El fantasma de la antigua provincia número 53 de España vuelve a inundar los pasillos de las Naciones Unidas. Aquel pedazo de desierto que Madrid abandonó ilegalmente a su suerte hace medio siglo, dejando a toda una población colgada de un broche en mitad de la nada y con un proceso de descolonización interrumpido a quemarropa. La historia ha vuelto a golpear en la puerta con las manos llenas de arena. El Consejo de Seguridad se prepara para votar la prórroga de la Minurso en el Sáhara Occidental.
No estamos ante un simple papeleo burocrático de esos que se despachan con un par de bostezos. Para nada. La cita fijada para este 31 de octubre se ha transformado en el escenario de un choque frontal, en toda regla, entre dos fuerzas antagónicas. De un lado, las prisas descaradas del Reino de Marruecos por sellar su soberanía de manera definitiva sobre el territorio. Del otro, la última trinchera de la diplomacia internacional empeñada en no tirar por la borda el viejo principio de la autodeterminación del pueblo saharaui.
Rabat acudía a la cita con el traje de gala puesto y la sonrisa de quien se sabe ganador. Tenía motivos, claro. Cuenta con las espaldas bien cubiertas por el peso pesado de tres miembros permanentes con derecho a veto: Estados Unidos, Francia y el Reino Unido. Todo parecía alineado para rematar la jugada que iniciaron un año atrás, cuando el Consejo dio por bueno su plan de autonomía para el Sáhara como la única vía seria sobre la mesa. Pero..., siempre hay un "pero" en los pasillos de Naciones Unidas.
El jarro de agua fría de Guterres
Nadie contaba en el palacio real de Rabat con la última estocada de António Guterres. El secretario general de la ONU apura sus últimos meses en el cargo antes de hacer las maletas en diciembre, y se ve que no tiene ganas de irse por la puerta de atrás habiendo firmado un cheque en blanco. Su informe definitivo ha caído en la capital marroquí como un auténtico jarro de agua helada.
Guterres ha puesto el dedo en la llaga: exige que cualquier estatuto de autogobierno, por muy bonito que lo pinten en los folletos propagandísticos, pase por un "verdadero proceso de consulta del pueblo del Sáhara Occidental". Es decir, que los saharauis puedan votarlo en libertad, diciendo sí o diciendo no. Sin trampas ni cartón. Ahí es donde saltan las alarmas en el majzen. Porque una cosa es venderle a los gobiernos occidentales la moto de la descentralización y otra muy distinta poner las urnas de verdad sobre la arena.
A la postura del veterano portugués se le unieron las palabras del enviado especial, Staffan de Mistura. El diplomático italo-sueco no se anduvo con rodeos de embajador curtido ante los quince miembros del Consejo: "La autonomía no se puede imponer sin más en ningún caso", soltó en la sala. El futuro de la región, vino a decir, pasa sí o sí por el libre ejercicio del derecho a decidir. Una frase corta, pero de un tonelaje político brutal.
En las reuniones secretas celebradas entre Madrid y Washington tras siete años de parálisis absoluta, los negociadores volvieron a chocar contra el mismo muro de siempre. Mientras Marruecos controla militarmente el ochenta por ciento del territorio tras esa kilométrica cicatriz de piedras y arena conocida como el "muro de contención", el Frente Polisario se niega en rotundo a aceptar un trago que consideran una rendición disfrazada de estatuto. Para los servicios de inteligencia que siguen de cerca el contencioso, las advertencias de Guterres sonar a un auténtico "canto del cisne". Una especie de llamada desesperada a la conciencia internacional antes de que la diplomacia barra las leyes debajo de la alfombra.
El hacha de Donald Trump
Detrás de todo este decorado, quien mueve los hilos y redacta los borradores con mano de hierro es el gobierno de los Estados Unidos. En Washington parecen tener prisa. Prisa por cerrar carpetas viejas en el norte de África y centrarse en otras hogueras. Por eso, en los últimos meses, los diplomáticos norteamericanos han empezado a reunirse discretamente con grupos disidentes como el Movimiento Saharauis por la Paz (MSP) para intentar restar representatividad al Polisario.
Incluso en los pasillos del Congreso en el Capitolio se escucha ya el eco de varias iniciativas orientadas a meter al movimiento independentista en la lista negra de organizaciones terroristas extranjeras. Un estigma letal que lo dejaría fuera de cualquier mesa de negociación.
Pero el ataque más peligroso no viene por la vía del lenguaje diplomático, sino por la vía del monedero. Washington y Rabat han diseñado una estrategia para recortar drásticamente el presupuesto y las tropas de la misión de la Minurso.
Los técnicos de Naciones Unidas que pisan el terreno lo dicen sin tapujos: si le quitas los recursos a la Minurso y debilitas su capacidad de alerta, el desierto se convierte en tierra de nadie. Y en un vecindario donde la tensión entre Marruecos y Argelia está a punto de caramelo, dejar la frontera sin vigilancia es como jugar con cerillas en una gasolinera.
La guerra de drones y el relevo cortado a sangre y fuego
En el mapa de operaciones sobre el terreno, la realidad es bastante más cruda que las minutas de Nueva York. La diplomacia araña papeles, sí, pero la aviación marroquí araña la tierra. En los últimos años, la compra masiva de más de doscientos drones militares en Marruecos, aparatos de vigilancia turcos e israelíes combinados con drones suicidas de última generación, ha decantado la balanza del lado de Rabat con una contundencia inapelable.
El punto de inflexión de esta guerra silenciosa ocurrió el pasado mes de junio. Un ataque quirúrgico con aeronaves no tripuladas mató en mitad del desierto a Lahbib M. Abdelaziz. No era un combatiente cualquiera. Era el jefe militar del Polisario, el hijo de uno de los fundadores del movimiento y el hombre sobre el que descansaban todas las esperanzas para pilotar el relevo generacional de Brahim Gali, quien a sus ochenta años sigue al frente del exilio.
Aquel impacto de misil en el fuselaje no solo dejó un cráter en el suelo. Descabezó a la cúpula operativa en los campamentos de refugiados de Tinduf y dejó al descubierto la enorme brecha tecnológica que separa a ambos bandos. Sin defensas antiaéreas para frenar a las aeronaves que vuelan a miles de metros y arrinconados en el escaso veinte por ciento de territorio libre, los independentistas saharauis afrontan la hora más oscura de su historia.
El tablero está sobre la mesa. En los próximos días, cuando los embajadores en Nueva York levanten la mano para votar el futuro de la Minurso, no solo estarán decidiendo el destino de un presupuesto o el envío de unos pocos observadores militares. Estarán certificando si el derecho internacional conserva algo de fuerza frente a la diplomacia de los hechos consumados o si, por el contrario, la antigua provincia 53 de España queda sepultada definitivamente bajo las ruedas de la geopolítica.
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