Hubo un tiempo en que los presidentes estadounidenses anunciaban el inicio de una guerra con solemnidad institucional. Cuando Franklin D. Roosevelt declaró que el 7 de diciembre de 1941 sería “una fecha que viviría en la infamia”, lo hizo ante el Congreso y con el peso de la historia sobre sus hombros. Más de ocho décadas después, Donald Trump eligió otro escenario y otra estética: un video publicado de madrugada en su red social, Truth Social, desde su residencia de Mar-a-Lago.
El contraste no es meramente estilístico. Es sustantivo y geopolítico. En apenas ocho minutos, Trump dinamitó medio siglo de política exterior estadounidense, renunció a su promesa de evitar “guerras eternas” y abrió la puerta a lo que podría convertirse en el mayor experimento de cambio de régimen en Oriente Medio desde 2003.
Durante años, Trump se presentó como el antídoto frente a los excesos de la era Bush. Sin embargo, su reciente discurso lo acerca más a George W. Bush que a cualquier tradición realista. La invasión de Irak de 2003, considerada como una de las peores decisiones estratégicas de Washington, se justificó, aunque de forma engañosa, ante la ONU y el Congreso. Trump, en cambio, movilizó una “armada” en Oriente Medio con escasas explicaciones públicas previas.
En su mensaje, el presidente apeló a la memoria histórica: la crisis de los rehenes en Irán, el atentado contra los Marines en Beirut, el ataque al USS Cole, la influencia iraní en Irak. También invocó los ataques del 7 de octubre perpetrados por Hamas contra Israel. Reiteró la doctrina de que Irán jamás podrá poseer un arma nuclear. Pero el núcleo de la pregunta estratégica permanece intacto: ¿por qué ahora?
Trump es, por temperamento y trayectoria, un jugador de alto riesgo. Como empresario fracasó en proyectos tan visibles como su aerolínea o sus casinos en Atlantic City. Como presidente tomó decisiones disruptivas: trasladó la embajada estadounidense a Jerusalén, ordenó la muerte del general iraní Qasem Soleimani, impuso aranceles a aliados y enemigos por igual.
En cada caso, el desenlace fue menos catastrófico de lo anticipado. Esa sucesión de apuestas no desastrosas parece haber generado una peligrosa conclusión: que la historia recompensa la actitud suicida.
Sin embargo, Irán no es un casino ni una escaramuza quirúrgica, como la de Venezuela. Es una potencia regional con redes de milicias, capacidad armamentística y un aparato ideológico consolidado. La promesa de “aniquilar su armada” y “arrasar su industria de misiles” sugiere una operación de gran escala cuya fase inicial puede ser rápida, pero cuyo desenlace podría prolongarse durante años.
La lección más amarga de Irak no fue la caída de Saddam Hussein, sino el vacío posterior. El cambio de régimen es la parte fácil; el orden posterior es el verdadero desafío. Trump instó abiertamente al pueblo iraní a “tomar el control de su gobierno” cuando concluyan los bombardeos. Es la retórica clásica del intervencionismo liberal envuelta en populismo nacionalista.
El fantasma de figuras como Donald Rumsfeld y John Bolton parece sobrevolar la escena. Incluso críticos republicanos históricos del intervencionismo podrían sentirse reivindicados. Pero la historia sugiere prudencia: los sistemas autoritarios no colapsan necesariamente bajo presión externa; a menudo se cohesionan.
En un momento de franqueza inusual, Trump admitió que podrían perderse vidas estadounidenses. La frase revela conciencia del riesgo político interno: ataúdes cubiertos con la bandera podrían debilitar rápidamente el apoyo público a una guerra cuya justificación estratégica no ha sido plenamente articulada.
Las críticas no tardaron. El senador por Arizona Rubén Gallego, veterano de Irak, acusó al presidente de estar dispuesto a sacrificar a jóvenes de clase trabajadora. Desde el espectro demócrata, voces asociadas a la era de Barack Obama, como Ben Rhodes, calificaron el segundo mandato de Trump como “el peor escenario posible”.
En términos geopolíticos, la Operación, bautizada con grandilocuencia como “Furia Épica”, no es solo un episodio militar, sino un rediseño del papel estadounidense en el mundo. Tras años denunciando los “enredos extranjeros”, Trump ha abrazado el instrumento más radical del intervencionismo: la ingeniería política desde el aire.
El problema estratégico es doble. Primero, la ausencia de una estrategia de salida clara. Segundo, la subestimación del efecto dominó regional: milicias aliadas de Teherán en Líbano, Siria, Irak y Yemen podrían activar frentes secundarios. Las potencias rivales, China y Rusia, observarán con atención cualquier señal de sobreextensión estadounidense.