La imagen de decenas de miles de personas entrando en Ceuta desde Marruecos ha sido convertida por Donald Trump y la ultraderecha estadounidense en una pieza de propaganda política tan previsible como interesada. El presidente norteamericano habló de “invasión”, su vicepresidente JD Vance la presentó como el síntoma de una decadencia occidental provocada por la izquierda globalista y el embajador ante la UE, Andrew Puzder, acusó a Madrid de no tener determinación para combatir la inmigración ilegal. El problema no es que Washington critique la gestión española; el problema es la obscena selectividad moral con la que lo hace, porque esa misma ultraderecha ha alimentado, tolerado o incluso legitimado la posición marroquí sobre Ceuta y Melilla cuando le ha convenido políticamente.
La indignación de Trump no nace de una repentina preocupación por la soberanía española, ni de un arrebato de defensa del derecho internacional, ni de un interés genuino por la estabilidad de Ceuta. Nace de una conveniencia política interior. El episodio sirve para reforzar su narrativa antiinmigración, para movilizar a su base y para retratar a la izquierda global como responsable del colapso de las fronteras occidentales. En ese marco, España no es un aliado al que proteger, sino un ejemplo útil para la campaña republicana. La retórica de Trump transforma una crisis fronteriza europea en un mitin doméstico, como si el drama de Ceuta fuera apenas un decorado exótico para su guerra interna.
Pero el cinismo va más allá. Mientras Trump y Vance fingían horror ante la llegada masiva de migrantes a la ciudad autónoma, el propio sistema político estadounidense ha mostrado una indulgencia sorprendente con las reivindicaciones territoriales marroquíes. Un informe presupuestario aprobado por la Cámara de Representantes describió Ceuta y Melilla como ciudades administradas por España pero situadas en territorio marroquí, y respaldó esfuerzos diplomáticos para promover el diálogo entre Madrid y Rabat sobre su futuro estatus. Ese lenguaje no cambia por sí mismo la política oficial de Estados Unidos, pero sí revela algo peor: el establishment republicano está dispuesto a coquetear con la narrativa marroquí cuando eso sirve para castigar a España.
Eso convierte la indignación actual en una hipocresía estratégica. Porque no es cierto que la derecha estadounidense defienda la integridad territorial de España con convicción. Lo que hace es usarla como arma contra un Gobierno español que ha osado contrariar a Washington en varios frentes. Pedro Sánchez se opuso a la guerra contra Irán, se negó a dar espacio aéreo a Estados Unidos para atacar Teherán, criticó con dureza el genocidio de Gaza y ha presionado dentro de la UE para suspender el acuerdo comercial con Israel. Marruecos, por el contrario, se alineó con los Acuerdos de Abraham y se consolidó como socio útil de la agenda regional de Estados Unidos e Israel. La posición de Trump frente a Ceuta se entiende mucho mejor si se lee como un castigo a Sánchez que como una defensa de España.
La crisis de Ceuta, además, fue rápidamente utilizada por la Casa Blanca como munición ideológica. Trump la comparó con una invasión; Vance habló de una invasión de Occidente; y figuras del entorno republicano presentaron la escena como advertencia para el electorado estadounidense. La lógica es tan burda como eficaz: si España aparece desbordada, la frontera sur de Estados Unidos se convierte en el siguiente capítulo de la misma película. Pero ese relato elimina deliberadamente lo esencial: la crisis no fue diseñada por Washington ni por la opinión pública estadounidense, sino por Marruecos, que ha utilizado reiteradamente la migración como palanca guerra híbrida contra Madrid.
Reuters y otros medios internacionales han documentado que la avalancha de Ceuta se produjo en paralelo a una relajación del control marroquí y a un contexto diplomático muy concreto: la visita de Sánchez a Argelia para recomponer una relación deteriorada por el giro español sobre el Sáhara Occidental. Diario Sabemos mantuvo ese mismo posicionamiento desde el primer minuto de la entrada de más de 70.000 personas a Ceuta. La visita a Argelia no fue la causa estructural del problema, pero sí el detonante geopolítico que Rabat aprovechó. Marruecos no necesita inventar la crisis migratoria; le basta con activar una frontera porosa para recordarle a España que puede provocar dolor político cuando quiera. Trump lo sabe, pero prefiere mirar hacia otro lado porque el enemigo es Sánchez, no Mohamed VI.
Ahí está el corazón del asunto. La ultraderecha estadounidense grita contra la inmigración masiva, pero al mismo tiempo ha contribuido a normalizar el discurso marroquí sobre Ceuta y Melilla. La legislación y los informes del Capitolio pueden no tener fuerza ejecutiva directa sobre la soberanía de las ciudades autónomas, pero sí envían una señal política devastadora: el Congreso republicano está dispuesto a tratar la cuestión territorial española como una moneda de cambio. Eso es un golpe a la línea de flotación de España y, por extensión, una legitimación indirecta de la presión marroquí. No se puede fingir alarma ante los migrantes que cruzan y, al mismo tiempo, allanar el camino para que se cuestione el territorio al que llegan. Esa contradicción es demasiado gruesa para pasarla por alto.
La posición histórica de Estados Unidos respecto a Marruecos explica buena parte de esta incoherencia. Durante décadas, Washington ha visto a Rabat como un aliado estable en el Magreb, un socio útil en seguridad, inteligencia y contrapeso regional frente a Argelia. Esa visión ha sobrevivido a todos los cambios de administración y ha reforzado la idea de que Marruecos merece indulgencia por su valor estratégico. En la práctica, eso significa que Estados Unidos está dispuesto a pasar por alto el uso político de la migración, las tensiones sobre el Sáhara Occidental o las reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla siempre que Rabat siga siendo funcional a sus intereses. La defensa de España, en ese esquema, ocupa un lugar secundario o directamente irrelevante.
Esa tradición explica también por qué el republicanismo duro ha llegado a la paradoja de atacar a Sánchez usando argumentos que terminan favoreciendo al propio Marruecos. Cuando la Cámara cuestiona la soberanía española sobre los enclaves, cuando congresistas y asesores ultraconservadores alimentan la idea de que Marruecos debería ser respaldado frente a Madrid como represalia política, el mensaje que recibe Rabat es claro: la guerra híbrida funciona. España puede ser castigada no solo por su política migratoria, sino por su insubordinación al Washington de Trump. La supuesta defensa de Occidente se convierte entonces en una estrategia de subordinación del aliado europeo al eje de poder estadounidense-israelí.
No es casual que este coro de indignación coincida con una guerra ideológica más amplia. Trump necesita Ceuta para su cruzada interna contra los demócratas. Vance necesita Ceuta para afirmar que la izquierda globalista abre las puertas de la civilización al caos. El Departamento de Estado, en tono más institucional pero no menos ideológico, insinuó que las políticas de Sánchez habían facilitado la migración masiva. Y el embajador ante la UE se sumó a la crítica como si España fuera un eslabón débil de la cadena occidental. Lo que se está produciendo no es solidaridad atlántica; es instrumentalización política de una crisis ajena.
Ese uso instrumental resulta todavía más obsceno cuando se recuerda que la crisis se estabilizó en gran parte gracias a la respuesta de las fuerzas de seguridad españolas, que lograron frenar el flujo y devolver a la mayoría de los entrantes a Marruecos en poco tiempo, sin que los migrantes llegaran a la Península. Es decir, la escena de colapso civilizatorio que Trump explotó no se correspondió con la realidad completa de la operación. Ceuta soportó una crisis gravísima, sí, con muertos, saturación y dramatismo. Pero la respuesta española fue más rápida y eficaz de lo que sugirió la propaganda republicana. Aun así, la derecha estadounidense prefirió el encuadre de la “invasión” porque sirve mejor a su relato electoral.
El caso revela, además, la estrecha relación entre la política exterior española y su vulnerabilidad frente a presiones externas. Sánchez ha ganado enemigos en Washington y en Tel Aviv por motivos sustantivos: su negativa a facilitar ataques contra Irán, su crítica al trato de Israel a Gaza y su disposición a cuestionar la arquitectura comercial preferente entre la UE e Israel. Marruecos, mientras tanto, se beneficia de una alianza mucho más cómoda con el poder estadounidense e israelí. El resultado es una pinza política en la que Rabat se fortalece y Madrid queda expuesta. Pero si Estados Unidos convierte esa exposición en arma, entonces deja de ser un aliado mediador y pasa a ser parte del problema.
No hace falta ser ingenuo para entenderlo. Trump no actúa por defensa de España, sino por cálculo. Y la prueba está en el doble rasero: dramatiza la supuesta porosidad de Ceuta mientras su propio partido legitima en el Congreso el lenguaje que cuestiona la soberanía española sobre la ciudad. En otras palabras, el mismo movimiento que denuncia la crisis como invasión ayuda a consolidar el marco marroquí que hace posible esa presión. Es una forma de complicidad sin responsabilidad aparente. Lo bastante ruidosa para parecer principio, lo bastante ambigua para seguir siendo maniobra.
Lo más grave es que esa hipocresía no es una excepción coyuntural, sino la forma normal en que Washington ha tratado a Marruecos cuando sus intereses regionales han estado en juego. Lo que para España es coerción, para Estados Unidos es estabilidad aliada; lo que para Madrid es integridad territorial, para la derecha republicana puede convertirse en un asunto negociable; lo que para el derecho internacional es soberanía, para el establishment de Trump es una ficha más en un tablero de castigos y recompensas. Y mientras esa lógica siga vigente, cada crisis en Ceuta será explotada por la ultraderecha estadounidense como arma propagandística, aunque ello implique alimentar la misma presión marroquí que dice repudiar.
Por eso la indignación de Trump ante Ceuta no merece ser tomada como un gesto de defensa occidental, sino como lo que realmente es: una operación de cinismo político que utiliza la guerra híbrida en la frontera sur de España para ajustar cuentas con Sánchez, disciplinar a un aliado que no se pliega y mantener intacta la vieja indulgencia de Washington hacia Marruecos. Si la soberanía española se debilita, no es por la supuesta alarma moral republicana, sino porque Estados Unidos lleva décadas premiando a Rabat por su utilidad estratégica mientras exige a Madrid que aguante en silencio. Ese es el verdadero trasfondo de la crisis. Y ese es también el motivo por el que la bronca de Trump suena, más que a preocupación, a hipocresía con acento imperial.
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