La política española tiene una virtud extraordinaria: consigue que dos partidos que llevan décadas gobernando juntos nos expliquen, cada mañana, que ponerse de acuerdo con el otro sería una traición a la patria. En Bruselas, mientras tanto, se sientan, negocian, aprueban presupuestos y se reparten responsabilidades. Debe de ser algo que ponen en el café.
Por eso tiene su gracia preguntarse si Ursula von der Leyen, conservadora alemana y presidenta de la Comisión Europea, podría preferir que Pedro Sánchez continuase gobernando España antes que ver llegar a Alberto Núñez Feijóo, compañero suyo en el Partido Popular Europeo. Parece un disparate. Hasta que aparecen las matemáticas.
La familia que te quiere, pero te vota en contra
En julio de 2024, Ursula consiguió 401 votos para renovar su mandato. Necesitaba 360. Una victoria confortable, aunque tampoco para tirar cohetes. Cuatro meses después, cuando tocó aprobar su equipo de comisarios, el respaldo descendió a 370 votos. Y entonces ocurrió una de esas maravillas que únicamente puede ofrecer la política europea: los eurodiputados del Partido Popular español votaron contra la Comisión presidida por una dirigente de su propia familia política y con mayoría de comisarios conservadores.
¿El motivo? Teresa Ribera, socialista española y candidata a vicepresidenta. Los populares querían a Ursula, pero no a Teresa. El inconveniente era que el Parlamento votaba la Comisión en bloque. No existía la posibilidad de pedir una presidenta conservadora con guarnición socialista aparte. Resultado: el PP español votó contra Von der Leyen y los socialistas españoles la respaldaron. Como reunión familiar, promete.
El problema no es Pedro. Es Manfred.
El Partido Popular Europeo es la primera fuerza parlamentaria, pero no tiene mayoría absoluta. Para gobernar necesita a socialdemócratas, liberales y, según el asunto, otras formaciones. Y aquí entra Manfred Weber, presidente del PPE, partidario de explorar acuerdos con fuerzas situadas a su derecha.
El problema es que esas alianzas incomodan a los socialdemócratas, precisamente quienes ayudan a sostener la mayoría de Von der Leyen. En marzo de 2026, la posición negociadora del Parlamento sobre el nuevo sistema europeo de retornos migratorios salió adelante con votos del PPE y de grupos situados a su derecha, frente a la oposición socialista.
Se demostró que podían sumar sin el S&D. Para aquella votación. Pero una cosa es aprobar un mandato de negociación migratoria y otra gobernar Europa durante cinco años.
Los conservadores y las distintas derechas europeas pueden coincidir en inmigración, pero discrepan profundamente sobre Rusia, integración europea o presupuestos. Pretender convertir esas coincidencias ocasionales en una mayoría permanente sería como organizar una comunidad de propietarios con vecinos que solo están de acuerdo en echar al portero.
Pedro, ese socialista tan útil
Sánchez tampoco es precisamente el alma gemela de Ursula. Han discrepado mucho sobre Gaza, política exterior y otras cuestiones relevantes. Pero existe una diferencia entre llevarse bien y resultar útil.
España es uno de los grandes Estados miembros y su Gobierno participa en las negociaciones del Consejo Europeo. Sánchez ha sido un interlocutor significativo para la cooperación entre populares y socialdemócratas. Una eventual derrota socialista en España podría alterar ese equilibrio. Especialmente si el nuevo Gobierno dependiese de Vox y si, paralelamente, el PPE profundizase sus acuerdos parlamentarios hacia la derecha.
Los socialdemócratas europeos podrían preguntarse qué sentido tiene continuar respaldando a una presidenta conservadora mientras sus compañeros de partido pierden influencia gubernamental. También podrían optar por mantener los acuerdos para evitar una deriva que consideran peor. La política europea tiene esas complicaciones que desaparecen milagrosamente cuando empieza un mitin. Y Ursula necesitará apoyos para negociar asuntos nada menores, como el presupuesto europeo de 2028 a 2034. Ahí no basta con ganar una votación ocasional. Hace falta construir compromisos duraderos.
La contradicción española
Una victoria del PP en España reforzaría su presencia entre los gobiernos europeos. Pero, dependiendo de sus alianzas, también podría dificultar la colaboración entre las familias políticas que sostienen a la Comisión. No es inevitable. Feijóo podría mantener acuerdos europeos moderados, y unas elecciones españolas no modifican automáticamente los escaños de la Eurocámara.
Tampoco sabemos si Ursula desea personalmente que gane Sánchez. No consta que haya encargado misas, encendido velas ni formulado semejante preferencia. Lo que sabemos es algo bastante más interesante: que su estabilidad depende de apoyos que no siempre proceden de sus compañeros ideológicos.
Mientras aquí populares y socialistas se presentan como enemigos irreconciliables, allí sus respectivas familias políticas llevan años compartiendo el mantenimiento de las instituciones. En España se acusan de destruir la democracia. En Bruselas negocian cómo financiarla. Quizá la gran contradicción no sea que Ursula pueda necesitar a Pedro. Quizá sea que nos hayan convencido de que ponerse de acuerdo es una vergüenza cuando, al cruzar los Pirineos, lo consideran una obligación de gobierno, porque en Bruselas los adversarios también se necesitan. Y cuando llega la hora de pagar las facturas, hasta los discursos más inflamados acaban pasando por caja.
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