Sé lo tuyo, ¿hablamos?

Policías, abogados, detectives privados, periodistas, psicoterapeutas, sacerdotes, chóferes o empleados domésticos acaparan el conocimiento de la privacidad ajena. Su gestión, una cuestión clave y polémica

09 de Mayo de 2026
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Sabino Fernández Campo Juan Carlos I Sé lo tuyo

La existencia humana acumula datos personales. También vecinales, familiares, de amistades, compañeros o jefes. Continuamente alojamos conocimiento que nace de nuestras relaciones. Saber de sí o de terceros es una jungla. Hay desde estándares vitales, glorias y bondades, maldades y toxicidades, hasta salvajismo, excesos y lo ilícito. O encontramos el corazón más generoso y solidario. Difícil, a veces, hallar el término medio.

Lo de saber sobre sí mismo lo dejaremos para la meditación (mindfulness), el psicoanálisis o la terapia cuando vienen bien puntos de mejora. La versión psicológica del saber, a veces demasiado, sobre otros/as genera una carga emocional y cognitiva. Puede afectar tanto al bienestar como a la relación que exista con quien sepamos más allá de lo debido.

Esta es la parte buena del tema. La peor, para las mentes más oportunistas, ven tajada por sacar o –acaso- armonizar lo malo propio con maldades ajenas. Esta realidad consuela, pero no arregla nada. Como veremos.

Si bien, inicialmente, nos contagiamos emocionalmente al saber lo que no deberíamos, después la sensación es de entender lo que bulle en la praxis ajena o bien de rechazarlo aplicando códigos y pautas personales. Es decir, conocer una hipocresía ajena tendría triplete: primero no se entiende, después se explica y al final se rechaza la incongruencia.   

Profesiones de riesgo

Hay oficios que, por su práctica, saben de secretos ajenos. Nos referimos a policías, abogados, detectives privados, periodistas, psicoterapeutas, sacerdotes, chóferes o empleados domésticos. A veces son los únicos que saben de lo inconfesable, de lo que es íntimo y secreto a la vez. Estas profesiones son privilegiadas para hacer temblar a quien posee el secreto. La aduana de la reserva profesional es porosa, en bastantes ocasiones. 

En otras actividades (fisioterapeutas, notarios, médicos, coach personales…) guardar confidencias que se relatan en el marco de la confianza y la seguridad de la reserva pasa algo parecido. Quienes poseen los secretos están seguros que jamás se difundirán, pero al existir conflictos entre estos y los referidos profesionales puede ser volcánica la revelación.

Hablamos de situaciones de deslealtad, diferencias dinerarias irreconciliables, difamaciones, envidias… La condición humana en sus peores momentos oficia a la perfección esa maldad de desvelar lo que no se debe. Si consideramos que algunos oficios son de riesgo por lo que pueden llegar a saber en el ejercicio de sus funciones, se añade la posibilidad malvada de pivotar el más allá de la indiscreción. 

La interdependencia

Sumamos riesgos. Saber "demasiado", guste o no, puede borrar los límites personales, hasta llegaría a perturbar la propia identidad. Hay periodistas, por ejemplo, cuyo estatus y cotización se mide más por lo que callan o dejan inédito, que por lo que difunden en crónicas. Ese profesional más que nombre y apellidos acarrea la etiqueta, ante colegas y competidores, de los ‘casos’ que conoce desde los adentros, los revele o no.

En estos terrenos podríamos hablar de codependencia. Ocurre cuando la identidad y autoestima empiezan a depender de factores y datos ajenos. Las emociones se vuelven reactivas, es decir, ese o esa periodista no son neutrales para custodiar los secretos que saben. Y se abren brechas.

Ilustremos con dos situaciones este tema tan palpitante. La primera sitúa a una sagaz periodista frente al general Sabino Fernández Campos. Fue años asistente del hoy Rey Emérito Juan Carlos I. En época de tabú sobre la Casa Real española preguntó al militar por infidelidades del monarca, sabedora que las conocía. Respondió Don Sabino: “Lo que usted quiere saber no lo puedo contar y lo que puedo [contarle] a usted no le interesa”.

La segunda sitúa al general Bill Donovan al frente del OSS (hoy CIA) en tiempos bélicos (IIGM). Un periodista que documentaba una operación de inteligencia quiso contrastar. La respuesta del jefe del espionaje de EEUU fue: “La mejor noticia sobre nosotros es la que jamás se publica”.           

Estos dos ejemplos invitan a pensar que el exceso de información sobre alguien o algo dificulta la toma de decisiones racionales. Bien sobre la persona o institución de la que se ‘sabe demasiado’, o acaso sobre la coherencia e integridad personal de quien custodia los datos que van más allá de lo razonable o debido.  

El contexto del saber plus

Añadimos que cuanto más se sabe, más difícil es percibir la realidad sin asumirla deformada. Hablaríamos, llegados a este punto, de una paradoja del conocimiento. La misma puede llevar a la confusión o incluso quedarnos paralizados al intentar explicar lo que se sabe de más.

Esta especie de síndrome lo padecen los docentes –por ejemplo, de matemáticas– para resolver ecuaciones. Lo que sale de su mente con facilidad se enfrenta a la del alumnado, el que encuentra trabas para resolver la ecuación. Es decir, este profesorado no entiende como no se sabe resolver cualquier problema que su mente lo tiene hecho.   

Saber más de lo debido a veces distorsiona a cualquiera. Tal exceso de información proyecta y dimensiona los propios miedos o voluntades sobre otra persona.

Otra clave del tema que nos ocupa es el impacto en la autoestima. Cuando se compara consigo mismo ese saber de más puede ser destructivo. Suma al respecto una especie de síndrome que vemos en el cine o novelas. Lo sufre el mayordomo. Este personaje se carcome, se revuelve, ante las hipocresías, excesos o caprichos de su jefe. O de la ‘señora de la casa’.

En tal contexto resulta difícil admitir para el subordinado laboral canales comunicativos por los que fluye la ‘vida ideal’ de los empleadores más comunes de la mayordomía: ganadores (winners), aristócratas o millonarios generan sentimientos mayoritarios de casos de servilismo, envidia y ansiedad. Contemplarse mediocre, perdedor (looser), rutinario ante el éxito ajeno tiene tales servidumbres, a veces difíciles de franquear.

Internet, la prensa rosa y las redes sociales vehiculan estas verdades que etiquetan como ‘tiesos’ a una mayoría superviviente e irredenta. Constatan, tales verdades, que difícilmente aceptamos el ‘venirse a menos’. La clase media tuvo funeral, la enterró el siglo XXI. También que los winners (triunfadores) van allá de la suerte o de la herencia. Saben bien la diferencia entre trabajar bajo rutinas y ganar dinero sin escrúpulo.    

Inicialmente, nos contagiamos emocionalmente al saber lo que no deberíamos, pero después la sensación es de entender lo que bulle en la praxis ajena o bien rechazarlo aplicando códigos y pautas personales

Añadimos sobre la cuestión que la salud mental debe protegerse y mimarse. Cualquier psicólogo (o acaso psiquiatra en casos más patológicos) es siempre una herramienta eficaz.

La víctima del ‘saber demasiado’, si irrumpe en cualquier trastorno, recibe ayuda del profesional que elija para establecer, con lenguaje y terapia precisa, los límites claros para cuidarse superar el trance. Sobre todo, antes de soportar el peso emocional y miserias mentales o existenciales de los demás. De los que llevan el paciente al profesional.

El socorrido chantaje

La cara b de ‘saber demasiado’ trasgrede las normas que nos permiten convivir allá donde estemos. Sea por cansancio, rutina insoportable, envidia o el sueño de ganar dinero fácil encontramos a quienes rentabilizan lo que saben de más. Así creen resolver su mediocridad, jubilarse sin dar golpe o robar al sobrado o que no merece fortuna.

La extorsión la castiga nuestro Código Penal (artículo 243) de 1 a 5 años de cárcel. Hablamos de quien “con ánimo de lucro obligue a otro mediante violencia o intimidación a realizar u omitir un acto o negocio jurídico en perjuicio de su patrimonio o el de un tercero”. Lo más prosaico del chantaje se define como “forzar a alguien a realizar, tolerar u omitir un acto (habitualmente económico) para obtener un lucro ilícito, usando la violencia o la intimidación”.

Por regla general quienes extorsionan con lo que saben, tienen o inventan no usan la violencia, ni intimidan. Contactan, directa o indirectamente, con su presa y comparten parte mínima de lo que ‘ofertan’ para sustanciar su fechoría. Después, establecen medios de pago ‘seguros’ que avalen inmunidad e impunidad. Los chantajistas suelen conocer a su víctima.  

Quienes conocen estas ilegítimas prácticas por razones profesionales insisten que quien paga la primera vez está condenado a desprenderse de más dinero, en el presente o futuro. A veces, repetimos, quien extorsionan conocen bien a sus presas. El miedo ajeno, el pánico de saberse ‘descubierto’ es parte del negocio y tasa las cifras del chantaje.

Es grave error pagar rápido. Se obra así en la creencia de librarse de quien chantajea. Al revés, los que cobran por tan despreciables menesteres se vienen arriba para redoblar su transgresión. Estamos ante un tema más serio de lo que parece. No pueden imaginarse lo ojos lectores la de personas que están sometidas a toda clase de chantajes: sobre vicios inconfesables, hábitos depravados, testigos ‘incómodos’ o de delitos, sobre el turbio pasado.

La moneda de cambio para que el silencio del secreto perdure suele ser dinero, bienes (pisos, autos, joyas, cuadros…), sexo no consentido, activar calumnias o injurias y ese largo etcétera que sólo cabe en la mente malvada de quien extorsiona constatando el éxito de la transgresión.        

Los chantajes también los hay emocionales. Saber de trastadas, traumas, o gamberradas de niñez o juventud para muchos adultos representa grave incomodidad. Revelar hábitos, vicios o degeneraciones de terceros en mentes malvadas equivale a negocio seguro. De diez candidaturas a chantaje alguien paga. Ese es el marco en el que se mueven estos personajes que sólo ansían dinero fácil a cambio de nada.

Una vez más servirse del psicólogo, si el tema es liviano, es más que una herramienta. La ayuda profesional oxigena, desbloquea. La psicoterapia rebaja la temperatura de la indignación cuando alguien se incendia ante la inesperada llamada a la puerta de chantajista vil. Escalones más arriba de la extorsión cuando ésta puede documentarse aconseja visitar una comisaría o acudir a la abogacía para defenderse del delito. La denuncia penal o demanda para restaurar honra nunca está de más. La Justicia es precisa a veces porque el grado extorsivo traspasa la lógica. 

De prosperar la extorsión en sus tentativas es más que recomendable contratar a un detective privado con experiencia en tales casos. ADAS (www.adaspain.com), veterana agencia española que opera desde 1983, ha resuelto incontables asuntos donde el chantaje se paralizó. Sale más barato cualquier profesional de los citados (psicólogos, investigadores y/o abogados) que pagar ante sujetos que logran dinerales con maldad.    

Recursos audiovisuales y literarios

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. El celuloide nos regala la teleserie "High Potential" (Disney). Versa sobre Morgan, limpiadora con alto coeficiente intelectual (160). El guion la contrata como consultora la policía de Los Ángeles porque "sabe demasiado". Digamos que ve con preclaridad lo que a una mayoría se nos pasa de largo. "Demasiado" (2025) es otra teleserie de Netflix que bucea en tramas que mezclan misterio y comedia en diez episodios. Hay más. "La mujer que sabía demasiado" (Prime) es un thriller. A una misteriosa dama la implican en trama criminal tras presenciar algo en lugar y momento inoportuno.

Si se opta por disfrutar la mejor literatura hay un título (El hombre que sabía demasiado) que compila relatos de G.K. Chesterton centrados en el detective Horne Fisher. Este investigador es el arquetipo de quien conoce claves y secretos del poder. No obstante, recordamos una regla de oro que escribió hace décadas Agatha Christie: "El detective nunca debe saber más que el lector". Esa verdad mantiene el suspense justo hasta el final.

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