Trump, MAGA y la pasta al dente

De Marinetti al arancel: cuando el autoritarismo decide meterse en el plato, en la compra y en la guerra

18 de Abril de 2026
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Trump Orban
Donald Trump y Viktor Orban en una reunión en Washington | Foto: The White House

No, los fascistas italianos no mandaron a los carabinieri a confiscar espaguetis casa por casa. Fue algo más fino, que es como los autoritarismos hacen casi siempre sus peores obscenidades: una campaña cultural, estética y nacionalista para convertir un alimento popular en una vergüenza patriótica. En 1930, el entorno futurista de Marinetti, con el apoyo personal de Mussolini, lanzó su cruzada contra la pastasciutta, presentada como comida que embrutece y vuelve a la gente lenta, pesimista y escéptica; el arroz, en cambio, debía aparecer como sustituto patriótico. No era solo una excentricidad culinaria: era pedagogía fascista con servilleta.

Y ahí aparece Trump, que no necesita prohibir la pasta porque ha encontrado un mecanismo aún más tosco y más eficaz: convertir la compra diaria en un examen de pureza nacional. La Casa Blanca vendió su plan arancelario de 2025 como la gran rectificación contra la globalización y como el inicio de una nueva prosperidad americana; Yale estimó después que el conjunto de los aranceles de 2025 elevaba los precios un 2,3% a corto plazo y suponía una pérdida media de 3.800 dólares por hogar, con un golpe especialmente fuerte sobre ropa y textiles. Es decir: te levantan la factura y te exigen gratitud patriótica. La vieja magia del caudillo: meterte la mano en el bolsillo y pedirte que aplaudas porque lo hace con la bandera detrás.

El paralelismo no está en la pasta en sí, sino en la lógica. El fascismo italiano quería fabricar ciudadanos más obedientes a través del estómago: menos costumbre, menos placer, menos mezcla, más disciplina y más nación. Suerte para todos que las amas de casa napolitanas plantearon una resistencia en toda regla a esta absurdidad, que se extendió por toda Italia.

El trumpismo-MAGA hace algo parecido con la economía doméstica: te vende el sacrificio material como si fuera una gimnasia moral. Si pagas más por lo mismo, no es que te hayan sableado; es que estás participando en la redención industrial de la patria. Cambia la cuchara por el arancel, y ya tienes la misma liturgia con otro uniforme.

Pero ahora el plato ya no basta. MAGA ha decidido que también la guerra debe servirse como producto identitario. La propia Casa Blanca presume de que Trump autorizó Operation Midnight Hammer contra instalaciones nucleares iraníes y, después de hacer fracasar de las negociaciones, la crisis ha escalado hasta el anuncio de un bloqueo de puertos iraníes. Según AP, el 13 de abril de 2026 el ejército estadounidense anunció ese bloqueo, en un contexto en el que el cruce por Ormuz ya estaba alterado y el petróleo volvió a dispararse por encima de los 100 dólares el barril. Traducción al castellano de la secta: si la compra sube por los aranceles, es soberanía; si sube por la guerra con Irán, es liderazgo. Al final siempre paga el mismo feligrés: el que llena el depósito y el frigorífico. Y, por supuesto, se hacen más ricos los de siempre.

Lo más cómico, si uno todavía conserva humor negro suficiente, es que ni siquiera su propia parroquia se traga ya toda la homilía. ABC News recogió que Trump cargó contra figuras de su ecosistema como Tucker Carlson, Megyn Kelly, Candace Owens y Alex Jones por criticar la guerra con Irán, y los despachó con un anatema casi teológico: “They’re not MAGA.” Ahí está la esencia del movimiento: MAGA ya no significa una línea política, sino obediencia personal al estilo del “Duce”. No es una doctrina; es una aduana emocional. Si aplaudes el arancel, eres patriota. Si aplaudes la guerra, eres fuerte. Si dudas, de pronto eres hereje.

Marinetti decía, en sustancia, que la pasta volvía a los italianos blandos. Trump viene a sostener algo parecido con otros instrumentos y otros histrionismos: que el comercio te afemina, que el precio bajo te ablanda, que la prudencia exterior te humilla y que solo la mezcla de arancel, testosterona industrial y bombardeo preventivo puede restaurar la virilidad del imperio. Es una política hecha por hombres que confunden el Estado con un gimnasio y la economía con una prueba de hombría. Y luego se extrañan de que la realidad no cotice en Truth Social.

Mussolini tuvo su guerra simbólica contra la pasta porque el fascismo necesita siempre un objeto cotidiano al que convertir en enemigo: el plato, el libro, el idioma, el cuerpo, la costumbre. Trump ha encontrado dos: la importación y la duda. La primera la castiga con aranceles; la segunda, con excomunión MAGA. Y cuando eso no basta, añade una guerra con Irán para rematar la catequesis: más cara la compra, más caro el petróleo, más ruido marcial, más culto al líder. Lo llaman grandeza nacional porque “te estamos empobreciendo para que te sientas sometido” suena menos heroico en campaña. Y todo aderezado con unas gotas de odio al extranjero.

En resumen: el fascismo italiano quiso convencer a un país de que comer pasta era decadente; Trump intenta convencer al suyo de que pagar más, guerrear más y pensar menos es patriotismo. La pasta, al menos, llenaba el estómago. MAGA, en cambio, te vacía la cartera, te llena la pantalla de épica de saldo y luego te manda a celebrar que el barril suba mientras bombardean Irán. Del spaghetti a Ormuz: la misma charlatanería imperial, solo que ahora con gorra roja y petróleo caro.

Pero la gente, como las amas de casa resistentes napolitanas, no cree cualquier paparruchada por mucho tiempo, y Hungría le dio la vuelta al calcetín.

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