Todos hemos visto alguna vez esa frase. "¿Qué haría Jesús?". Venía bordada en las pulseras de tela que llevaban los chavales en los noventa o impresa en pegatinas de parachoques. Era un eslogan sencillo, casi bonachón. Una idea pensada para la catequesis: portarse bien, compartir el bocadillo y no meterse en líos.
Pero, claro. Qué pasa cuando esa misma pregunta la metes en los despachos donde se aprietan los botones de los misiles.
Ahí la cosa cambia. Vaya si cambia. El dilema deja de ser una estampita piadosa para convertirse en una bomba de relojería política. La religión y el poder siempre han tenido un noviazgo peligroso, pero lo que se respira hoy en los pasillos del Pentágono es distinto. Ya no se trata de que un político rece en la intimidad de su casa antes de tomar una decisión difícil. No. La fe se saca a pasear como un escudo de combate, como una doctrina oficial del Estado.
Ahí está el caso de Pete Hegseth en Defensa. El tipo ha pisado el acelerador de una transformación que tiene a más de un teólogo y a bastantes analistas con el corazón en un puño. Cultos evangélicos en pleno corazón de la inteligencia militar. Citas del Antiguo Testamento para justificar alianzas de guerra en Oriente Medio. Y esa manía de repetir que poner vallas de espino y deportar a la gente en la frontera es, atención, un "mandato bíblico".
Esto no es piedad personal. Es revestir la fuerza bruta del César con el manto sagrado de Dios. Una maniobra de las de toda la vida, pero con tecnología del siglo veintiuno.
En realidad, la historia de la fe cristiana siempre ha tenido dos almas que no se pueden ni ver. Por un lado están los que corren a bendecir los tanques, a ponerle agua bendita a los acorazados y a darle cobertura espiritual a los imperios de turno. Por el otro... bueno, por el otro queda la memoria incómoda de aquel carpintero de Galilea. Un tipo sin un duro, sin armas y sin techo, al que los romanos terminaron clavando en una cruz por decir que los últimos iban a ser los primeros.
La gran tragedia de la política estadounidense de hoy es cómo han borrado a ese segundo tipo para poner en su lugar un altar a la dominación militar.
Cuando la diplomacia norteamericana suelta el Salmo 144 para hablar de "adiestrar las manos para la batalla", o cuando repiten eso de "Cristo es Rey" para justificar su supremacía, están haciendo trampa. En el Sermón de la Montaña no hay ni rastro de misiles guiados por la fe. ¡Ni uno! Es más: cuando los primeros cristianos decían que Cristo era el rey, lo hacían para recordarle al Emperador que él no lo era. Era un acto de rebeldía pura. Confundir los intereses de una superpotencia con el reino de Dios no es devoción. Es una jugada rápida para que nadie te pida cuentas ni en lo ético ni en lo humano.
¿Y quién paga los platos rotos? Los de siempre. Las víctimas más vulnerables.
Si uno repasa el Evangelio, el de verdad, el que se lee en las páginas y no el de los mítines, la prueba para las naciones no es cuántos portaaviones tienen flotando en el mar. Es cómo tratan al hambriento, al enfermo y al que llega de fuera. Llamar "política migratoria bíblica" a encerrar familias que vienen huyendo del hambre es un retorcimiento de las palabras que daría miedo al propio Orwell. Convierte la compasión en una debilidad táctica y el miedo al vecino en una obligación moral.
Para sostener este circo hace falta fabricar enemigos a destajo. Hay que justificar como sea un gasto militar que marea mientras los barrios pobres de Estados Unidos se caen a pedazos. En lugar de amar al enemigo, se enseña a odiarlo en nombre de un Cristo conquistador. La cruz deja de ser un símbolo de entrega para convertirse en un carné de club privado. En un "nosotros contra ellos".
Al final, el peligro no es que la gente de fe hable de política. El peligro es que usen a Dios como marioneta de propaganda gubernamental.
A ver si nos acordamos: Jesús no entró en Jerusalén subido a un carro de combate ni reclutó legiones para dar un golpe de Estado contra Roma. Entró a hombros de un burro prestado. Le lavó los mugrientos pies a sus amigos. Y cuando uno de ellos sacó la espada para defenderlo en el huerto, le dijo que la guardara de inmediato. La fuerza de ese mensaje nunca estuvo en aplastar al de enfrente, sino en servir al que no tiene nada.
Frente a esta marea autoritaria que quiere pegar la Biblia a las botas militares, hace falta recordar que se puede querer a un país sin adorar a su Gobierno. Un patriotismo sano, de los que no necesitan odiar al extranjero para sentirse orgullosos de su tierra. Un patriotismo que mida la grandeza de una nación por sus hospitales, sus escuelas y sus platos en la mesa, no por las toneladas de bombas que puede soltar en un segundo.
La pregunta del millón, esa de qué haría Jesús ante el alambre de espino o el estruendo de los bombardeos, no se contesta desde los despachos del Pentágono. La respuesta siempre ha estado en el mismo sitio: del lado del que sufre el palo, jamás del que sostiene la porra.
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