UE: “No es oro todo lo que reluce… ni plata: a veces hojalata.”

La UE de hojalata ha hecho su labor con diligencia. Si el futuro exige más, la respuesta no es quejarse del brillo, sino redactar un nuevo pliego de condiciones: menos barniz, más acero

18 de Enero de 2026
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La Eurocámara advierte de que, sin un aumento sustancial de la inversión, no se alcanzarán los objetivos de seguridad y defensa de la UE. | Foto: Unión Europea

Y conviene empezar por ahí, sin dramas ni nostalgias de espadas de acero toledano. La hojalata sirve para lo que sirve: conservar, aislar, abaratar, dar forma ligera a recipientes cotidianos. No es blindaje de tanque ni viga maestra. Si a la Unión Europea se la concibió como lata bien hecha (paz por interdependencia y mercado a gran escala), no nos hagamos los sorprendidos de que no funcione como acero inoxidable de primera calidad cuando arrecia la intemperie geopolítica.

Manual de uso de la hojalata (política)

La metáfora no es caprichosa. Tras 1945, el plan fue cerrar la despensa de la guerra con una tapa a prueba de tentaciones: Declaración Schuman (1950), CECA (1951) y, de postre, Euratom y el Tratado de Roma (1957), que encendió los hornos del mercado común. ¿La idea? Enlazar las economías (carbón, acero, comercio, nuclear, servicios) para que el conflicto saliera carísimo y logísticamente torpe. La paz, por precios y aduanas. La gestión de la defensa y el control político quedaban en otra estantería, con un candado que decía: “No tocar, soberanía nacional”.

1968 trajo la unión aduanera y el mensaje fue clarito: primero suprimir aranceles internos, fijar una tarifa exterior común y dejar que circule el género. Décadas después, cuando la maquinaria se gripó, por el miedo de los estados a quedarse sin espacio vital, se optó por más mercado sin política: Acta Única (1986) y Mercado Interior 1992. A escala de barrio: arreglar el tenderete para que funcione fino; la guardia y el ayuntamiento vendrán luego, si acaso.

Con el Acta Única apareció el Consejo (presidentes), los Consejos de Ministros y las unanimidades forzosas. El Tratado de Maastricht (1992) “da dimensión política” a la UE, pero la organiza en tres pilares: lo comunitario (economía), la política exterior y de seguridad común (PESC) y justicia/interior.

La PESC se concibe intergubernamental, con vetos y sin recursos propios: admite “en el tiempo” una defensa común, pero no la crea. El resultado fue un embrión político con capacidad limitada para actuar sin Estados. Ni músculo, ni presupuesto.

El tornillo que falta: el presupuesto

Pasemos por caja. La UE maneja un presupuesto pequeño para sus ambiciones: alrededor del uno y pico por ciento de la RNB entre marco financiero y recursos propios, con la obligación de devolver a los estados (en políticas y proyectos) sobre el 83% de lo recaudado. Con ese destornillador corto se pueden pagar políticas agrícolas, carreteras, cohesión, programas de investigación, regulación y supervisión; pero no se puede sostener una política exterior robusta ni mucho menos un aparato de defensa integrado de talla continental. La lata aguanta el guiso; no aguanta un choque frontal.

Quien haya leído las etiquetas sabe que el poder militar quedó subcontratado a la OTAN y, por tanto, a la suma de ejércitos nacionales comandados por los americanos. Los intentos de una Comunidad Europea de Defensa se desfondaron en 1954. La Asamblea Nacional francesa rechazó su ratificación en agosto de 1954, lo que arrastró también la proyectada Comunidad Política Europea; ahí los Estados Unidos de América tuvieron mucho que ver es ese desfondamiento, y, desde entonces, cada capital mantuvo su industria, su doctrina, su patria, su bandera, y su veto. En lenguaje de taller: piezas de distintos proveedores que encajan cuando hay buena voluntad, pero el bastidor, la carrocería, los frenos y el motor están en Washington. Los europeos han puesto solo los complementos, aunque pagaron su parte alícuota del coche.

“Gigante económico, enano político…”

La consigna que cuajó en los noventa (gigante económico, enano político y gusano militar) no fue un insulto: fue un parte técnico. La Comisión y el Tribunal de Justicia se convirtieron en maestros chapistas de la regulación: competencia, ayudas de Estado, normas comunes para productos y servicios, libre circulación de personas y capitales. Resultado: escala y certeza jurídica que atrajeron inversión, bajaron costes y elevaron el comercio intracomunitario. La lata cumplía: conservaba y abarataba. El brillo, por cierto, era real, pero de hojalata.

Pero hasta ese momento, a los ciudadanos, ni estaban, ni se les esperaba. La lata había sido diseñada para ser usada por los poderes estatales y económicos.

Lisboa: remaches nuevos sobre la misma chapa

Tratado de Lisboa (2009): personalidad jurídica para la UE, Alto Representante con doble sombrero, Carta de Derechos de los Ciudadanos, iniciativa ciudadana, cláusula de defensa mutua. Más tarde, PESCO, Fondo Europeo de Defensa, compras conjuntas de munición, coordinación en ciberespacio y fronteras. Todo eso engrosa la chapa y mejora la estanqueidad. Pero no cambia el metal: son remaches sobre la misma lámina. Para pasar a acero inoxidable haría falta otra aleación: unión fiscal real, presupuesto común potente, menos vetos, cadenas de suministro y de defensa unificadas y una cultura política que asuma que la paz de los precios no basta cuando vuelan misiles y los chips valen más que el oro.

“Sirve para lo que sirve”

Conviene insistir: la hojalata es útil. Evita que el contenido se estropee, se imprime bien, se recicla y sale barata. En clave europea, esa utilidad se tradujo en décadas de estabilidad, incremento del PIB per cápita, estándares de seguridad para productos y derechos del consumidor, becas, redes de investigación, infraestructuras y cohesión territorial. Si el encargo original fue “paz por interdependencia”, “prosperidad por escala” y “reglas antes que banderas”, el producto entregado fue exactamente ese. Bendita hojalata.

Lo que no puede pedírsele es que resista granizo geopolítico sin abollarse: crisis financieras globales, pandemias, guerras en el vecindario, competencia de potencias con Estado-empresa y apoyo militar a la industria. Ahí la lata se marca: responde tarde, coordina con fricción, discute la factura. ¿Que últimamente corre mejor el aire de “autonomía estratégica abierta”? Sí: chips, materias primas críticas, energía y defensa han ganado prioridad. Aun así, el espesor sigue siendo el de la chapita: se ve el esfuerzo, pero no hay forja común.

El equívoco del brillo

A veces confundimos brillo con nobleza del metal. La UE luce instituciones que hablan fino, sentencias que ordenan el mercado y programas que cohesionan territorios, defienden derechos y dan prosperidad. Reluce. Pero cuando hace falta mando único, recaudar a escala continental, emitir deuda sin excepciones o desplegar capacidades duras sin pedir permiso a veintisiete, falta alma de acero. Y no por malicia: no se templó para eso.

¿Queremos inox? 

Si de verdad queremos acero inoxidable, hay que cambiar el encargo al herrero. Traducido:

  • Menos vetos y más mayorías simples en política exterior, defensa y fiscalidad.
  • Presupuesto común que no huela a calderilla, con impuestos europeos claros.
  • Industria de defensa integrada, con especialización por países y compras conjuntas de verdad, sin romanticismos de campanario, consolidando un ejército único.
  • Unión de capitales y bancaria completas, para que la financiación de lo común no dependa de voluntarismos.
  • Liquidación y adaptación de las estructuras administrativas y políticas estatales a la nueva realidad. Si ya en este momento, el 85 por ciento de la normativa se genera en Bruselas, ¿es rentable mantener una estructura política, judicial y administrativa, de cuando no se pensó en esa circunstancia?
  • Energía y materias primas como política industrial, no como apéndice.

Todo eso cuesta: dinero, competencias y comodidad. Implica que los gobiernos cedan palancas que todavía consideran propias; que los ciudadanos acepten que Europa no es solo una etiqueta de calidad sino un sujeto político con impuestos, prioridades y responsabilidades.

Entre la lata y la espada

Mientras llega esa decisión, no despreciemos la hojalata. Ha conservado la paz, ha abaratado la vida y ha evitado que se nos echara a perder el proyecto europeo en la estantería de las ideas bonitas. Pero no pidamos espada a quien nació lata. No es oro todo lo que reluce… ni plata: a veces hojalata. Y, si algún día queremos de verdad acero inoxidable, ese que no se pica con la humedad del mundo, que no se corroe ante el primer choque y que aguanta el calor de la forja, habrá que pagar la aleación, subir el espesor y dejar al herrero trabajar sin que veintisiete manos le muevan el yunque.

Hasta entonces, asumamos el valor del envase: útil, práctico, reciclable. La UE de hojalata ha hecho su labor con diligencia. Si el futuro exige más, la respuesta no es quejarse del brillo, sino redactar un nuevo pliego de condiciones: menos barniz, más acero. Y, por favor, sin sorpresas: quien encarga lata, recibe lata. Quien pide espada toledana, pasa por la fragua.

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