Sánchez regaló a la extrema derecha el arma perfecta

La reunión de Sánchez con Junqueras puede hundir al PSOE en Aragón, Castilla y León y Andalucía

11 de Enero de 2026
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Oriol Junqueras y Pedro Sánchez en el Palacio de la Moncloa | Foto: ERC / Paula Roque

No es casual que los estrategas electorales del PSOE estén inquietos: la foto de Pedro Sánchez recibiendo a Oriol Junqueras en La Moncloa es dinamita política en pleno ciclo electoral en Aragón, Castilla y León y Andalucía, territorios donde el independentismo catalán moviliza más rechazo que comprensión. En términos de relato, la escena funciona como un regalo para la oposición y como un problema para los candidatos socialistas que tendrán que explicar, puerta a puerta, por qué el presidente se sienta con quien muchos identifican con el desafío unilateral de 2017.

Marco perfecto para Vox y PP

La reunión consolida un marco que PP y Vox llevan años cultivando: el de un presidente que depende de los independentistas para seguir en el poder. La secuencia es clara y fácilmente explotable: amnistía, condonación parcial de deuda, negociación de la financiación autonómica y, ahora, recepción institucional en la sede de la presidencia del Gobierno. La derecha no necesita hilar fino; le basta con una idea sencilla, repetida hasta la saciedad: “Sánchez gobierna gracias a quienes quisieron romper España”. En comunidades donde el orgullo de pertenencia nacional y la memoria del procés se concentran más en el rechazo que en la empatía, ese marco es letal.

En Aragón, donde el discurso de la España interior olvidada ha ganado fuerza, la imagen con Junqueras alimenta la percepción de que el gobierno de Sánchez solo responde a las demandas de quienes tienen capacidad de chantaje territorial. El mensaje que la oposición ya empieza a sugerir es demoledor: mientras Zaragoza espera soluciones en financiación, infraestructuras o reto demográfico, La Moncloa reserva sus grandes gestos para ERC. El PSOE aragonés, que necesita aparecer como garante de equilibrio y defensa de la comunidad frente a privilegios ajenos, se ve obligado a justificar una foto que refuerza justo lo contrario.

Castilla y León: terreno hostil

En Castilla y León, donde el voto socialista siempre ha sido frágil y dependiente de la moderación y del perfil institucional, la escena se convierte en un símbolo de desconfianza. En provincias envejecidas y conservadoras, el recuerdo del referéndum ilegal y de la declaración unilateral de independencia sigue muy vigente.

Ver al presidente del Gobierno recibiendo en su despacho a uno de los líderes de aquel proceso refuerza el relato de que el PSOE ha cruzado una frontera simbólica: ha pasado de ser un partido de Estado a uno dispuesto a pactar con quienes cuestionaron el propio marco constitucional. La oposición no tendrá que esforzarse mucho para condensar su campaña en un eslogan: “O nosotros, o los que se sientan con Junqueras”.

Andalucía: la ruptura con el viejo PSOE

En Andalucía, el impacto es distinto, pero igual de corrosivo. Durante décadas, el PSOE andaluz fue sinónimo de estabilidad, institucionalidad y cierto orgullo propio frente a los privilegios percibidos de otras comunidades, especialmente Cataluña. Hoy, con la Junta en manos del PP, la foto de Sánchez con Junqueras refuerza la idea de que la dirección federal se ha alejado del imaginario del “viejo PSOE andaluz”, aquel que se presentaba como voz fuerte dentro de España y no como mediador entre el Estado y el independentismo.

Para muchos votantes andaluces, la escena no habla de reconciliación, sino de prioridad equivocada: mientras los problemas de paro, precariedad o sanidad siguen ahí, el foco simbólico de la presidencia se dirige a recomponer puentes con quienes se perciben como privilegiados.

Un gesto sin relato claro

El error de fondo no reside solo en la reunión, sino en la ausencia de un relato político claro que la haga comprensible más allá del círculo de los convencidos. Si el Gobierno no es capaz de explicar qué gana el conjunto del país con ese encuentro (estabilidad, desinflamación territorial, acuerdos concretos y visibles), la foto queda reducida a su lectura más tóxica: la del presidente que “se pliega” ante un socio incómodo para conservar el sillón. En política, las imágenes sin marco las enmarca el adversario, y en este caso la oposición dispone de todas las herramientas para hacerlo.

En un momento en que el PSOE necesita mostrarse como fuerza de orden, estabilidad y centralidad en el tablero, la reunión con Junqueras proyecta justo lo contrario: dependencia, vulnerabilidad y desconexión con la sensibilidad de sus propios votantes en buena parte de la España no nacionalista. De cara a las próximas elecciones en Aragón, Castilla y León y Andalucía, el riesgo es evidente: que la campaña deje de girar sobre la gestión autonómica y se convierta en un plebiscito emocional sobre una foto tomada en un despacho de Madrid.

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