Trump quería unas elecciones sobre Trump y puede arrepentirse de haberlas conseguido

El presidente convierte las elecciones legislativas en otro plebiscito sobre su figura mientras cae al 33% de aprobación, los demócratas avanzan en los sondeos y el malestar por los precios, aranceles y la guerra de Irán alcanza al electorado republicano

09 de Septiembre de 2026
Actualizado a las 11:04h
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Donald Trump en una imagen de archivo
Donald Trump en una imagen de archivo

Donald Trump lleva una década construyendo una política estadounidense en la que prácticamente todo termina hablando de Donald Trump. Las elecciones que gana son una confirmación de su grandeza, las que pierde contienen alguna anomalía que debe ser investigada, los candidatos republicanos necesitan su bendición, los dirigentes que se apartan de su línea se convierten en traidores y hasta unas elecciones legislativas en las que su nombre no figura en ninguna papeleta han acabado organizadas alrededor de su persona. Puede que esta vez haya llevado el método demasiado lejos.

A menos de dos meses de las elecciones de mitad de mandato, Estados Unidos se encamina hacia algo muy parecido al referéndum que Trump siempre ha querido protagonizar. El problema para él es que una parte considerable del país parece dispuesta a utilizarlo para contestarle que no.

La última encuesta de Financial Times y Focaldata sitúa su aprobación en el 33%, el nivel más bajo registrado por ese estudio durante su segundo mandato. El 57% de los electores asegura encontrarse económicamente peor desde su regreso a la Casa Blanca y los demócratas aventajan a los republicanos en 7,5 puntos en intención de voto genérica. Otro sondeo reciente de NBC sitúa su aprobación en el 36%.

No se trata únicamente del rechazo demócrata, que puede darse por descontado. El deterioro alcanza a independientes y empieza a penetrar en el propio electorado republicano. El respaldo a Trump entre los votantes de su partido ha descendido hasta el 72% en el estudio de Focaldata, su mínimo en esa serie, mientras otra encuesta detecta una caída apreciable de la aprobación intensa entre republicanos y votantes MAGA.

Para cualquier otro presidente, semejantes cifras aconsejarían reducir protagonismo y permitir que los candidatos al Congreso conserven cierta autonomía respecto de la Casa Blanca. Trump ha organizado una convención para hablar todavía más de Trump.

Una convención para celebrar al hombre que preocupa a sus candidatos

El Partido Republicano reúne este 9 y 10 de septiembre a miles de simpatizantes en Dallas para una convención extraordinaria que no tiene equivalente en la historia reciente del partido. Las convenciones nacionales se reservan tradicionalmente para las elecciones presidenciales. Esta no tiene candidato que proclamar ni programa presidencial que aprobar porque el presidente ya está en la Casa Blanca, tiene a Trump.

La propia organización explica que el encuentro servirá para celebrar los logros del presidente, mostrar la fortaleza republicana y unir al país alrededor de su proyecto. Trump pronunciará dos discursos y buena parte del universo MAGA desfilará por un escenario concebido para trasladar a unas elecciones legislativas la liturgia de una campaña presidencial.

La paradoja que intenta evitar la escenografía está fuera del pabellón. Algunos candidatos republicanos que se juegan realmente el escaño prefieren permanecer en sus territorios. Cuanto más competida resulta una circunscripción y más necesarios son los independientes, menos evidente parece que fotografiarse durante dos días bajo un gigantesco cartel de Trump constituya la mejor estrategia disponible.

La explicación aparece en las encuestas. Un 46% de los consultados por Focaldata considera que Trump está dificultando las posibilidades republicanas de ganar en noviembre y un 43% afirma que su respaldo a un candidato reduciría sus probabilidades de votarlo.

Pew había detectado antes una señal todavía más reveladora. El 42% de los electores registrados concibe su voto en estas legislativas como un voto contra Trump. Solo el 22% lo entiende como un voto a su favor.

Trump ha conseguido ser el candidato de unas elecciones en las que no puede presentarse y, según esos datos, también puede terminar convertido en el principal argumento de campaña de quienes quieren derrotar a su partido.

No deja de tener cierta coherencia. Durante años exigió a los republicanos que cada elección funcionara como una prueba de fidelidad personal. Ahora también tendrán que asumir la factura electoral si esa fidelidad deja de resultar rentable.

El bolsillo se rebela contra la edad de oro

La campaña republicana llega además a noviembre con una dificultad que ninguna convención puede resolver mediante iluminación, música y banderas. Los estadounidenses continúan preocupados por el coste de la vida.

Trump regresó al poder prometiendo prosperidad, energía barata y una nueva edad de oro estadounidense. Sus aranceles debían proteger al trabajador nacional, su política energética abarataría los combustibles y su capacidad negociadora devolvería al país una posición de fuerza que terminaría beneficiando a los hogares. La experiencia cotidiana de muchos electores resulta menos cinematográfica.

Los precios siguen ocupando el centro de las preocupaciones, el combustible ha vuelto a encarecerse y la guerra de Irán ha añadido presión sobre una economía que ya soportaba las consecuencias de la política arancelaria. El 57% de los votantes asegura estar peor económicamente bajo Trump. Para un presidente que convirtió la economía en una de las principales acusaciones contra Joe Biden y los demócratas, resulta una cifra bastante más incómoda que cualquier discurso de la oposición. La política tiene una memoria particularmente desagradable con quienes prometen que todo será fácil.

Trump aseguró durante años que los aranceles los pagarían los extranjeros, una explicación extraordinariamente conveniente para vender una política comercial proteccionista. Los aranceles, sin embargo, también terminan trasladándose a costes empresariales y precios internos. Cuando el ciudadano comprueba cuánto paga en el supermercado o en la gasolinera, la teoría sobre quién debía asumir la factura pierde parte de su encanto.

A ello se suma una guerra con Irán que tampoco estaba incluida en la promesa de acabar con las aventuras militares estadounidenses. El presidente que se presentó como el hombre capaz de terminar conflictos ha colocado al país dentro de otro y el desgaste empieza a alcanzar incluso a su base.

Mientras tanto, Trump ha dedicado parte de su energía presidencial a proyectos como el fastuoso salón de baile de la Casa Blanca, una ampliación monumental especialmente fácil de utilizar por sus adversarios en un momento en que millones de estadounidenses responden a las encuestas diciendo que llegan peor a final de mes.

Jon Ossoff lo entendió perfectamente en Georgia. El senador demócrata resumió su ataque presentando a un presidente más interesado en su salón de baile, sus viajes y su corte personal que en hacer el trabajo para el que fue elegido, La Casa Blanca respondió con insultos.

El director de comunicación presidencial, Steven Cheung, llamó a Ossoff «el mayor perdedor cornudo del mundo político». La reacción convirtió una provocación de campaña en una polémica nacional, amplificó el mensaje del senador y terminó proporcionando al demócrata una exposición que difícilmente habría podido comprar.

La Administración que presume de haber devuelto la fuerza y la autoridad a Estados Unidos conserva una extraordinaria facilidad para perder los nervios ante una burla.

Cambiar el mapa cuando el mapa no gusta

El nerviosismo republicano tiene además una traducción institucional mucho más seria que los insultos en las redes. Trump lleva meses presionando a Estados controlados por su partido para modificar los mapas de los distritos electorales antes de noviembre con el objetivo de mejorar las posibilidades republicanas. También ha impulsado medidas dirigidas a restringir o dificultar el voto por correo, utilizado tradicionalmente en mayor proporción por determinados segmentos del electorado demócrata.

El rediseño partidista de distritos no es una invención de Trump ni patrimonio exclusivo de los republicanos. El gerrymandering forma parte de las patologías históricas del sistema electoral estadounidense y ambos partidos han intentado beneficiarse de él allí donde controlan los resortes necesarios.

Lo extraordinario es la naturalidad con la que un presidente que continúa presentándose como víctima permanente de supuestas manipulaciones electorales presiona públicamente para alterar las condiciones de la competición antes de unas elecciones que teme perder.

Trump lleva años denunciando elecciones amañadas y dedica una cantidad considerable de esfuerzo político a conseguir que las reglas le resulten más favorables antes de que los ciudadanos voten.

La contradicción probablemente no le quite el sueño. Su relación con las reglas democráticas ha sido siempre bastante instrumental. Las considera magníficas cuando producen una victoria propia y sospechosas cuando existe la posibilidad de que beneficien a otro.

Las midterms pueden poner a prueba ese método con consecuencias mucho más importantes que la pérdida de algunos escaños.

Los republicanos controlan la Cámara de Representantes por un margen estrecho y mantienen una ventaja mayor en el Senado. Si los demócratas recuperan la Cámara, Trump perderá la facilidad parlamentaria de la que ha disfrutado durante la primera mitad de su segundo mandato. Aparecerán investigaciones, citaciones, comités hostiles y un control institucional que el Congreso republicano ha ejercido con notable moderación sobre la Casa Blanca. El Senado es mucho más difícil, aunque ha dejado de parecer imposible.

Los demócratas necesitan sumar cuatro escaños y varias carreras que deberían resultar cómodas para los republicanos se han convertido en competitivas. Texas y Alaska figuran entre los ejemplos más llamativos. Estados que Trump ganó y donde el Partido Republicano debería afrontar noviembre con tranquilidad aparecen disputados en las encuestas.

No significa que los demócratas vayan a conquistarlos. Faltan semanas, las diferencias son pequeñas, las encuestas pueden equivocarse y los republicanos disponen de una ventaja financiera considerable. Trump controla además una enorme maquinaria de movilización y conserva una fidelidad extraordinaria entre millones de estadounidenses. Subestimarlo electoralmente ya ha producido suficientes cadáveres políticos como para repetir el error.

El problema republicano se llama Donald Trump

Esa capacidad de movilización explica el dilema del partido.Trump continúa siendo probablemente el republicano más eficaz para llevar a las urnas al electorado MAGA y, al mismo tiempo, se está convirtiendo en un poderoso estímulo para que voten quienes quieren detenerlo. El mismo hombre que garantiza entusiasmo en la base puede espantar al independiente necesario para ganar una circunscripción disputada.

El Partido Republicano lleva demasiado tiempo reorganizado alrededor de su figura como para encontrar fácilmente una salida. Trump selecciona candidatos, decide quién merece apoyo financiero, castiga disidencias, condiciona las primarias y conserva cientos de millones de dólares en fondos políticos. Sus candidatos se impusieron en la inmensa mayoría de las primarias republicanas.

El partido obtuvo a cambio una base movilizada y una disciplina política extraordinaria. También aceptó que su suerte electoral quedara vinculada a la popularidad de un solo hombre.

La factura de convertir un partido en una extensión de una personalidad aparece precisamente cuando esa personalidad deja de gustar fuera de su círculo de fieles.

Los demócratas tampoco deberían interpretar las encuestas como una victoria anticipada. Llegan de una derrota presidencial contundente en 2024, conservan divisiones internas importantes y el crecimiento de candidatos situados claramente a la izquierda puede complicar algunas carreras donde los independientes serán decisivos.

Pero disponen de una ventaja que Trump les ha regalado sin necesidad de negociación alguna. No necesitan convertir las elecciones en un referéndum sobre el presidente porque el propio presidente lleva meses haciendo ese trabajo. Dallas constituye la culminación de esa estrategia.

Miles de personas, dos discursos presidenciales, decenas de millones de dólares y un partido entero reunido para celebrar los logros de un dirigente cuya aprobación ronda un tercio del electorado. Trump quiere recorrer además el país durante el último mes de campaña para ayudar personalmente a los candidatos republicanos de los distritos decisivos.

Puede funcionar. Su capacidad para movilizar a sus seguidores sigue siendo formidable y las elecciones estadounidenses se deciden Estado por Estado y distrito por distrito, no mediante una encuesta nacional.

Pero existe una posibilidad bastante menos agradable para el presidente. Que cada aparición recuerde a los votantes aquello que muchos candidatos republicanos preferirían que noviembre decidiera sin mencionarlo demasiado.

Los precios. Los aranceles. Irán. La inmigración llevada hasta extremos que inquietan a parte del electorado. El espectáculo permanente. La confusión entre Gobierno y culto personal. Los intentos de adaptar las reglas electorales. Y una presidencia que prometió devolver el control al ciudadano mientras concentra una cantidad extraordinaria de poder alrededor de un hombre que necesita estar en el centro incluso de las elecciones en las que no aparece su nombre. Trump ha pasado diez años convenciendo a Estados Unidos de que toda elección trata sobre él. Puede que noviembre sea la primera vez que demasiados estadounidenses decidan darle la razón.

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