La historia estratégica de Estados Unidos tiene proyectos que nacen como promesas tecnológicas y terminan revelando algo más profundo sobre la relación entre poder político, industria y seguridad nacional. El ambicioso sistema antimisiles Golden Dome for America, impulsado durante el segundo mandato de Donald Trump, parece encaminarse hacia ese territorio.
El programa, inspirado en el sistema israelí Iron Dome, pretende construir un escudo de defensa capaz de interceptar misiles desde tierra, mar y espacio. Su escala financiera es colosal: el Departamento de Defensa de Estados Unidos ha reservado hasta 151.000 millones de dólares para su desarrollo, distribuidos entre más de dos mil empresas tecnológicas, aeroespaciales y militares.
Pero la arquitectura de ese gigantesco programa industrial revela una historia menos heroica que la de la defensa nacional. Varias de las empresas que ya han recibido contratos pertenecen o están controladas por Cerberus Capital Management, el fondo de inversión fundado por el multimillonario Steve Feinberg.
La particularidad es que Feinberg ya no es solo un inversor. Desde 2025 ocupa el cargo de subsecretario de Defensa, el segundo puesto más poderoso del Pentágono.
En teoría, el magnate ha vendido su participación en el fondo antes de asumir el cargo público. Sin embargo, sus documentos éticos contienen una cláusula singular: puede seguir utilizando a Cerberus para servicios de contabilidad, fiscalidad y cobertura sanitaria sin una fecha límite definida.

Para los expertos en ética gubernamental, el problema no es únicamente legal. Es estructural. La percepción de conflicto de intereses puede ser tan corrosiva como el conflicto mismo, especialmente cuando se trata de contratos militares de enorme valor.
El propio Feinberg supervisa la oficina que coordina el programa Golden Dome. Aunque el Pentágono insiste en que no participa directamente en la adjudicación de contratos, la arquitectura institucional sitúa el proyecto bajo su paraguas estratégico.
La advertencia recuerda inevitablemente a la pronunciada en 1961 por Dwight D. Eisenhower, cuando el presidente saliente alertó sobre el crecimiento del complejo militar-industrial. Aquella frase, pronunciada en el contexto de la Guerra Fría, se ha convertido en una lente útil para interpretar la política de defensa estadounidense contemporánea.
Golden Dome no es simplemente un programa tecnológico. Es también un gigantesco estímulo industrial, capaz de redistribuir decenas de miles de millones de dólares entre empresas privadas con vínculos cada vez más estrechos con la administración que decide su destino.
Además, el propio Donald Trump ha firmado órdenes ejecutivas sobre actividades en las que él tiene intereses directos. Para verificarlo, publicamos la declaración de bienes del presidente de los Estados Unidos.