Las elecciones anticipadas del próximo 29 de noviembre han reabierto una vieja herida de la política española. Apenas unas horas después de la convocatoria realizada por Pedro Sánchez, los partidos situados a la izquierda del PSOE han vuelto a colocarse frente al espejo de sus propias contradicciones. Mientras el calendario electoral corre a velocidad de vértigo, las conversaciones giran en torno a primarias, liderazgos, marcas electorales y equilibrios internos. La escena resulta familiar. Demasiado familiar.
La historia de la izquierda española está repleta de encuentros frustrados, escisiones, plataformas, refundaciones y proyectos que nacieron prometiendo la unidad para terminar reproduciendo las mismas divisiones que pretendían superar. Cambian los nombres de las organizaciones y los dirigentes, pero la dinámica parece repetirse con una obstinación casi matemática.
Quizá por eso el viejo principio romano divide et impera, sigue resultando tan actual. No porque exista una conspiración perfectamente diseñada, sino porque la fragmentación suele lograr por sí sola lo que cualquier adversario político desearía.
Una historia de desencuentros que se repite generación tras generación
La izquierda alternativa española ha demostrado históricamente una extraordinaria capacidad para discrepar incluso cuando comparte buena parte de los diagnósticos sociales y económicos. Desde las disputas internas que marcaron diferentes etapas del movimiento obrero hasta las fracturas más recientes entre Podemos, Sumar y otras organizaciones progresistas, el problema rara vez ha sido la ausencia de objetivos comunes. La dificultad ha consistido en acordar quién los lidera, cómo se representan y bajo qué siglas deben defenderse.
Resulta paradójico que fuerzas políticas que coinciden en aspectos esenciales relacionados con la vivienda, la sanidad pública, los derechos laborales o la justicia social dediquen tanta energía a diferenciarse entre sí. Mientras tanto, el reloj electoral no se detiene.
Los diez días disponibles para formalizar coaliciones obligan a negociar contrarreloj una fórmula que minimice los efectos de la dispersión del voto progresista. Sin embargo, las primeras reacciones vuelven a evidenciar la profundidad de las diferencias existentes entre los distintos actores del espacio político situado a la izquierda del PSOE.
Podemos y Sumar vuelven a escenificar sus distancias
La propuesta de primarias abiertas lanzada por Podemos ha sido interpretada por algunos sectores como un intento de desbloquear la situación y por otros como una forma de trasladar la presión al resto de organizaciones.
La respuesta desde el entorno de Sumar y del nuevo proyecto Frente Amplio tampoco invita precisamente al optimismo. Lejos de acercar posiciones, las declaraciones cruzadas de las últimas horas han vuelto a reflejar la frialdad política que se instaló tras la ruptura del espacio común en 2023.
El problema no reside únicamente en quién encabece una candidatura, la cuestión de fondo es que una parte importante del electorado progresista observa con creciente desconcierto cómo organizaciones que comparten gran parte de sus propuestas continúan mostrando enormes dificultades para construir estructuras estables de cooperación.
Y el ciudadano medio suele tener prioridades mucho más urgentes que las discusiones orgánicas. La subida del alquiler, el precio de la cesta de la compra o la situación de los servicios públicos suelen preocupar bastante más que los reglamentos internos de los partidos.
El sistema electoral castiga la fragmentación
Existe además un elemento que la izquierda parece descubrir en cada convocatoria electoral como si fuera una novedad. El sistema electoral español no trata igual un voto concentrado que un voto disperso. La suma de distintas candidaturas progresistas puede generar una sensación de pluralidad, pero esa pluralidad no siempre se traduce en más representación parlamentaria. En numerosas circunscripciones, la división acaba beneficiando a quienes concurren con estructuras más cohesionadas, se trata de una cuestión aritmética antes que ideológica.
Sin embargo, los debates dentro del espacio progresista suelen desarrollarse como si las matemáticas pudieran someterse a negociación política. La experiencia reciente demuestra precisamente lo contrario.
La derecha observa con evidente comodidad
Mientras las organizaciones progresistas negocian fórmulas de convivencia, la derecha española y la extrema derecha afrontan este nuevo ciclo electoral desde una posición comparativamente más cómoda. Eso no significa ausencia de diferencias internas ni unanimidad absoluta. Ningún espacio político está libre de tensiones.
Lo que resulta significativo es que los partidos conservadores parecen haber comprendido mejor la importancia estratégica de proyectar una imagen de bloque cuando se enfrentan a objetivos compartidos, la situación ofrece una cierta ironía política.
Durante años, buena parte de la izquierda advirtió sobre el crecimiento de fuerzas ultraconservadoras en Europa y sobre los riesgos asociados a determinados discursos reaccionarios. Sin embargo, cuando ese escenario empieza a consolidarse en distintos países, las energías vuelven a concentrarse en resolver disputas internas.Como si la principal amenaza electoral siguiera estando dentro de la propia izquierda y no enfrente.
La unidad ya no es una cuestión estética
La unidad nunca garantiza una victoria y tampoco convierte automáticamente a una coalición en una propuesta mejor, pero las circunstancias actuales sugieren que la fragmentación puede tener costes especialmente elevados para el conjunto del espacio progresista. No se trata únicamente de repartir escaños.
Está en juego la capacidad de defender políticas relacionadas con la protección social, los servicios públicos, la transición ecológica, el acceso a la vivienda o los derechos civiles en un contexto político cada vez más polarizado. Por eso sorprende que algunas organizaciones sigan comportándose como si aún dispusieran de meses para resolver diferencias que deberían haberse afrontado hace años.
La historia de la izquierda española contiene innumerables ejemplos de derrotas construidas desde fuera. Pero también algunas nacidas de la incapacidad para alcanzar acuerdos cuando eran más necesarios. Las próximas semanas permitirán comprobar si los partidos progresistas han aprendido algo de esa experiencia o si vuelven a confiar en que esta vez la división produzca resultados diferentes. La historia, por desgracia, suele mostrarse bastante escéptica ante ese tipo de esperanzas.
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