La decisión del Gobierno español de prohibir el acceso de los menores de 16 años a las redes sociales supone una guerra total entre Pedro Sánchez y Elon Musk. Llama la atención que el anuncio del Ejecutivo llegue justo después del enganchón que tuvieron ambos personajes, hace solo unos días, a cuenta de la regularización masiva para inmigrantes en nuestro país. Musk respondió a la noticia del líder socialista con un sarcástico "Wow" y este le recordó que primero son los derechos de la humanidad y después llegar a Marte.
Hoy, poco tiempo después de aquel cruce de zascas, Sánchez confirma que piensa meter en cintura a los oligarcas y tecnobrós, que durante años han estado difundiendo basura informativa, odio, bulos y porno con total impunidad. El cosechón de todo ese sindiós digital (que ha reportado cientos de miles de millones de dólares en ganancias a las grandes corporaciones) lo recogemos hoy en forma de partidos y grupos fascistas que brotan por doquier. Es obvio que la pandilla tecnofascista de Silicon Valley ha reinado, durante demasiados años, por encima del bien y del mal, pasándose por el disco duro las leyes, los convenios internacionales de protección a la infancia y las más elementales normas de ética y moral.
A la vanguardia de esa brigada de cerebritos gamberros se ha situado Elon Musk, gran símbolo del tecnofascismo posmoderno. El exayudante de Trump es un nazi de manual que lleva años intoxicando a la juventud con sus conspiraciones infantiles, magufadas anticientíficas y bulos totalitarios contra la democracia. Ha ejercido como el nuevo Goebbels de nuestro tiempo, hasta tal punto que podría decirse que el magnate neoyorquino ha llegado a la Casa Blanca gracias al altavoz o Gran Hermano orwelliano que Elon puso entre sus manos. Si el nazismo conquistó el poder controlando la radio, el cine, la prensa y los documentales de Leni Riefenstahl con fornidos alemanes de raza aria en ropa interior, el trumpismo ha hecho lo propio con mucho menos esfuerzo. A golpe de tuit diario del ultracateto millonario de Mar-a-Lago, un método mucho más rápido, eficaz y barato.
Todo eso lo sabe Pedro Sánchez, al que ya solo le queda el recurso a la heroica de la lucha antifascista para mantenerse en la Moncloa. El PSOE pierde territorios en una sangría de votos tan imparable como dramática. Primero fue Extremadura, feudo socialista que ahora vota a la derecha; la próxima debacle que se avecina es Aragón, donde nuevamente se confirmará que la estrategia de colocar a un ministro ya quemado como candidato, en este caso Pilar Alegría (un rostro tan majo como insulso electoralmente hablando), nunca fue una buena idea. El descalabro puede ser de tal calibre como un posible sorpasso de Vox al PSOE, un hecho –el de la extrema derecha usurpando el tradicional trono del socialismo– que, de confirmarse, podría ser histórico.
Ante ese panorama más bien desolador para los socialistas, Sánchez ha decidido mover ficha y jugárselo todo a una carta. Se trata de imponer el relato de que nos encontramos ante la batalla final contra el fascismo, un cuerpo a cuerpo sin concesiones, un cara o cruz a todo o nada donde se trata de salvar lo poco que queda ya de democracia. El presidente del Gobierno le está diciendo a los españoles que o él o el caos nazi y, aunque tiene buena parte de razón en esa lectura, falta saber si su mensaje, su arenga como último recurso para movilizar a las izquierdas desmoralizadas, desnortadas y divididas, surte efecto. La primera inyección antifa fue la maniobra del decreto ómnibus. Incluir la subida de las pensiones en una iniciativa legal conjunta sobre el escudo social fue una jugada con trampa que solo tenía un objetivo: retratar a los Feijóo, Abascal y Puigdemont como una especie de frente reaccionario que vota contra los jubilados, contra el Estado de bienestar y contra los avances y conquistas sociales. El segundo aldabonazo llega ahora con la declaración de guerra total contra Elon Musk y los pederastas que desnudan niñas en Grok. Primero el desafío a la extrema derecha nacional, después el reto contra el poder tecnológico trumpista. La batalla está servida.
La regulación de los abusos en redes sociales es algo necesario, aunque por desgracia llega demasiado tarde, cuando los jóvenes ya viven enganchados a la droga digital y babean bobaliconamente con las gracietas de Vito Quiles. La máquina ha venido a calentar el estómago del hombre, pero ha enfriado su corazón, decía Miguel Delibes, y ya estamos en ese momento. Nuestra juventud ha bebido el veneno tóxico del tal Musk y cuando el muerto viviente está contagiado ya no hay remedio, eso lo sabemos por George A. Romero. Cada vez son más los adolescentes que creen que Franco fue un gran hombre, que cambiarían el régimen democrático por vivir en una dictadura paternalista con pan y casa y que están convencidos de que el ser humano jamás llegó a la Luna. La épica guerra de Sánchez contra el maquiavélico flautista de Hamelín de X es tan encomiable y conmovedora como perdida de antemano, ya que es tanto como querer ponerle puertas al campo. Vivimos en la sociedad de la maldad y el hater se impone sobre la persona educada que da los buenos días. Los niños no van a aplaudir a ese hombre raro amigo de boomers (un rojazo comunista, según papá) que les quita el caramelito de TikTok de la boca. Al contrario, si pueden, votarán a Vox en cuanto cumplan los dieciocho y les dejen volcar, en una urna, todo su vómito de nene occidental malcriado, xenófobo y trumpizado.