Trump descubre España

El presidente estadounidense vuelve a señalar a Madrid como aliado incómodo tras la negativa del Gobierno de Sánchez a sumarse a la ofensiva contra Irán

06 de Marzo de 2026
Actualizado a las 20:11h
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Trump descubre España

Donald Trump tiene una forma muy particular de entender las relaciones internacionales. Para él, los aliados se dividen en dos categorías: los que obedecen y los que decepcionan. En esa clasificación improvisada, España acaba de ascender —o descender, según se mire— a una categoría que el presidente estadounidense utiliza con frecuencia cuando alguien se sale del guion: la de país problemático.

En una entrevista concedida a un tabloide neoyorquino, Trump volvió a cargar contra el Gobierno español. Lo describió como un socio poco fiable dentro de la OTAN y lo situó en el grupo de los que, en su opinión, no cumplen con las expectativas de Washington. El tono no fue diplomático ni ambiguo. Fue el mismo que el presidente estadounidense suele reservar para sus adversarios políticos domésticos.

El problema es que esta vez hablaba de un aliado.

La política exterior según Trump

Las relaciones entre Estados Unidos y España han atravesado muchos momentos tensos en las últimas décadas. Pero pocas veces se habían expresado con una retórica tan primaria.

Trump no habla de aliados como lo hacen las cancillerías. Habla de ganadores y perdedores, de socios que “juegan en equipo” y de otros que no lo hacen. El lenguaje recuerda más a una negociación empresarial que a una conversación entre Estados soberanos.

En esta ocasión el motivo del enfado vuelve a ser el mismo que ha dominado las últimas semanas: la negativa del Gobierno de Pedro Sánchez a permitir el uso de las bases de Rota y Morón en el marco de la ofensiva militar contra Irán.

Desde la Moncloa se ha respondido con un mensaje que en la política española tiene resonancias muy reconocibles: el rechazo a entrar en una guerra sin cobertura internacional. Un argumento que remite inevitablemente al recuerdo de la invasión de Irak y a las movilizaciones masivas que marcaron la política española hace dos décadas. Trump, por supuesto, no tiene ningún interés en ese contexto histórico.

La crítica estadounidense llega además en un momento particularmente delicado. La guerra abierta en Oriente Próximo está ampliando su radio de tensión y Washington busca consolidar un bloque de apoyos que legitime la intervención. En ese escenario, cualquier aliado que muestre reservas se convierte automáticamente en un problema político. España no es, ni mucho menos, el único país europeo que ha mostrado cautela ante la ofensiva. Pero sí ha sido uno de los pocos que lo ha hecho de forma explícita.

La respuesta del Gobierno ha sido clara: las bases militares en territorio español no pueden utilizarse para operaciones que no cuenten con respaldo jurídico internacional. En términos diplomáticos es una posición perfectamente defendible. En el universo político de Trump, en cambio, se interpreta como una deslealtad.

Europa mira de reojo

La escena ha dejado también una imagen incómoda para la Unión Europea. Mientras Trump lanzaba sus reproches, varios líderes europeos optaban por el silencio. La ministra de Defensa española, Margarita Robles, lo expresó con una franqueza poco habitual en la política internacional: esperaba un mayor respaldo de los socios europeos.

La cuestión no es menor. La política exterior de Trump siempre ha tenido un elemento constante: la presión directa sobre los aliados para obligarlos a alinearse con la estrategia estadounidense. En el pasado esa presión se ejercía mediante conversaciones privadas. Con Trump se convierte en espectáculo público.

Hay algo paradójico en el reproche estadounidense. España mantiene un compromiso militar considerable dentro de la OTAN, con tropas desplegadas en distintos escenarios y contribuciones a sistemas de defensa colectiva. El propio secretario general de la Alianza Atlántica ha recordado en las últimas horas ese papel, subrayando la participación española en misiones clave. Pero ese argumento técnico importa poco en la lógica política de Trump. Para él, la cuestión se reduce a un indicador muy concreto: el gasto en defensa.

Desde hace años el presidente estadounidense insiste en que los aliados europeos deberían elevar su inversión militar hasta niveles que algunos gobiernos consideran políticamente inasumibles. España, como otros países europeos, ha preferido avanzar de forma gradual. Ese matiz, en la narrativa trumpista, se convierte en una prueba de falta de compromiso.

La polémica vuelve a poner sobre la mesa un debate que reaparece cada cierto tiempo en la política española: el equilibrio entre la alianza atlántica y la autonomía de la política exterior. España es un socio estratégico de Estados Unidos desde hace décadas. Pero también forma parte de una Unión Europea que intenta, con mayor o menor éxito, construir una voz propia en los conflictos internacionales.

Trump, con su estilo directo y su particular concepto de diplomacia, lo ha convertido en algo todavía más visible. Porque cuando el presidente estadounidense habla de aliados, no parece referirse a países con intereses propios. Más bien a socios que deberían pensar exactamente lo mismo que Washington, y España, esta vez, ha decidido no hacerlo.

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