Trump quería Groenlandia y consigue bases, pero no la isla

Estados Unidos amplía considerablemente su presencia militar en el Ártico, pero el acuerdo reafirma la soberanía del Reino de Dinamarca y reconoce el derecho de autodeterminación de los groenlandeses

26 de Septiembre de 2026
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Groenlandia, el Ártico y la OTAN: cuando el aliado empieza a ser el problema

Donald Trump quería Groenlandia y el nuevo acuerdo entre Estados Unidos, Dinamarca y el Gobierno groenlandés permite medir hasta dónde consiguió llegar y dónde tuvo que frenar. Durante meses habló de la isla como una necesidad estratégica para Estados Unidos, insistió en que Washington debía hacerse con ella y llegó a negarse a descartar el empleo de la fuerza militar o de la presión económica para conseguirlo, llevando la relación con Dinamarca, uno de sus aliados históricos dentro de la OTAN, hasta un grado de tensión difícilmente imaginable antes de que el presidente estadounidense decidiera convertir un territorio autónomo de apenas 57.000 habitantes en una de las grandes obsesiones geopolíticas de su segundo mandato.

Ocho meses después, Trump se ha sentado en Nueva York junto a la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, y el jefe del Gobierno groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, para firmar un acuerdo sobre Groenlandia que amplía de manera considerable la presencia militar estadounidense en la isla. El presidente norteamericano lo presentó como un pacto «tremendo» y aseguró que proporciona a Estados Unidos el control que necesita para garantizar su seguridad en el territorio, aunque la letra del documento resulta bastante más precisa que la retórica con la que Washington ha acompañado toda esta crisis.

Estados Unidos obtiene una posición militar privilegiada en una de las regiones que previsiblemente ganarán mayor importancia estratégica durante las próximas décadas, pero no obtiene Groenlandia. El acuerdo reconoce expresamente la soberanía danesa y la integridad territorial del Reino de Dinamarca y consagra también el derecho de autodeterminación de los groenlandeses, al tiempo que Nuuk deja de ocupar el papel de territorio sobre el que negocian Washington y Copenhague para convertirse en parte firmante de un pacto que afecta directamente a su futuro.

La distancia entre lo que Trump reclamaba cuando comenzó la crisis y aquello que finalmente ha firmado permite comprender el alcance real del acuerdo. Washington refuerza sustancialmente su posición en el Ártico, consigue garantías frente a la entrada de potenciales adversarios y amplía sus posibilidades operativas, pero acepta hacerlo dentro de un marco que mantiene la soberanía danesa y reconoce a Groenlandia como interlocutor político. Después de tantos meses de amenazas, queda inevitablemente la pregunta de si resultaba necesario someter a dos aliados de la OTAN a semejante tensión para conseguir mediante una negociación buena parte de lo que Estados Unidos ya estaba en condiciones de reclamar dentro de una relación defensiva que existe desde 1951.

Estados Unidos gana terreno militar en el Ártico

Presentar el acuerdo como una derrota de Trump porque no consigue la isla sería tan inexacto como aceptar sin matices la proclamación de victoria de la Casa Blanca, ya que, desde el punto de vista estratégico, Washington consigue un pacto extraordinariamente favorable que revierte décadas de reducción progresiva de su presencia militar en Groenlandia.

Estados Unidos ya dispone de la base espacial de Pituffik, en el noroeste de la isla, fundamental para la alerta temprana de misiles, la defensa antimisiles y la vigilancia espacial. La presencia estadounidense, que durante la Guerra Fría llegó a extenderse por numerosas instalaciones y a reunir a miles de militares, se había reducido con el paso de las décadas hasta quedar concentrada principalmente en esa instalación.

El nuevo acuerdo cambia esa tendencia mediante la creación de dos nuevas áreas de defensa, una en Narsarsuaq, al sur de Groenlandia, y otra en Mestersvig, en el este. La primera recupera para fines militares estadounidenses una localización utilizada durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, en tanto que la segunda se encuentra en una zona empleada actualmente por Dinamarca y por la conocida patrulla Sirius. Trump ya ha anunciado su intención de desarrollar allí dos importantes instalaciones militares.

Las fuerzas estadounidenses dispondrán además de una amplia capacidad de movimiento entre las distintas áreas defensivas y podrán utilizar accesos terrestres, marítimos y aéreos. Frederiksen ha explicado que buena parte de esos derechos proceden del acuerdo de 1951, que ya permitía los desplazamientos militares entre áreas de defensa y la navegación de buques estadounidenses por aguas territoriales groenlandesas, aunque el nuevo pacto amplía algunas capacidades y contempla que los submarinos estadounidenses puedan navegar sumergidos por esas aguas.

También se abre la puerta a modernizar y ampliar las actividades estadounidenses en Pituffik y a desarrollar nuevas infraestructuras vinculadas a la defensa antimisiles, incluido el sistema que Washington denomina Golden Dome, de manera que el resultado final supone una ampliación de la presencia estadounidense en Groenlandia de una dimensión que no se producía desde la Guerra Fría.

El acuerdo sobre Groenlandia mantiene la soberanía danesa

El contenido territorial del acuerdo marca una distancia considerable respecto al discurso empleado por Trump durante los momentos más tensos de la crisis, cuando sostuvo que Estados Unidos necesitaba hacerse con Groenlandia, se negó a descartar la coerción económica o militar y llegó a afirmar que, «de una forma u otra», Washington acabaría controlando la isla. Aquellas declaraciones desencadenaron una crisis extraordinaria dentro de la OTAN y obligaron a Dinamarca y Groenlandia a afrontar durante meses una negociación con un aliado que hablaba abiertamente de alterar la soberanía de su territorio.

El documento firmado el 22 de septiembre establece un marco diferente, puesto que reconoce y respeta expresamente la soberanía y la integridad territorial del Reino de Dinamarca y reconoce también al pueblo groenlandés como un pueblo con derecho de autodeterminación, dos cuestiones que Frederiksen ha explicado que constituían líneas rojas de Copenhague durante las negociaciones.

Estados Unidos consigue así derechos militares muy amplios sin adquirir soberanía sobre Groenlandia, aunque tampoco resulta prudente convertir el acuerdo en una renuncia definitiva de Trump a sus anteriores ambiciones territoriales. Cuando se le preguntó directamente si la posibilidad de adquirir la isla quedaba definitivamente descartada, el presidente estadounidense evitó responder, por lo que resulta más preciso considerar que el pacto aparca el conflicto territorial que dar por enterrada una pretensión a la que Trump no ha renunciado expresamente.

Groenlandia consigue sentarse a la mesa

Una de las novedades políticas más significativas del acuerdo reside precisamente en el papel reservado a Groenlandia, que durante buena parte de esta crisis fue tratada internacionalmente como si el debate consistiese simplemente en determinar si debía continuar vinculada a Dinamarca o pasar a manos de Estados Unidos.

El pacto de defensa de 1951 sobre el que descansa históricamente la presencia militar estadounidense fue firmado por Washington y Copenhague, pero setenta y cinco años después Groenlandia aparece como parte firmante del nuevo acuerdo, junto con Dinamarca y Estados Unidos, una modificación que refleja tanto la evolución de su autogobierno como la imposibilidad política de continuar negociando su futuro sin la participación directa de sus habitantes.

Nielsen destacó después de la firma que el documento reconoce a los groenlandeses como un pueblo con derecho a la autodeterminación y, simultáneamente, como parte de la seguridad común del Ártico. Esa formulación adquiere especial importancia en una isla donde existe desde hace años un debate político sobre una eventual independencia de Dinamarca y donde las amenazas estadounidenses despertaron el temor de que el futuro del territorio pudiera terminar decidiéndose entre dos capitales situadas a miles de kilómetros.

El acuerdo tampoco establece una fecha de expiración y contempla la posibilidad de una futura independencia. En ese supuesto, Groenlandia asumiría los derechos y obligaciones que actualmente corresponden a Dinamarca y mantendría su vinculación con la OTAN, lo que proporciona a Washington una garantía de continuidad de su relación militar incluso si algún día cambia el vínculo constitucional entre Nuuk y Copenhague.

China y Rusia, detrás de la batalla por Groenlandia

El segundo gran beneficio estratégico para Washington se encuentra en las restricciones establecidas frente a terceros países, ya que el acuerdo impide que un Estado ajeno a la OTAN pueda instalar en Groenlandia infraestructuras militares tripuladas o no tripuladas o mantener una presencia militar persistente sin el consentimiento de las partes, además de incorporar mecanismos destinados a impedir determinadas inversiones extranjeras consideradas incompatibles con la seguridad de la isla y de la Alianza.

Frederiksen ha explicado que los países de la Unión Europea, los miembros de la OTAN y sus socios podrán seguir invirtiendo en Groenlandia, pero quedarán excluidas de ámbitos sensibles aquellas inversiones procedentes de actores extranjeros que puedan amenazar la seguridad, una formulación que dirige inevitablemente la atención hacia China y Rusia aunque el acuerdo no necesite convertirlas permanentemente en protagonistas nominales.

Groenlandia ocupa una posición excepcional entre Norteamérica, Europa y el Ártico y dispone además de importantes recursos minerales en un momento en el que Estados Unidos y la Unión Europea intentan reducir su dependencia exterior en materias primas críticas. La preocupación estadounidense por una eventual penetración económica china viene de lejos y el peso militar ruso en el Ártico constituye una cuestión estratégica para toda la OTAN, de modo que el nuevo marco proporciona a Washington, Copenhague y Nuuk instrumentos adicionales para impedir que inversiones económicas puedan traducirse en posiciones estratégicas contrarias a los intereses de la Alianza.

Los barcos chinos que Trump veía alrededor de Groenlandia

Que exista una competencia real por el Ártico no significa que todas las afirmaciones utilizadas por Trump para justificar la urgencia de controlar Groenlandia estuvieran respaldadas por la situación sobre el terreno. El presidente sostuvo que alrededor de la isla operaban destructores chinos y rusos y llegó a asegurar que había submarinos rusos «por todas partes», construyendo una imagen de amenaza inmediata que convertía la adquisición del territorio en una necesidad prácticamente urgente para la seguridad estadounidense.

Funcionarios de la OTAN ofrecieron durante las negociaciones una descripción bastante diferente y señalaron que la Alianza no estaba observando actividad china alrededor de Groenlandia y que los movimientos rusos en el Alto Norte no habían experimentado el cambio radical descrito por Trump, con poca o ninguna presencia rusa específicamente en las proximidades de la isla.

Rusia mantiene una presencia militar considerable en el Ártico y China lleva años intentando ampliar su influencia económica, científica y estratégica en la región, por lo que la preocupación occidental posee fundamentos objetivos. El salto que no puede hacerse sin pruebas consiste en transformar esa competencia de largo alcance en la imagen de una Groenlandia rodeada de buques enemigos que Trump utilizó para justificar sus pretensiones territoriales.

Estados Unidos llevaba 75 años dentro de Groenlandia

La paradoja que recorre todo el acuerdo aparece con especial claridad cuando se observa la historia de la presencia estadounidense en la isla, porque Washington no necesitaba adquirir Groenlandia para desplegar fuerzas allí y llevaba 75 años haciéndolo mediante acuerdos con Dinamarca.

Frederiksen recordó después de la firma que el pacto defensivo de 1951 ya permitía a las fuerzas estadounidenses establecer áreas de defensa, desplazarse entre ellas, sobrevolar el territorio, aterrizar en Groenlandia y navegar por sus aguas territoriales. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos llegó además a mantener 17 instalaciones y más de 10.000 efectivos en la isla, una presencia que fue reduciéndose posteriormente como consecuencia de la evolución de las necesidades estratégicas estadounidenses y no porque Copenhague hubiese cerrado Groenlandia a Washington.

El nuevo pacto amplía aquel marco, introduce garantías adaptadas a la competencia contemporánea con Rusia y China y facilita una nueva expansión militar estadounidense, pero la arquitectura básica de cooperación existía desde hacía décadas. Esa continuidad histórica obliga a preguntarse cuánto de la crisis política de los últimos ocho meses resultaba realmente imprescindible para conseguir el resultado finalmente alcanzado.

El propio contenido del acuerdo permite plantear esa cuestión, porque buena parte de las necesidades militares estadounidenses podían resolverse mediante la ampliación del marco existente sin necesidad de abrir durante meses una disputa sobre la soberanía de Groenlandia.

Dinamarca salva sus líneas rojas y acepta más presencia estadounidense

Copenhague afrontaba al comienzo de la crisis una situación excepcional, con el presidente del principal aliado militar de Dinamarca reclamando un territorio perteneciente al Reino y negándose a descartar instrumentos coercitivos para conseguirlo. Frederiksen llegó a advertir de que una acción militar estadounidense contra Groenlandia supondría en la práctica el final de la OTAN, lo que permite medir hasta qué punto una disputa que comenzó con declaraciones de Trump había acabado cuestionando la propia arquitectura de seguridad occidental.

El documento finalmente firmado preserva la soberanía danesa y refuerza al mismo tiempo la dimensión atlántica de la seguridad groenlandesa. Frederiksen ha destacado que la OTAN aparece mencionada reiteradamente y que el acuerdo apuesta por aumentar la planificación, la presencia, los ejercicios y el intercambio de inteligencia en el Ártico, mientras Dinamarca acepta a cambio una expansión considerable de la infraestructura estadounidense y de sus capacidades operativas.

El resultado responde así a una negociación en la que las tres partes obtienen elementos relevantes para sus respectivos intereses. Washington amplía su capacidad militar y dificulta la entrada estratégica de competidores externos, Copenhague preserva la integridad territorial del Reino y Nuuk obtiene reconocimiento como interlocutor político y una afirmación explícita de su derecho a decidir su futuro.

Cuánto costará ampliar la presencia de EEUU en Groenlandia

Una de las cuestiones que el acuerdo deja menos definidas es la financiación de la nueva infraestructura militar, pese a que Trump ha asegurado que reconstruir instalaciones y aumentar la presencia estadounidense en Groenlandia no tendrá coste para Estados Unidos.

El texto conocido no establece un mecanismo suficientemente detallado de reparto de los gastos y el volumen final de la inversión dependerá de las capacidades que el Pentágono decida desplegar. Narsarsuaq dejó hace décadas de funcionar como una gran base estadounidense y Mestersvig dispone actualmente de una infraestructura mucho más limitada, de modo que transformar ambas localizaciones para albergar sistemas modernos de vigilancia, defensa aérea, defensa antimisiles o instalaciones no tripuladas requerirá inversiones cuya dimensión todavía no ha sido precisada.

Hasta que Washington, Copenhague y Nuuk expliquen cómo se financiarán esas infraestructuras, la afirmación presidencial de que Estados Unidos obtendrá la ampliación de su presencia sin asumir costes debe tratarse como una declaración de Trump que el contenido publicado del acuerdo todavía no permite confirmar.

Más seguridad para Washington sin necesidad de cambiar una frontera

El balance final obliga a separar dos cuestiones que durante meses aparecieron mezcladas en el discurso de la Casa Blanca. Estados Unidos tenía motivos estratégicos para querer reforzar su presencia en Groenlandia y el acuerdo responde a buena parte de esas necesidades mediante dos nuevas áreas de defensa, mayores capacidades operativas, la consolidación de Pituffik y garantías frente a una eventual penetración militar o económica de países ajenos a la OTAN.

Lo que el pacto no demuestra es que para alcanzar esos objetivos fuese necesario adquirir Groenlandia, porque precisamente la solución negociada permite a Washington conseguir buena parte de lo que buscaba sin comprar un territorio, modificar una frontera ni asumir su soberanía.

Los ocho meses anteriores dejan además un coste político difícil de cuantificar en un documento diplomático. La disputa deterioró la confianza entre Estados Unidos y sus socios europeos, generó preocupación entre los habitantes de Groenlandia y obligó a la OTAN a enfrentarse a una posibilidad que hasta entonces parecía reservada a ejercicios teóricos: que su principal potencia utilizase amenazas económicas y territoriales contra otro miembro de la propia Alianza.

El acuerdo del 22 de septiembre establece un marco concebido para superar esa crisis, aunque tampoco permite afirmar que Trump haya enterrado definitivamente sus anteriores ambiciones territoriales, porque el presidente evitó responder cuando se le preguntó directamente si había renunciado a adquirir Groenlandia. Lo que sí queda escrito y puede afirmarse sin interpretaciones es que Estados Unidos obtiene más presencia militar, Dinamarca conserva la soberanía y Groenlandia ve reconocido su derecho de autodeterminación.

Trump comenzó esta crisis sosteniendo que Estados Unidos necesitaba Groenlandia y termina firmando un acuerdo que le proporciona buena parte de la seguridad y del acceso estratégico que reclamaba sin entregarle la isla. Para Washington supone un negocio militar muy favorable, para Dinamarca permite cerrar una disputa que nunca quiso abriendo la puerta a una mayor presencia estadounidense y para Groenlandia significa sentarse por fin como parte de pleno derecho en una negociación que durante demasiado tiempo pareció desarrollarse sobre su cabeza.

La gran paradoja de estos ocho meses es que Estados Unidos necesitaba más capacidad militar en Groenlandia, pero nunca necesitó ser dueño de Groenlandia para conseguirla.

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