Hay políticos que trascienden al sistema, al partido, a la historia. Gabriel Rufián es uno de ellos. El acto de ayer en la sala Galileo, junto a Emilio Delgado y Sarah Santaolalla, fue un punto de inflexión para la anémica y deprimida izquierda española. El portavoz de Esquerra, con su habitual lenguaje directo, pugilístico, tuitero, hizo un diagnóstico certero de los males que aquejan a los diferentes partidos más allá del PSOE. Entre ellos el cainismo, la división fratricida, el ombliguismo, el yoísmo provinciano, el mal endémico del Frente de Judea (aquella mítica escena de La vida de Brian en la que los diferentes grupúsculos judíos peleaban entre ellos en lugar de aliarse para plantar cara al Imperio Romano). El fraccionamiento o atomización en múltiples partidos está desangrando a la izquierda española, de ahí que Rufián pusiera el dedo en la llaga: el futuro del socialismo y la democracia está en manos de las matemáticas. Es decir, si dos más dos ya no consiguen sumar cuatro por la tiranía de la ley D'Hondt, si miles de papeletas terminan en el cubo de la basura cada cita electoral por la maldita barrera del 5 por ciento, la llegada de la extrema derecha al poder está más que asegurada.
Por tanto, ayer vimos a un líder en ciernes que se abraza al pragmatismo, a la aritmética pura y dura, a la ciencia, al método, al orden, tal como dijo él mismo durante su intervención. Basta ya de utopías y discusiones bizantinas sobre el sexo de los ángeles. Hay que ir al grano, al turrón, como suele decirse, porque de lo que aquí se trata es de ganarle escaños a Vox “provincia a provincia”. El materialismo histórico de la calculadora. Un partido, un territorio.
Pero Rufián, el pacificador del gallinero, no se quedó solo en el análisis facilón sobre la falta de unidad y en la división pese a que los programas son calcados en los catorce partidillos de izquierdas de cada pueblo. El mal no radica solo en esas rencillas, en esa falta de generosidad y de altura de miras de una izquierda que hace tiempo vive ensimismada y de espaldas a la realidad. Tan grave y letal como el particularismo egoísta es el discurso por momentos alejado de la sociedad, la desconexión con el votante desafecto, la falta de propuestas e ideas seductoras. Y ahí Rufián hizo otro encomiable ejercicio de autocrítica y catarsis más allá del manido eslogan de “que viene el lobo”, en este caso los nazis, un mensaje que ya no provoca miedo en un amplio sector de la ciudadanía. Fue el momento en que el doctor Rufián, ya con bata blanca y el espejo en la frente, cogió el bisturí y lo aplicó sobre el tumor sin que le temblara el pulso. Una intervención tan dolorosa como necesaria.
Ya era hora de que alguien con peso específico en la izquierda española reconociera que se han abandonado demasiadas banderas hoy usurpadas por la extrema derecha. Banderas como la de la libertad (que gente como Ayuso ha exprimido hasta convertirla en mayoría absoluta); banderas como la seguridad (hay barrios de nuestras grandes ciudades donde ya no entra la Policía); banderas como determinadas costumbres importadas, véase el uso del burka que atenta contra los derechos de la mujer y los valores democráticos más elementales (penoso que esa batalla se la haya apoderado también la derecha mientras la izquierda asistía al debate desde la barrera). Por supuesto, banderas como la del derecho a una vivienda digna reconocido en la Constitución. Ahí, cuando parafraseó a Julio Anguita, estuvo especialmente brillante el líder independentista: “Programa, programa y programa”, o sea, “vivienda, vivienda y vivienda”. Fue el instante decisivo, el núcleo duro de la exposición.
Mientras la izquierda dejaba a un lado las cosas del comer y la lucha de clases, centrándose en las disquisiciones etéreas sobre las teorías queer, el ciclismo y el veganismo, Vox seducía a las masas obreras huérfanas y enrabietadas con el sistema. Y esa dejación nos ha llevado al punto crítico en el que nos encontramos, con un Vox disparado en las urnas y encuestas, imponiendo un nuevo franquismo tuneado y sometiendo al PP en los gobiernos regionales (el sorpasso se ve venir a leguas).
Ramón Espinar, uno de los veteranos de Podemos, dejó constancia de que la propuesta de Rufián para la izquierda no es algo nuevo, sino que ya la inventó el político de la Primera República Pi i Margall. “Se llama pacto sinalagmático conmutativo y es la idea más potente que ha dado el federalismo catalán para España”, tuiteó. Si empezamos hablando raro, ya vamos mal. Puede que lo de ayer no sea equiparable a la fundación de la Primera Internacional en St. Martin’s Hall, Londres, 1864. Puede que lo de ayer no tenga mucho que ver con el mitin de Lenin en la fábrica Putilov (mayo de 1917), donde se exigió paz en medio de la guerra mundial, tierra para los campesinos y “todo el poder para los soviets”. Y, desde luego, los Rufián, Delgado y Santaolalla no tienen nada que ver con Marx, Engels y Bakunin. Pero, sin duda, fue un acto de relevante significado histórico, quizá un punto de inflexión en una encrucijada donde la izquierda se juega tanto como que no la “fusile” al amanecer la extrema derecha, por utilizar el símil de Rufián. El evento, repleto de emocionalidad, sirvió para agitar el avispero, para generar ilusión y para que cada partido se ponga a sacar cuentas sobre los votos y escaños que puede cosechar sin tirarlos miserablemente a la papelera (no está el horno para tirar bollos). Por cierto, el nombre de la sala elegida para el acto, Galileo, remite al método científico. Eso es lo que necesita la izquierda: cálculo matemático y giro galileano, más bien copernicano. Y no hay más.