Sánchez se acerca a Trump

La estrategia de Sánchez se asemeja cada vez más al manual de Donald Trump en su deriva ejecutiva y presidencialista. España experimenta con el poder personal en plena fatiga democrática europea.

30 de Diciembre de 2025
Actualizado el 08 de enero de 2026
Guardar
Sanchez Trump
Pedro Sánchez muy sonriente al lado de Donald Trump | Foto: Pool Moncloa

Cuando Pedro Sánchez prometió estabilidad institucional y diálogo, pocos imaginaron que siete años después ensayaría un modelo de gobierno sin Parlamento. Con la legislatura convertida en un campo minado, los socios de investidura fracturados y las derrotas acumuladas en el Congreso, el presidente ha optado por una vía paralela: ejercer el poder a golpe de decreto y escenificar el liderazgo por encima del procedimiento.

La apuesta recuerda menos al tecnócrata europeo y más al populismo ejecutivo de Donald Trump: gobernar por impacto visual, reducir las instituciones a un decorado y ampliar la autoridad en nombre de la eficacia.

Nuevo sistema operativo de Moncloa

En las últimas semanas, los ministros han recibido una instrucción clara: moverse con rapidez y sortear la vía parlamentaria siempre que sea posible. Las prioridades que marca Sánchez son dos, efecto electoral inmediato y autonomía ejecutiva, lo que convierte cada decisión en un gesto calculado.

Las últimas medidas (subida del 2,7% de las pensionesincremento salarial a 3,5 millones de empleados públicos y revalorización del salario mínimo) ilustran esta lógica: políticas con alto retorno político y bajo riesgo legislativo. No son simples decisiones económicas, sino una estrategia de supervivencia institucional que sustituye la deliberación por la rentabilidad electoral.

Como hace Donald Trump, Sánchez usa el decreto no para reformar, sino para proyectar control: transformar la parálisis en acción, mostrar movimiento aunque la gobernabilidad se resquebraje.

Parálisis y confrontación

El Congreso de los Diputados, como el Capitolio ante Trump,  se ha convertido en enemigo funcional del poder ejecutivo. Al perder mayoría, el presidente no busca recomponer alianzas, sino redefinir el conflicto: si las Cortes bloquean, es por egoísmo; si el Gobierno actúa, es en defensa del pueblo.

Sánchez presenta su aislamiento como moralidad. El relato es simple y eficaz: “Nosotros trabajamos por los ciudadanos, ellos obstaculizan por cálculo político”. Este discurso populista de la eficacia frente a la obstrucción convierte cada derrota parlamentaria en munición narrativa y cada decreto en símbolo de determinación.

Tal y como sucede en los populismos contemporáneos, la debilidad parlamentaria se transforma en combustible retórico, y el voto fallido deja de ser un fracaso para convertirse en prueba de resistencia.

Economía del populismo ejecutivo

Bajo la superficie política, se esconde la verdadera palanca del gobierno: los fondos europeos. Las transferencias de Bruselas actúan como colchón fiscal que permite más gasto social sin necesidad de nuevos Presupuestos. El resultado es una ficción de estabilidad económica: España sigue funcionando aunque la maquinaria legislativa esté en punto muerto.

Este recurso, al tiempo que garantiza liquidez y paz social, incrementa la dependencia de Bruselas. Altos cargos comunitarios observan con cautela el experimento español: un Ejecutivo que sustituye la negociación política por gestión burocrática y que, en nombre de la eficiencia, ignora los contrapesos institucionales.

La preocupación y la incomodidad flota en los pasillos europeos porque la UE no fue diseñada para sostener democracias que funcionan por decreto ignorando al poder legislativo.

Moncloa se refleja en la Casa Blanca de Trump

Las semejanzas con Donald Trump van más allá del estilo. Ambos presidentes afrontan parlamentos hostiles y han decidido proyectar presidencialismo directo. Ambos usan medidas de fuerte impacto simbólico para sortear la falta de consenso, y pretende transformar el fracaso legislativo en relato de resiliencia.

La diferencia está en el tono, no en la estructura: Sánchez envuelve el personalismo en discurso socialdemócrata, pero el mecanismo es el mismo: la concentración del poder en el Ejecutivo bajo la premisa de “representar al pueblo” frente a la “élite política”. El riesgo no es una autocracia, sino algo más sutil: una democracia sin Parlamento real, donde la legitimidad se mide por popularidad y no por deliberación.

Decadencia silenciosa

Europa entera vive una fatiga democrática. Parlamentos fragmentados, votantes volátiles y gobiernos atrapados en la aritmética precaria empujan hacia lo que los analistas llaman populismo de Estado: la centralización discreta del poder disfrazada de eficacia.

España ya comienza a deslizarse por esa pendiente. No hay golpes ni rupturas, sino un proceso de desgaste institucional paulatino, una sustitución del consenso por el decreto. La paradoja es que este fenómeno llega desde el centro político, no desde sus márgenes radicales.

El juego puede darle oxígeno a Sánchez en 2026, pero erosiona el capital institucional acumulado en cuatro décadas de democracia parlamentaria. En ese equilibrio precario —entre el poder y su legitimidad se decide no el futuro del Partido Socialista, sino el de la propia arquitectura constitucional española.

Europa

Desde Roma a Varsovia, los socios comunitarios observan el giro español con una mezcla de comprensión y alarma. Porque el dilema ya no es solo español porque existe el peligro de que los gobiernos se transformen en lo que se ha convertido el PSOE de Sánchez.

El caso Sánchez demuestra que la eficacia puede ser tan corrosiva como la ineficiencia cuando se utiliza para justificar el poder sin control. Y, como advirtieron los padres fundadores de la democracia liberal, lo más peligroso no es el líder que rompe las reglas, sino el que las reinterpreta hasta vaciarlas de sentido.

España no vive una crisis institucional abrupta, sino una transición silenciosa hacia una forma distinta de gobernar: una democracia que delega menos en sus instituciones y más en la voluntad del líder supremo.

Lo + leído