interés nacional, nada de esto parece especialmente racional.

Ahí es donde el marco analítico del neomonarquismo cobra sentido.

Según Goddard y Newman, estas acciones no buscan fortalecer a Estados Unidos como Estado, sino consolidar el poder y el estatus de un grupo reducido de hiperélites: el líder y su camarilla política y económica. La política exterior deja de ser una herramienta estatal y se convierte en un escenario de reparto de botín, donde la incertidumbre estratégica es una virtud y el acceso depende de la cercanía al trono.

En este mundo, la pregunta no es qué conviene al país, sino quién gana acceso, prestigio o recursos.

Un Estado sin Weber

El tránsito clave es institucional. El trumpismo, en su segundo mandato, no opera como un Estado weberiano (racional, burocrático y previsible) sino como un régimen personalista con controles debilitados. Las decisiones no emergen de procesos técnicos ni de evaluaciones estratégicas, sino de la competencia entre facciones.

En Venezuela, por ejemplo, convergen intereses dispares: halcones ideológicos, operadores políticos con audiencias específicas como la base cubanoamericana, aspirantes al control de recursos energéticos y minerales críticos, y figuras obsesionadas con la demostración simbólica de dominio. Todos compiten por el favor presidencial. El resultado no es una estrategia coherente, sino una política exterior errática que refleja el equilibrio momentáneo de presiones internas.

Paradójicamente, esto hace que el sistema sea menos predecible que el de las viejas potencias imperiales. Incluso los imperios autoritarios necesitaban consistencia. Las cortes neomonárquicas, no.

Capitalismo clientelar

Este orden tampoco se apoya en el capitalismo corporativo clásico. No son los grandes conglomerados empresariales que financiaron a Trump (Chevron, Exxon, Walmart) quienes definen la lógica del sistema. El neomonarquismo favorece a actores que buscan posiciones oligopólicas, capaces de extraer rentas mediante acceso privilegiado al poder, no mediante competencia de mercado.

Por eso las grandes empresas tecnológicas ocupan un lugar central. No tanto por su innovación, sino por su capacidad de integrarse en redes de poder personalista. El riesgo, advierten Goddard y Newman, no es solo político sino estructural: cuantos más actores económicos se adapten a este orden, más difícil será revertirlo.

En el caso venezolano, el petróleo aparece menos como un activo industrial que como un fondo discrecional. Trump lo dijo sin ambages: “controlaremos el petróleo”. Controlarlo no para optimizarlo, sino para redistribuirlo como recurso clientelar, del mismo modo que se negocian chips, mercados tecnológicos o acuerdos con los Emiratos Árabes Unidos.

Tributos, halagos y humillaciones

El neomonarquismo no se sostiene solo con dinero. También exige tributos simbólicos: halagos públicos, gestos culturales y reconocimiento personal. Aquí, incluso lo que parece grotesco cumple una función política.

El conflicto con India lo ilustra bien. Desde una lógica de geopolítica tradicional, Washington debería fortalecer su alianza con Nueva Delhi frente a China. Pero Trump exigió algo distinto: que Narendra Modi alabara públicamente su papel como pacificador regional. Modi no podía hacerlo sin pagar un alto costo político interno. La negativa desembocó en aranceles y sanciones comerciales.

No era una disputa comercial ni estratégica. Era una disputa de estatus. En un orden internacional basado en reglas, estas demandas serían irrelevantes. En un orden neomonárquico, son fundamentales.

Orden aún no consolidado

Goddard y Newman no presentan el neomonarquismo global como un destino inevitable. Al contrario, lo describen como un orden incompleto, aún en formación. Precisamente por eso resulta peligroso: se infiltra en las grietas de los marcos analíticos heredados.

Seguir interpretando estas dinámicas como simples regresiones al siglo XIX impide reconocer su verdadera naturaleza y, por tanto, combatirlas políticamente. Las herramientas clásicas (apelar al interés nacional, al crecimiento económico o a la seguridad estratégica) fallan porque no son las variables relevantes. No estamos regresando al pasado: estamos entrando en un orden más primitivo, pero armado con el poder del siglo XXI.

En este sistema, lo racional depende del régimen en el que se opera. Lo que parece absurdo desde la lógica del Estado moderno puede ser perfectamente coherente en una estructura neomonárquica basada en extracción, clientelismo y dominación personal.

La pregunta, entonces, no es si Trump está devolviendo al mundo a una era pasada. Es si está ayudando a construir una nueva: más primitiva en su forma de poder, pero peligrosamente adaptada a las interdependencias del siglo XXI.

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