El Mundial de la FIFA 2026 no es solo una competición deportiva; es la mayor maquinaria de generación de ingresos que la humanidad haya visto jamás. Bajo el mandato de Gianni Infantino, el organismo rector del fútbol mundial ha transformado el torneo en un coloso financiero que, por primera vez, dejará pequeñas las cifras de los Juegos Olímpicos. Con una previsión de ingresos de 13.000 millones de dólares para el ciclo actual, la FIFA ha consolidado un modelo de negocio que prioriza el mercado norteamericano, la expansión de contenidos y una agresiva estrategia comercial que redefine el poder en el deporte rey.
Resulta revelador observar la trayectoria ascendente de la rentabilidad de la FIFA. Hasta el año 2010, la Copa del Mundo financieramente estaba por detrás de los Juegos Olímpicos. Sin embargo, la decisión estratégica de trasladar el torneo a Estados Unidos, Canadá y México ha disparado las ganancias a una dimensión desconocida. Mientras que París 2024 generó unos 5.240 millones de dólares, el Mundial de este año recaudará casi el doble solo en su fase final.
El crecimiento del 73% en la rentabilidad respecto al ciclo anterior no es casualidad. La controvertida decisión de ampliar el torneo de 32 a 48 equipos ha sido el motor fundamental. Al pasar de 64 a 104 partidos, la FIFA ha multiplicado el inventario de contenido disponible para la venta de derechos televisivos, su principal fuente de ingresos (prevista en más de 3.400 millones de dólares). Además, la introducción de innovaciones como la venta independiente de los derechos de la Copa Mundial Femenina y la monetización de fragmentos en TikTok y YouTube demuestra una adaptación ágil a los nuevos hábitos de consumo digital.
La mudanza al mercado norteamericano ha permitido a la FIFA implementar estrategias de precios que serían impensables en otras regiones. El uso de precios dinámicos ha generado una brecha de accesibilidad sin precedentes. Para la final en el MetLife Stadium (rebautizado como New York New Jersey Stadium), la entrada más cara alcanzó los 10.990 dólares, casi siete veces más que en Qatar 2022.
Esta política de precios ha provocado quejas formales ante la Comisión Europea por parte de grupos de aficionados, quienes denuncian que el coste mínimo para seguir a un equipo hasta la final podría superar los 6.900 dólares. A pesar de las críticas, Infantino se apoya en la ley de la oferta y la demanda: con más de 500 millones de solicitudes para apenas siete millones de asientos, la FIFA se siente legitimada para exprimir al máximo el "valor de mercado" del evento.
Uno de los aspectos más complejos de este ciclo ha sido la batalla por las exenciones fiscales. Mientras que la FIFA ha logrado blindar sus miles de millones en ingresos por patrocinio y televisión frente al fisco estadounidense, las federaciones nacionales y los jugadores han afrontado un panorama más incierto. En un sistema donde Estados Unidos aplica impuestos federales de hasta el 37% sobre las ganancias, la diplomacia deportiva de la FIFA tuvo que intervenir para eliminar cargas tributarias que amenazaban la participación de las delegaciones.
El reparto de este botín también genera fricciones. Aunque la FIFA afirma reinvertir 11.670 millones de dólares en el desarrollo del fútbol, los críticos señalan que el pago garantizado de 5 millones de dólares a cada una de las 211 federaciones miembro es una herramienta política para asegurar la continuidad de Infantino en el poder. A nivel de competición, el fondo de premios se ha elevado a 871 millones de dólares, garantizando 12,5 millones para cada país participante, un aumento del 15% tras las presiones de las federaciones que temían que los altos costes operativos en Norteamérica licuaran sus ganancias.
A pesar de las cifras macroeconómicas deslumbrantes, a nivel local el Mundial está dejando un rastro de tensiones. El modelo de la FIFA exige que las ciudades anfitrionas asuman los astronómicos costes de seguridad y transporte, mientras el organismo se queda con la totalidad de los ingresos por entradas, patrocinios y servicios subsidiarios como el aparcamiento.
Este desequilibrio ha llevado a situaciones críticas, como en Nueva Jersey, donde la gobernadora Mikie Sherrill criticó duramente a la FIFA por negarse a contribuir a los gastos de transporte, lo que obligó a establecer tarifas de 150 dólares por trayectos en tren para evitar cargar una factura de 48 millones de dólares a los contribuyentes locales. Como consecuencia, muchas ciudades han cancelado los festivales oficiales para aficionados (Fan Fests), reduciendo el compromiso original ante la imposibilidad de financiar eventos de 39 días sin apoyo de la matriz.
La mirada de la FIFA ya está puesta en el ciclo 2027-2030. En el próximo congreso anual en Vancouver, se espera que el presupuesto se eleve a los 14.000 millones de dólares. Con Infantino encaminado a una reelección casi segura y una estructura comercial que Ricardo Fort califica de "impresionante por su flexibilidad", el fútbol se confirma como la industria de entretenimiento más potente del planeta. Sin embargo, queda la duda de si este crecimiento exponencial es sostenible sin fracturar la relación con las ciudades que albergan el espectáculo y los aficionados que, cada vez más, son vistos como meros activos de un balance financiero.